Evelyn Freja

Confesiones de un crypto hacker adolescente

‘Baby Al Capone’ llevó a cabo un robo de criptomonedas por $23,8 millones de dólares y ha pagado las consecuencias desde entonces

Por: ALEX MORRIS

A las cuatro hombres con máscaras de esquí y guantes, armados con cuchillos, sogas, manoplas y un arma falsa entraron en una casa de Irvington, Nueva York, mientras una cámara de seguridad los grababa. Como alegarían más tarde en el juicio, la soga era para atar a la familia, el cuchillo para torturarlos hasta que el hijo mayor les dijera lo que querían saber, y el arma como fachada; un arma falsa puede causar el mismo miedo que una real, pero es un delito menor. Ellos sabían exactamente lo que hacían y lo que buscaban.

Al norte del rio Hudson en Nueva York, Irvington es un suburbio residencial cuyo objetivo es ser un lugar de tranquilidad, no de calamidades, un lugar donde las familias de empresarios pueden dispersarse en casas bien equipadas con vistas al río y garajes para dos carros. Tienen buenos colegios públicos, hay una calle principal histórica que sale del agua y se ve un desfile de banderas estadounidenses en los edificios que parecen sacados de un pesebre. La ciudad lleva el nombre del exresidente Washington Irving, cuyo personaje legendario Rip van Winkle tiene una estatua de bronce, despertando eternamente de su largo sueño, al lado del ayuntamiento. Y más allá de la calle principal, hasta las colinas, se ve una fila de jardines bien cuidados, alejados del crimen y la suciedad de la vida urbana.

Y aun así, Ellis Pinsky temía que algo peligroso y violento estaba por llegar a Irvington, y lo había pensado durante semanas. En clase imaginaba las diferentes maneras en que podría llegar la catástrofe, qué forma tomaría y qué podría hacer para defenderse. Su solución al último punto fue una escopeta que guardó en un cajón al lado de su cama, junto a los trofeos de ajedrez que había ganado de pequeño, cuando los juegos que jugaba tenían límites. En una tienda de armas en otra ciudad, su apariencia delgada y estudiosa llamó la atención de los tipos más rudos que se pasaban las tardes en un campo de tiro al lado. Pero Ellis ignoró las miradas, acercó la escopeta a su cara, enfocó los ojos en un punto fijo y apretó el gatillo.

E hizo bien en haberse preparado. El 23 de mayo de 2020, una ventana rota activó la alarma que despertó a la familia Pinsky. Un hombre entró a su sótano sin terminar, su mirada fija en una caja fuerte que había instalado el anterior dueño. En los pisos de arriba, Pinsky cargó el arma y se encontró con su madre afuera de su habitación, ella lo llevó a otra donde ya estaban sus tres hermanos menores, asustados. El joven no recuerda si los hizo esconderse detrás de una silla o un colchón, pero él salió y cerró la puerta. Con escopeta al hombro, su dedo en el gatillo y sus ojos en la perilla de la puerta, esperó. Desde algún lugar de abajo, se escucharon gritos; uno de sus hermanos lloró y el arma se calentó en las manos de Pinsky.

Sabía –o creía saber– por qué esos hombres estaban allí, allanando el hogar de su familia a las cuatro de la mañana. Dos años atrás, el 7 de enero de 2018, cuando tenía 15 años, Pinsky llevó acabo un robo de 23,8 millones de dólares, uno de los hackeos de criptomonedas más grandes jamás intentado. Dos semanas antes del allanamiento, se había presentado una demanda en su contra y habían circulado noticias que lo relacionaban con el hackeo. Sabía que los ladrones querían su dinero, los millones y millones de dólares que había robado. También sabía que no se los podía dar, no los tenía, ya no. Lo único que quedaba en la caja fuerte del sótano era un par de zapatos de su mamá.

En los dos años desde que el caso de Pinsky se volvió público, el muchacho ha sido un enigma. No habló con los medios que lo mostraban como un pequeño genio, un sociópata adolescente de los suburbios. Cuando finalmente lo conocí, ya no era un niño, ahora es un joven adolescente, ansioso y con ortodoncia. “Me parece importante contar mi lado de la historia”, dice después de saludarme con un abrazo. “Siempre debe haber dos lados”.

