Crítica: Anaconda

Más que un remake, esta nueva versión es una carta de amor torpe y autoconsciente a la cinefilia amateur, al cine hecho entre amigos y a la nostalgia por filmar sin permiso.

Tom Gormican 

/ Jack Black, Paul Rudd, Thandiwe Newton, Steve Zahn, Daniela Melchior, Selton Mello

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Sony

Cuando Anaconda se estrenó en 1997, nadie sospechaba que ese thriller selvático dirigido por el primo de Mario Vargas Llosa y pensado en clave seria terminaría convertido en un clásico del humor involuntario. La combinación de una serpiente animatrónica descomunal, los diálogos imbéciles, las sobreactuaciones y, sobre todo, el inolvidable acento de Jon Voight transformaron la película en un objeto de culto, no por lo que intentaba ser, sino por lo que accidentalmente terminó siendo. Su secuela directa a video, Anacondas, entendió parcialmente el chiste y apostó por la exageración, aunque sin el carisma suficiente para perpetuar la gracia.

La Anaconda de 2025 parte de una conciencia distinta. Sabe que el material original nunca fue venerado por su calidad, sino por su extraña capacidad de generar comunidad, risas compartidas y memoria colectiva. Esa reflexión es, paradójicamente, tanto su mayor virtud como su principal límite.

Dirigida por Tom Gormican (guionista del intento fallido de resucitar Beverly Hills Cop), la película no intenta asustar ni competir con el cine de terror contemporáneo. Tampoco busca replicar el camp involuntario del filme de 1997. En su lugar, se instala en la comedia meta y en la nostalgia cinéfila, siguiendo a un grupo de adultos que, atrapados en vidas mediocres y trabajos frustrantes, deciden rehacer la película que marcaría su infancia: una versión casera, barata y delirante de Anaconda, filmada como tributo a la imaginación juvenil.

En ese gesto, la película dialoga directamente con Be Kind Rewind de Michael Gondry, donde el cine surge como un acto comunitario, artesanal y profundamente afectivo; con Son of Rambow, de Garth Jennings, que convierte el juego cinematográfico infantil y la obsesión de dos niños por First Blood en una forma de rito de pasaje y afirmación personal; y, de manera aún más clara, con el documental Raiders! The Story of the Greatest Fan Film Ever Made, que celebra el amor y la perseverancia de quienes filman por amor al cine y no por una validación industrial.

Jack Black (por cierto, protagonista de Be Kind Rewind) y Paul Rudd encarnan esa pulsión nostálgica desde registros distintos. Black vuelve a su zona conocida del entusiasta excesivo, convencido de que la pasión puede suplir el talento. Rudd, en cambio, funciona como contrapunto más contenido, aportando una melancolía ligera que sugiere que el problema no es haber crecido, sino haber olvidado por qué filmaban en primer lugar. Junto a ellos, Steve Zahn y Selton Mello aportan el humor más espontáneo y Thandiwe Newton queda algo desaprovechada, atrapada en un rol que la película no termina de desarrollar.

El problema de Anaconda no es tanto su falta de risas (algunas funcionan, otras no) como su dificultad para sostener el equilibrio entre sátira y afecto. Cuando se burla del sistema de remakes, de los derechos comprados o de la industria que recicla propiedades intelectuales hasta el agotamiento, la película parece tener algo que decir. Pero cuando intenta convertir esa burla en relato sostenido, la energía se diluye y la estructura se vuelve errática y torpe al peor estilo de las “nuevas entregas” de Jumanji.

Aun así, hay algo entrañable en su torpeza. Anaconda no se siente cínica. Se siente hecha por gente que, sinceramente, ama el cine malo, el cine de videoclub, el cine que se filmaba sin pensar en franquicias ni algoritmos. Su mejor momento (un guiño autorreflexivo a una supuesta secuela “oficial” filmandose en paralelo) resume esa tensión entre industria y juego que atraviesa toda la película.

No estamos ante una gran comedia ni ante una reinvención memorable del material original. Pero tampoco es el desastre que podría haber sido. Anaconda funciona, en el mejor de los casos, como un recordatorio amable de por qué filmar sigue siendo, para muchos, un acto de amistad antes que un negocio. Estamos ante una película irregular, pero movida por una idea genuina: que incluso los proyectos más absurdos nacen del deseo infantil de contar historias con lo que se tiene a la mano.

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