Crítica: Caminos del crimen (Crime 101)

Un thriller elegante y musculoso que imita a sus referentes sin encontrar una voz propia.

Bart Layton 

/ Chris Hemsworth, Mark Ruffalo, Halle Berry, Barry Keoghan, Monica Barbaro, Nick Nolte, Corey Hawkins, Jennifer Jason Leigh

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Sony

Hay películas que parecen concebidas como una playlist. Caminos del crimen, adaptación de la novela corta de Don Winslow, es una de ellas. Su superficie es impecable. Autopistas californianas, automóviles de alto rendimiento, joyas, códigos de honor entre ladrones y un detective que aún cree en la ética cuando el sistema ya no cree en él. Pero debajo de esa superficie brillante, el filme de Bart Layton revela un problema más profundo: la incapacidad de trascender sus propias referencias.

Layton, que había explorado con inteligencia la frontera entre ficción y realidad en American Animals, aquí parece atrapado en un ejercicio de zapping cinéfilo. Estos «nuevos directores», obsesionados con demostrar que han visto el canon completo del thriller contemporáneo, a veces no hacen más que cambiar de canal con entusiasmo. En esta ocasión, la influencia del cine de Michael Mann es evidente en los silencios tensos, en el profesionalismo casi ritual del ladrón, en la obsesión por el detalle táctico. También se percibe la huella estilizada y fría de Nicolas Winding Refn y la sequedad musculosa de John Frankenheimer y Walter Hill. El problema es que ninguna de esas influencias se metaboliza; simplemente se exhibe. La película parece más un homenaje al género que una obra autónoma.

Chris Hemsworth interpreta a un ladrón metódico que busca el último gran golpe, un arquetipo que el cine criminal ha explotado hasta el cansancio. Hemsworth aporta presencia física y un aire de estoicismo que funciona, aunque su personaje nunca termina de complejizarse más allá del cliché del profesional cansado (recordemos que él encarnó a un hacker improbable en Blackhat, un fiasco de Michael Mann).

Mark Ruffalo, como el detective que detecta el patrón de robos en la Ruta 101, construye un investigador desaliñado y moralmente obstinado que recuerda inevitablemente a tantos policías solitarios del género (recordemos que hace poco encarnó a uno en la maravillosa miniserie Task).

Halle Berry encarna a una agente de seguros frustrada por el sistema corporativo, una subtrama que promete tensión moral pero se diluye en el montaje. Y Barry Keoghan, eléctrico como siempre, inyecta energía cada vez que aparece en pantalla, pero incluso su personaje parece recortado de un manual de villanos impredecibles.

Lo que más inquieta es la sospecha de que Caminos del crimen no es exactamente la película que debía ser. Sus casi dos horas y media de duración no impiden que la narración se sienta abrupta. Hay personajes que aparecen con fuerza y desaparecen sin desarrollo (encarnados por Jennifer Jason Leigh, Nick Nolte, Corey Hawkins y Drew Powell); hay relaciones que parecen insinuar conflictos mayores que nunca se exploran; decisiones narrativas que dan la impresión de haber sido comprimidas. Todo sugiere que el proyecto pudo haber sido concebido como una historia más extensa (quizá una miniserie) y que, en el proceso de reducción y conversión, fue mutilado. El resultado son cabos sueltos, transiciones forzadas y acontecimientos que parecen haber perdido escenas esenciales en la sala de edición.

Paradójicamente, la película no carece de oficio. La fotografía es sólida, el diseño de producción convincente y las secuencias de robo están construidas con precisión técnica. Pero una cinta de crimen de esta ambición necesita algo más que corrección: necesita estilo. Y aquí la estilización es un gesto prestado, no una convicción. Donde Mann trabaja el silencio como espacio moral y Refn convierte la violencia en coreografía hipnótica, Layton apenas insinúa esas posibilidades antes de pasar a la siguiente referencia (entre ellas Bullitt The Thomas Crown Affair, los clásicos protagonizados por Steve McQueen).

Caminos del crimen es, en última instancia, una obra ensamblada a la fuerza que se siente menos de lo que pretende. Tiene el reparto, el presupuesto y la ambición para convertirse en un thriller memorable, pero se queda en un ejercicio de admiración cinéfila. Como esas autopistas que recorre su protagonista, la película avanza con velocidad, pero rara vez se desvía del carril conocido.

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