En los siguientes meses, nos encontramos varias veces en cafeterías cerca de su residencia universitaria. Generalmente evitamos los interiores de los establecimientos y nos sentamos afuera, en la privacidad de las mesas vacías y los transeúntes distraídos. Pinsky no quiere que sepa exactamente dónde vive y claramente está nervioso por las repercusiones de hablar con la prensa. Su voz es suave, pero parece inquieto; cuando se concentra en cómo responder una pregunta, parpadea rápido y hace pausas largas. Le gusta vestir de negro y menciona varios tatuajes que piensa hacerse. Es amable, pero siento que está emocionalmente aislado. Tiene notas en su celular con lo que quiere decir, es metódico y quiere empezar por el principio: “Todo es importante”, dice sobre los detalles de su historia.

Como lo explica, el mudarse a los suburbios pareció una victoria cuando Ellis tenía 11 años. Ya no estaban en el pequeño apartamento del barrio Upper East Side, en Manhattan, donde su hermano menor dormía en su cuna en la sala, y su madre –que trabajaba demasiado– los dejaba al cuidado de sus abuelos inmigrantes de la Unión Soviética, que lo llevaban a clases de ajedrez y lo atiborraban con comida que lo engordaba.

En Irvington, su mamá lo llamaba a desayunar desde otro piso, como si estuvieran en una comedia. Allí se metió de lleno en todos los pasatiempos con los que soñaría un preadolescente: su propia habitación pintada de azul, su propio televisor y su propia Xbox One, a la que le dedicó su personalidad obsesiva para perfeccionar su habilidad en Call of Duty: Ghosts y a la vida social de los lobbies en línea de Xbox Live. También aprendió el arte de hablar basura, y como todo lo que se proponía, lo aprendió muy bien.

Aun así, todo parecía un juego, porque eso era. Y entonces un día, en medio de los insultos verbales, una simple pregunta lo detuvo en seco: “¿Cómo está el clima en Irvington?”. El clima estaba bien, lo que no lo estaba era que alguien, en algún lugar, una persona que hasta ese momento había sido solo un avatar, supiera dónde vivía. Y que además lo amenazara despreocupadamente con esa información.

“A los 12 años algo hizo clic”, afirma Pinsky, “Soy pequeño, pero puedo tener este poder”.
Evelyn Freja

Pinsky se desconectó de inmediato, pero casi con la misma velocidad se dio cuenta de que ese era el siguiente nivel del juego. Les preguntó a otros jugadores y se enteró de que podía descargar un programa gratuito llamado Wireshark que “detecta” las conexiones de red entrantes e identifica sus direcciones de protocolo de internet. Y una pequeña búsqueda en Google de la dirección IP te dirá de dónde viene aproximadamente. Al joven le pareció una revelación: “Ahí fue cuando algo hizo clic, tenía 12 o 13 años y pensaba: ‘Soy pequeño, pero puedo tener este poder’”, dice. Si el Internet guardaba esos secretos, todo lo que tenía que hacer era descubrirlos.

Pronto descubrió que había mucha gente trabajando para descubrirlos y que estaba dispuesta a compartir sus métodos, por un precio. El más respetado de ellos, al menos entre los jugadores más sospechosos con los que se comenzó a relacionar, tenía como nombre de usuario Ferno. Ellis le escribió por Twitter diciendo que quería aprender sus habilidades, Ferno respondió tajante que lo toleraría, sería su mentor y le enseñaría a desvelar los poderosos secretos que guarda el Internet, si Pinsky después usaba los métodos buscando información para él. El misterioso internauta no le explicó a Ellis qué era lo que haría con las direcciones, los números del seguro social y otros detalles, y el joven tampoco preguntó. No importaba, todo era parte de un juego, con fichas y todo. “Su avatar era una pequeña moneda dorada”, explica, “que luego conocería como Bitcoin”.

