Crítica: A toda madre

Una comedia freudiana salvajemente incorrecta que convierte el peor trauma de infancia imaginable en una guerra emocional tan absurda como sorprendentemente entrañable.

Max Del Río 

/ Hugo El Cojo Feliz, Ricardo Pérez, Adal Ramones, Lourdes Echevarría, Jaro Hernández, Jorge Briseño

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de FICG

Durante años, buena parte de la comedia en cine pareció convencerse de que la corrección era una virtud narrativa. Las películas se volvieron más cuidadosas, previsibles y, en muchos casos, menos divertidas. A toda madre aparece como una reacción frontal contra esa tendencia. No porque busque escandalizar gratuitamente, sino porque recupera algo que parecía perdido que es la voluntad de llevar una premisa políticamente incorrecta hasta sus últimas consecuencias. Y vaya que la premisa lo es.

Todo comienza con Martín (un estupendo Jorge Briseño), un niño de escasos recursos víctima de bullying escolar. Su único refugio emocional es un huevo decorado por su madre viuda, una especie de juguete artesanal convertido en símbolo de cariño y protección. Cuando ese pequeño universo es destruido, nace un resentimiento que lo acompañará durante años. El responsable es el clásico abusivo del colegio, un preadolescente que, tras ser acusado y expulsado, promete una venganza tan edípica como definitiva: algún día tendrá sexo con la madre de su víctima.

Lo que parece una amenaza infantil lanzada al aire termina convirtiéndose en el motor de toda la película cuando, años después, Hada (Lourdes Echeverría), la madre, le anuncia a su hijo ya adulto (Hugo el Cojo Feliz) que ha encontrado el amor. El problema es que ese nuevo amor es Juan (Ricardo Pérez), exactamente el mismo sujeto que convirtió la infancia de su hijo en una pesadilla.

La genialidad de A toda madre consiste en entender que semejante premisa no puede abordarse desde el realismo. Max Del Río lo sabe perfectamente. Por eso construye una película donde la lógica emocional importa mucho más que la lógica narrativa. Lo importante no es si algo resulta verosímil. Lo importante es si resulta divertido. Y aquí casi siempre lo es.

La película funciona como una especie de heredera tardía de Porky’s, La venganza de los nerds, Step Brothers, I Love You Man, las películas de Cheech & Chong e incluso las comedias mexicanas hipersexuadas y grotescas como las protagonizadas por Alfonso Zayas. Su humor nace de la exageración, del exceso y de la capacidad para tomar conflictos insignificantes y tratarlos como si fueran tragedias shakesperianas. Pero reducir A toda madre a una simple provocación sería injusto.

Debajo de todos los chistes existe una observación bastante aguda sobre la masculinidad contemporánea. Los personajes viven atrapados en una eterna adolescencia emocional. Son hombres incapaces de procesar adecuadamente sus heridas, sus inseguridades o sus frustraciones. Por eso recurren constantemente a la burla, la competencia, la humillación mutua, las drogas y las bromas sobre las madres. La película entiende que muchas amistades masculinas funcionan precisamente así: Una mezcla extraña de afecto sincero y agresión permanente.

El matoneo inicial termina siendo menos importante que las secuelas emocionales que deja. Lo que realmente persigue al protagonista no es el agresor en sí mismo, sino la imposibilidad de superar una humillación que se convirtió en parte fundamental de su identidad. Cuando descubre que el antiguo enemigo está a punto de convertirse en su padrastro, todo aquello que creía enterrado regresa con fuerza.

Hugo El Cojo Feliz y Ricardo Pérez trasladan al cine gran parte de la química que han desarrollado durante años en escenarios y plataformas digitales. La sensación constante es que estamos viendo amigos intentando hacerse reír mutuamente. Esa energía aporta espontaneidad a muchos de los mejores momentos de la película.

Adal Ramones, por su parte, parece disfrutar cada segundo de libertad que le ofrece el proyecto. Su personaje de Randy Ramses funciona como una caricatura decadente de ciertas figuras del rock en español: egocéntrico, excesivo, absurdo y completamente impredecible. Cada aparición suya introduce un nivel adicional de caos (con todo y fentanilo incluido).

Acertadamente, Max Del Río permite que la improvisación respire. Muchas comedias actuales parecen obsesionadas con la precisión matemática del chiste. A toda madre prefiere la sensación de descontrol. Los diálogos fluyen como conversaciones reales entre amigos que se interrumpen, se contradicen y se atacan constantemente. Ese aparente desorden está cuidadosamente administrado para que la película nunca pierda ritmo.

También resulta interesante el uso del surrealismo. El famoso huevo, los números musicales, enanos, mujeres voluptuosas, los personajes secundarios caricaturescos y algunas secuencias que parecen extraídas de un sueño febril convierten la película en algo más extraño de lo que inicialmente parece. Hay momentos donde la influencia de Buñuel y Fellini convive inesperadamente con la de Jackass, South Park o Big Mouth.

Lo mejor de A toda madre es que jamás pide disculpas por existir. No intenta justificarse mediante discursos. No busca demostrar que es importante. No pretende educar al espectador. Su única misión consiste en hacer reír. Y en tiempos donde muchas comedias parecen más preocupadas por explicar sus intenciones que por provocar carcajadas, esa decisión resulta refrescante.

La película no será para todos. Algunos espectadores encontrarán ciertos chistes ofensivos, otros cuestionarán su incorrección deliberada y algunos simplemente no conectarán con su espíritu caótico. Pero quienes entren en su juego descubrirán una comedia rara vez vista en el cine reciente: libre, anárquica, delirante y profundamente consciente de que el humor siempre ha sido un territorio donde los límites existen precisamente para ser empujados.

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