Antes de entrar en materia conviene ubicar la franquicia. Avatar (2009) fue un parteaguas tecnológico y comercial; Avatar: El camino del agua (2022) recuperó algo del asombro gracias a un entorno nuevo y una fisicidad acuática que justificaba la espera, por lo menos a un nivel estrictamente visual. Avatar: Fuego y ceniza llega apenas tres años después y ahí está el problema. El milagro ya ocurrió, el asombro se ha normalizado y lo que queda al desnudo es el esqueleto dramático de la saga, que es sorprendentemente pobre.
La película arranca donde terminó la anterior. Jake Sully (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldaña) siguen atrapados en una guerra interminable contra los colonizadores humanos, mientras lidian con el duelo, la paternidad y la amenaza constante del coronel Quaritch (Stephen Lang), convertido ya en una figura casi paródica de villano reciclable. Cameron insiste en estirar este conflicto como si fuera una tragedia épica, pero lo que ofrece es una sucesión de batallas, secuestros y rescates cada vez más largos y menos significativos.
El gran “gancho” de esta entrega es la introducción del clan Mangkwan, los llamados Ash People, liderados por Varang (Oona Chaplin). Visualmente, la gente de las cenizas es potente, volcánica, agresiva y diseñada para vender juguetes. Dramáticamente, son un cliché: un pueblo que perdió la fe, una líder furiosa y una violencia sin matices. La nieta de Charles Chaplin hace lo que puede con un personaje que nunca se desarrolla más allá del bufido felino, la amenaza y la pose intimidante. Cameron promete complejidad moral, pero entrega otra antagonista unidimensional.
El problema central de Fuego y ceniza es su redundancia inaguantable. La película vuelve a hablar de colonialismo, de saqueo de recursos, de espiritualidad indígena frente a la tecnología militar, de la familia como núcleo de resistencia. Todo eso ya estaba en la primera Avatar, reapareció en la casi innecesaria El camino del agua y aquí se repite con más alta resolución y menos emoción. Incluso los arcos de los hijos de Jake (especialmente Lo’ak y Spider, el niño salvaje tan molesto como Jar Jar Binks) avanzan a tropezones, reciclados de conflictos ya vistos de identidad, pertenencia, traición y culpa.
Como en la horrible trilogía de precuelas de Star Wars (que inexplicablemente ha sido endiosada por los fanáticos), el guion está plagado de diálogos torpes y anacrónicos que rompen cualquier ilusión de mundo “sagrado”. Escuchar a los Na’vi hablar como adolescentes del siglo XXI (“bro”, chistes de mal gusto y frases de manual motivacional) erosiona la supuesta profundidad espiritual que Cameron insiste en predicar. La contradicción es evidente. La película quiere ser un canto místico y, al mismo tiempo, un blockbuster de derroche de efectos especiales y frases descartables.
Técnicamente, no hay mucho que reprochar. Cameron sigue filmando la acción como nadie. Persecuciones aéreas, combates a gran escala, criaturas imposibles, fuego y agua integrados con una fluidez apabullante. Pero incluso aquí aparece el desgaste. Lo que antes parecía revolucionario ahora se siente como una variación más de un espectáculo que ya conocemos. La duración (más de tres horas) agrava el problema. No hay una historia que justifique semejante extensión cuando lo que se cuenta podría resolverse en dos horas y media menos sin perder nada esencial.
Avatar: Fuego y ceniza también evidencia un problema mayor. Cameron, como lo hizo George Lucas con sus precuelas de Star Wars, ha confundido efectos especiales con historia y expansión del universo con acumulación de mitología. Nombres, clanes, criaturas, rituales y conceptos se amontonan sin generar un verdadero interés dramático. El resultado es una sensación de introducción de videojuego inflado, donde las misiones se encadenan sin que el espectador sienta que algo realmente está sucediendo.
La película deja una impresión abrumadora, desconcertante y pesada: la de una franquicia que ya no avanza y que solo insiste en lo mismo. Avatar fue una promesa de futuro para el cine; hoy se parece más a un parque temático que repite la misma atracción con ligeras variaciones en el decorado. Cameron sigue ganando la batalla técnica, pero perdió la guerra narrativa.
Si Fuego y ceniza debía demostrar que el “Pandoraverso” aún tenía algo nuevo que decir, el mensaje es redundante y preocupante: El fuego arde, el agua moja y la saga está congelada.
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