Pinsky ya había aprendido cómo hacer ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS), inundando servidores con una gran cantidad de solicitudes que abruma el sistema y lo apaga. En su forma más básica, los ataques DDoS pueden ser una travesura útil para jugadores que quieran echar a otros del juego. Pero Ferno también lo introdujo al ISP doxing, un método que consiste en llamar a una compañía proveedora de Internet, hacerse pasar por un miembro del equipo de soporte técnico y usar la dirección IP de alguien para intentar que un empleado real comparta la información confidencial adjunta; una forma de “piratería” interpersonal, conocida como ingeniería social. “Básicamente es manipular a alguien para que te de información o haga algo en particular”, dice Pinsky. “Mi primera experiencia en esto fue a los 13 años”.

Aunque le estaba ayudando a rastrear las identidades de otras personas, Pinsky, que tenía por nombre de usuario Pie, sabía poco de Ferno. El joven supuso que el hacker debía tener alrededor de 18 años, y afirma haber sospechado que también tenía vínculos con Lizard Squad, un grupo de hackers que había ganado fama al usar DDoS para derribar los servidores de Xbox Live en una Navidad. Aunque el suceso fue noticia, Pinsky se dio cuenta de que la mayoría de las conexiones de Ferno no eran más que “script kiddies”, potenciales hackers que simplemente usan programas creados por otros para llevar a cabo sus ataques. Nada de lo que hacían era técnicamente difícil, solo se necesitaba una moral cuestionable y deseo de sembrar el caos. Ellis se aburrió, quería subir de nivel.

Si Ferno había revelado poco de sí, lo que reveló fueron los extremos de un mundo cibernético secreto de maldad y caos, y si no tenían lealtades, al menos colaboraban y tenían cierto tipo de jerarquía criminal inherente al conocimiento común de quién sabía hacer qué. OGUsers, un foro con hackers, le ofreció una variedad de nuevos métodos para recopilar información confidencial, que luego usaba para hackear cuentas y robar nombres de usuario geniales: entre más corto y sencillo el nombre, más prestigio tenía.

El foro tenía unos pocos cientos de usuarios, en su mayoría jóvenes y hombres, por lo que Pinsky podía notar, y los nombres de usuario que querían de Twitter o Instagram, o los que pertenecen a celebridades o personas influyentes, pueden venderse por cientos o incluso miles de dólares; Ellis llegó a poder tomar posesión de un usuario en cuestión de minutos.

Según Pinsky, comenzó a escalar peldaños en la comunidad de OGUser, descubriendo que sus habilidades pronto superaban las de sus mentores. “Siempre he sido autodidacta, siempre he sido muy persistente”, me dice. Era un experto en ingeniería social, agradable e inteligente, pero también tenía facilidad técnica para hackear. Al darse cuenta de que gran parte de la información que los ingenieros usaban venían de bases de datos hackeadas, comenzó a aprender a programar, en particular inyecciones de lenguaje de consulta estructurado (Structured Query Language) y secuencias de comandos entre sitios que le permitieron atacar bases de datos de empresas.

Terabyte tras terabyte de bases de datos que extrajo, intercambió y acumuló, lo hicieron valioso para los usuarios de OFU y para otros, como los hackers rusos con los que pudo hablar gracias a su fluidez en la lengua nativa de su madre. A veces, veía sus nombres en titulares de noticias, relacionándolos con hackeos exitosos de empresas como LinkedIn. Cuando cumplió 14, “se puede decir que podía hackear a cualquier persona”.

Aun así, sostiene que las implicaciones prácticas del juego parecían poco probables, incluso si a veces era consciente de lo extraña que era su doble vida; yendo al colegio de día y extrayendo códigos fuentes de grandes corporaciones en la noche. De acuerdo a Pinsky, “tenía una especie de reputación de alguien cuyas habilidades digitales podrían aprovecharse, alguien bien informado y poderoso. En ese momento, estaba en lo más alto de la cadena alimenticia, y las personas que estaban conmigo hacían esto ya a un nivel profesional, a diferencia de un juego”.

Sin embargo, para los residentes de Irvington, Pinsky era un joven muy querido y equilibrado, “tan inteligente que era estúpido”, como lo describió uno de sus compañeros de clase. Quizá sí tendía a estar un poco más apartado, era más cosmopolita que sus compañeros de Irvington. Una de sus amigas me dice que si hubiera tenido que adivinar cuál de sus compañeros llevaba una doble vida, habría dicho que él. No obstante, nadie lo adivinó.

Sus amigos del equipo de fútbol sabían que era habilidoso con las computadoras: si alguien olvidaba una contraseña, él les ayudaba a recuperarlas, pero, añade que no confiaba en nadie de su vida real. Tenía 14 años y estaba cautivado por la emoción de poseer un súper poder oculto, de pasar sus noches entrando en un mundo secreto donde era estimado e incluso temido. Y a la mañana siguiente lo llamaban a desayunar.

En 2016, cuando el presidente Obama escribió un artículo de opinión en The Wall Street Journal hablando de la importancia de la autenticación de dos factores para la seguridad cibernética, los hackers estaban trabajando duro para descubrir cómo burlarla. Así es cómo el joven se enteró por primera vez de un método nuevo e interesante llamado “intercambio de SIM” o una estafa “port-out”. Esta consiste en persuadir a empleados de operadores inalámbricos para que cambien de forma remota una tarjeta SIM del celular de un objetivo a uno que el hacker pueda controlar, para que, cuando llegue el texto de autenticación de dos factores, sea el hacker quien lo reciba.

El controlar el celular de otra persona le daba al joven el control de toda su identidad digital, al menos por un tiempo. Era un panorama tan atractivo, que comenzó a buscar una forma más eficiente de hacerlo, sin tener que engañar empleados de empresas telefónicas. Escribió un guión de Python para escanear redes sociales y buscar cualquier mención de trabajo para un operador, luego él se acercaba con una oferta de compensación por ayudarlo con una tarea. Según él, cada quinta o sexta persona –mal paga y usualmente con contrato a corto plazo– aceptaba. Por un par de cientos de dólares en Bitcoins, estaban dispuestos a hacer un intercambio de SIM, sin cuestionar nada. Eventualmente tuvo empleados en las principales empresas trabajando para él.


“Estaba en lo más alto de la cadena alimenticia, y las personas que estaban conmigo ya lo hacían a un nivel profesional, a diferencia de un juego. Se puede decir que a los 14 años tenía la habilidad de hackear a cualquiera”.


Luego, aumentó la apuesta. Fue cuestión de tiempo antes de que los hackers más reconocidos (“La comunidad”) se dieran cuenta de que si podían usar el método de intercambio de SIM para robar nombres de usuario, fácilmente podrían usarlo para robar criptomonedas. De repente, cerebritos que nunca habían tenido un trabajo real y habían crecido en un mundo virtual lleno de fichas y amigos virtuales, estaban usando un agujero en el Internet para acceder a una riqueza con la que mucha gente solo podría soñar a una edad en la que sus lóbulos frontales ni siquiera se han desarrollado del todo. Con un hackeo y un buen objetivo, podían ganar no solo miles, sino millones.

A comienzos de 2018, alguien con el nombre de usuario de Harry se acercó a Pinsky y le preguntó si podría hackear un celular AT&T, y claro que podía. De acuerdo al relato de Ellis, Harry le dijo que tenía un buen objetivo: Michael Terpin, un peso pesado, de 60 y tantos, en el mundo de las criptomonedas. Siendo uno de los primeros entusiastas de la tecnología, dirigió una empresa de relaciones públicas, representó a America Online y lanzó Motley Fool, Match.com y Earthlink. Luego comenzó la primera empresa de distribución de comunicados de prensa en Internet, la vendió por $35 millones y cofundó BitAngels, el primer grupo de inversión ángel para criptomonedas emergentes.

Al trabajar en la publicidad de nuevas monedas, pedía que sus pagos fueran en esa moneda: entre más lograba convencer a la gente de que la moneda estaba a punto de despegar, más probable era que realmente sucediera, y más valdrían sus propias monedas. Era muy bueno en su trabajo. O eso pensaba Harry. Pinsky dice que el otro hacker le dio un número de teléfono y un correo electrónico, pues habían decidido intentar el ataque al siguiente día.

En la noche del 7 de enero, Pisnky se sentó y comenzó el proceso. Por Telegram, contactó a su empleado en AT&T y le hizo transferir la SIM de Terpin al celular de un conocido en Internet que había reclutado para la tarea, esperando no dejar rastro físico que pudiera relacionarlo con el hackeo. Después, cuando Harry se le unió por Skype, restablecieron el correo electrónico de Terpin y le crearon una nueva contraseña. Pinsky ejecutó un script para buscar ciertas palabras clave en sus correos, los cuales podrían contener llaves electrónicas a billeteras criptográficas, que son programas de software donde se almacenan las criptomonedas.

Había evidencia de que Terpin tenía criptomonedas (correos de subscripciones y afines), pero nada que les diera acceso. Harry estaba a punto de darse por vencido, cuando Pinsky comenzó a buscar correos de otros proveedores y restableció esas contraseñas. Finalmente, en una cuenta de Outlook encontró el tipo de archivo que esperaban encontrar; “se llamaba ‘Contraseñas’ o ‘Claves’”, recuerda el joven. “Cuando lo abrimos vimos un montón de llaves a varias billeteras”.

Para ese punto era una carrera contra el reloj, Terpin no tardaría en darse cuenta de que su celular estaba muerto, que no podía acceder a su correo y que necesitaba proteger sus cuentas. Pinsky pudo ver el saldo de una billetera que contenía la criptomoneda Ethereum: “Tenía alrededor de $900 millones. Pensamos: ‘Mierda, qué loco’”; pero la interfaz necesitaba otra contraseña, que no pudo encontrar. Con la adrenalina a tope, intentaron otra billetera de una empresa llamada Counterparty, y esa sí pudieron desbloquearla con una frase de 12 palabras, una combinación que sirve como supercontraseña. Dentro había aproximadamente 3 millones de una moneda llamada Triggers, que Pinsky no conocía.

Su primer instinto fue pensar que probablemente no valía nada, que estaba valorada en un centavo la moneda. Pero, al buscar en CoinMarketCap, el Nasdaq de las criptomonedas, se dio cuenta de que se había equivocado: ese día, Triggers valía más de siete dólares. Rápidamente, Pinsky hizo los cálculos en su cabeza y los volvió a hacer solo para asegurarse, pues apenas cursaba álgebra. Las matemáticas lo comprobaron. La cuenta, la misma que ahora él controlaba, valía cerca de $24 millones de dólares. Había ganado el juego, y aún no cumplía 16.

Se han registrado hackeos perfectos en los que los hackers no cometieron ni un solo error; pero el de Pinsky no fue uno de ellos. Parte de esto tiene que ver con el tamaño de la suma; es conocido por ser el hackeo de intercambio de SIM más grande realizado por un individuo (a diferencia de un gobierno como el de Corea del Norte, que también se ha metido en el mundo del criptorobo). La gran cantidad de criptomonedas, junto con los límites en los intercambios que tienen las transacciones diarias, significaba que necesitarían más personas para lavar las monedas, y más gente significaba más cabos sueltos, más posibilidades de que alguien dijera algo.

El joven necesitaba convertir las Triggers a otra criptomoneda de intercambio como Binance, que sí permitía tales transacciones. Publicó un tweet preguntando si alguien tenía una cuenta de Binance, o si sabían de alguien que la tuviera. Una vez reunió tanta gente como pudo, unos seis o siete, comenzó a transferir las Triggers a sus cuentas, convirtiéndolas en Bitcoins y desviándolas (menos $20.000 o $50.000 dólares como pago por sus “servicios”) a una cuenta que Pinsky y Harry controlaban.

Pero primero, y en contra de su propia lógica, el joven transfirió una pequeña cantidad de la cuenta de Terpin directamente a la suya, solo para comprobar que era real. Y lo era, pero dejó una huella.

El hacker Nick Truglia fue condenado en relación a los hackeos de la tarjeta SIM.
STEVEN HIRSCH

A lo largo del proceso se perdieron millones de dólares en criptomonedas. Los tres millones de Triggers de Terpin representaban alrededor del 10 % del mercado de Triggers en general. Mientras los testaferros de Pinsky convertían el dinero, el mercado colapsaba en tiempo real. También había tarifas para transacciones de esa magnitud, y sin un código de honor entre ladrones, no todos los Bitcoins que debían entrar a la cuenta de los jóvenes realmente llegó. En particular, después de enviar una prueba de medio millón de dólares a un tipo con el nombre de usuario @erupts, Pinsky le envió otro millón para lavar. En cambio, la persona se lo quedó. El adolescente también menciona que Harry estaba tan enojado por el robo a su robo, que planteó la idea de hackear a @erupts. “En sus palabras, quería buscar unos ‘matones’ para que se ocuparan de él o algo así”, explica Ellis, aunque dice que descartaron la idea rápidamente. ¿En la vida real? “Eso es cruzar la línea”.

Eventualmente, dividieron el botín y Pinsky se llevó la mayor parte, ya que él había trabajado más en el aspecto técnico, según me dice. Finalmente terminó con 562 Bitcoins, valoradas en casi $10 millones de dólares en ese entonces. En algún momento de la noche, finalmente se fue a dormir, pues tenía clases a la mañana siguiente.

Después de eso, Pinsky dice que su vida no cambió mucho, al menos no al comienzo. Por un tiempo, pensó que el FBI derribaría su puerta en cualquier momento, como en las películas. Pero conforme siguió pasando el tiempo, su ansiedad disminuyó. Gastó $50.000 dólares de Bitcoins en un reloj Patek Philippe, y sacó $100.000 en efectivo, que guardó en una caja fuerte de $40 dólares debajo de su cama. En un viaje de vuelta de Chicago con su mamá, pagó $870 dólares para tomar un vuelo de regreso en un jet privado. Pero en su mayoría, según el joven, no pensaba mucho en sus riquezas; “solo me aburría un poco más en mi clase de historia”. Quería ganar el juego y lo había hecho. “Me sentía en el máximo nivel posible”, me cuenta. “Después de lo de Terpin, obviamente tenía el dinero, pero también sentí que había terminado con esa vida. No me atraía, se había acabado”.

Dice que aprendió diferentes tipos de programación y dirigió un negocio de zapatillas usando bots y scripts para comprar ediciones limitadas y luego invertirlas: “Zapatillas Yeezy y similares. Es legal”. Fue a sus prácticas de futbol y con sus amigos comenzaron a salir con chicas, yendo hasta los muelles donde podían ver las luces brillantes del puente Tappan Zee. A Pinsky le incomodaban los grandes grupos, pero uno a uno era bueno creando intimidad, lo que le había asegurado un lugar en un grupo más popular en el colegio. Cuando cumplió los 16 años, sus papás le comenzaron a prestar el carro, haciéndose pasar por un adolescente promedio y con buena suerte, en vez de un criptomillonario cuya crueldad en línea era tan extrema, que otro chico presentó un informe a su policía local, diciendo que Pinsky “amenazó con matarme y a mi madre”. Al tratar de lavar las criptomonedas de Terpin, el joven aparentemente envió una parte a la cuenta equivocada.

Un día recibió un mensaje de @erupts, el hacker que había desaparecido con un millón de dólares del ataque a Terpin. Al final resultó que el nombre de @erupts era Nick Truglia, tenía 20 o 21 años, y vivía en Manhattan. Quería conocer a Ellis, salir con él una noche. Por lo que el joven pudo notar, Truglia parecía verlo como una figura legendaria, alguien que podía hacer cualquier cosa, y Pinsky supuso que el otro chico quería participar en lo que sea que pudiera hacer después. Y en cuanto al millón faltante, no era como si Pinsky estuviera en posición de señalar culpables. Truglia fue persistente, y aunque el adolescente dudaba, finalmente accedió a encontrarse.

En su relato de lo que pasó ese viernes, Pinsky y un amigo del colegio al que le pidió que lo acompañara, se encontraron con Tuglia en la estación Grand Central; usaba una gorra de béisbol, tenía un reloj suizo de lujo y una gran sonrisa. Les dijo que pasarían un buen rato y luego los llevó a su apartamento en un edificio de lujo llamado Sky. El interior era elegante y había montones de dinero en efectivo, que Pinsky calculaba llegaba a las decenas de miles de dólares, y que parecían haber sido dejados allí ostentosamente.

Al adolescente no le impresionaba el dinero, pero Truglia tenía un montón de incentivos para ofrecer, comenzando con dos modelos que llegaron poco después, seguidas de una cena en un lujoso restaurante italiano y un rato en el elegante apartamento de SoHo del hijo de un multimillonario de bienes raíces. En poco tiempo, Pinsky y su amigo estuvieron rodeados de modelos en un club llamado Up&Down, donde Rich the Kid se estaba presentando.

Cuando Truglia sacó una tarjeta de platino y botellas de tequila de dos mil dólares comenzaron a materializarse, Pinsky supo por la mirada de su amigo que ese momento estaba destinado a ser épico, que serían leyendas en el colegio por haber sobrevivido a esa noche. Les enviaron fotos a sus amigos desde la sala VIP, para asegurarse de que el momento fuera documentado. “Todos nos preguntaban cómo habíamos entrado, fue una locura”, afirma.

Pero en su opinión, no era tan genial como lo hacían ver en redes sociales. Le parecía raro salir con gente que ya era adulta y que realmente no conocía, y lo que conocía de Tuglia, tampoco había sido por algo bueno. Le ponía nervioso que la gente en el círculo de Tuglia pareciera estar familiarizada con él. A las seis de la mañana, Pinsky y su amigo se fueron para sus casas en un Uber, y cada quien les dijo a sus padres que la pijamada en la casa del otro había terminado temprano. Con fotos de esa noche, él dice que “si ves con atención, puedes notar que no me la estoy pasando tan bien. Fue un poco incómodo”.

Y el joven tenía razón al no confiarse del todo de Truglia, quien, a través de sus abogados, se negó a responder preguntas para esta historia. El 14 de noviembre de 2018, miembros del grupo especial de alta tecnología de la Regional Enforcement Allied Computer Team (REACT) arrestó al joven en su apartamento de Manhattan por el atraco en modalidad intercambio de SIM de un millón de dólares que había ayudado a realizar semanas atrás.

Mientras registraban su copia de seguridad en iCloud, los investigadores encontraron evidencia de que también había estado involucrado en el robo de los $23,8 millones de Michael Terpin, incluidos mensajes enviados el día del atraco a sus amigos, diciéndoles: “Hoy mi vida cambió para siempre”, y “Soy millonario. En serio, tengo 100 Bitcoins”. De antemano, le había estado pidiendo dinero a su padre, y ahora ofrecía contratar “acompañantes estrellas de porno” y llevar a sus amigos al SuperBowl. Conocidos en línea y en la vida real sabían de sus tratos con Pinsky, y no pasó mucho tiempo antes que alguien dijera algo, de lo cual una parte era cierta.

Pinsky me dice que a lo largo de los años sucedieron cosas muy extrañas y que parecían relacionadas con su actividad en línea, señales a las que les debió poner atención porque mostraban que el juego se estaba filtrando a su vida real. Una vez, alguien llamó diciendo que había un carro bomba en su casa, y en otra ocasión, un desconocido llegó a su casa preguntando por Ellis, aunque el joven no estaba allí. Les dijo a su madre y a su padrastro que eran bromas que se hacían entre jugadores, y ellos parecieron creerle, pero también sabían que estaba incursionando en las criptomonedas. En agosto de 2019, nueve meses después del robo a Terpin, Pinsky dice que su padre le envió por correo un artículo sobre la demanda de Terpin a AT&T por $224 millones de dólares por negligencia en el caso de intercambio de SIM. Ellis le respondió preguntándole por qué le enviaba eso.

Agentes de la ley afirman que, generalmente, los padres de una persona que hace intercambios de SIM, no tienen ni idea de lo que hacen, se convencen de que la nueva riqueza de sus hijos proviene de inversiones tempranas en Bitcoin, o ni siquiera saben que esa riqueza existe en lo absoluto. “Lo cierto es que hay muchos padres que no saben que sus hijos adolescentes son más ricos de lo que creen”, afirma Brian Krebs, un analista de seguridad cibernética y autor de Spam Nation. “Si empiezan a manejar un Ferrari, ciertamente hay que hacer algunas preguntas difíciles”. (Un intercambiador de tarjetas SIM usó criptomonedas para comprar un McLaren), “pero en muchos casos los padres simplemente están perdidos”.


“Todos estábamos haciendo cosas de sociópatas. No me juntaría con el Ellis de 15 años”, me dice. “Me alejaría de él. Me siento avergonzado, quiero distanciarme de todo esto, es muy feo”.


Y Pinsky confirma que los suyos no fueron la excepción. El 31 de diciembre de 2018, su mamá recibió un correo del abogado de Terpin, el famoso abogado litigante Pierce O’Donnell, que le explicó a detalle el robo, y argumentó que su hijo era el autor intelectual. Presa del pánico, le reenvió el correo a Ellis, diciéndole que tenían que hablar, lo cual hicieron esa noche en la cocina. “Me moría del susto. A los 16 años me di cuenta por primera vez de que este videojuego –que había jugado por años– se había vuelto real y tenía que afrontarlo”. Recuerda haberle dado a su mamá la información necesaria para que viera que necesitaba un abogado. Y a comienzos de enero, fueron hasta un despacho de Lankler Siffert & Wohl, donde se reunieron con el mismo Siffert. Fue el primero de muchos viajes que Pinsky haría a la oficina, y la primera de muchas veces que le pedirían que contara de nuevo los detalles de sus últimos años.

Ese fue el comienzo de lo que se puede describir como un mierdero legal, a la par y directamente relacionado con la volatilidad de las criptomonedas. Pinsky y su equipo legal se adelantaron a su arresto, contactando directamente a la fiscal y ofreciendo su cooperación. En febrero de 2020, Ellis devolvió voluntariamente todo lo que se había robado: 562 Bitcoins, el reloj Patek y el dinero que había guardado debajo de su cama. Sabía que estaría admitiendo su culpa, pero dice que no tenía problema, pues, después de todo, sí era culpable, y esperaba que devolver todo fuera visto como un acto de buena fe. Pero a Terpin no le pareció tan generoso, había perdido una fortuna, de la cual la mayoría había caído en las manos del joven. En la noche del 7 de enero de 2018, 562 Bitcoins valían alrededor de $10 millones de dólares; el día de la devolución valían poco menos de dos millones. Y múltiples rondas de negociaciones confirmaron que el magnate quería más, mucho más.

Terpin quería $74,1 millones de dólares, y creía que tenía derecho a ello bajo la Ley RICO, que prevé la concesión al demandante de una cantidad equivalente al triple de los daños sufridos en casos de crimen organizado. Por mucho tiempo, el empresario ha argumentado que se trata de pandillas cibernéticas. “En un robo a un banco está el tipo con la pistola, el que registra el lugar y el que está en el carro”, afirma. “Todos tienen un papel, lo mismo pasa en una pandilla de intercambios de SIM; cuando obtienen el control de tu celular, entran y tienen a una pandilla de programadores lista”. Tampoco entiende por qué Pinsky no ha sido acusado penalmente: “Me han dicho que es porque era menor de edad, y les cuesta saber qué hacer con los menores. Pero, estos niños básicamente lo aprenden de otros y se salen con la suya hasta los 18. Luego, cuando los detienen, son recompensados de por vida. Es decir, si el muchacho se hubiera detenido antes de mi robo, nadie lo habría sabido”.

Terpin me cuenta todo esto en una reunión de Zoom un día; tenía gafas de marco grueso, camiseta sin mangas y estaba sentado frente a una especie de puerto, un fondo virtual que dice es una foto de su verdadero fondo (“Hoy incluso está más soleado”). Afirma haber sido uno de los primeros pesos pesados en la criptomonedas al mudarse a Puerto Rico, aprovechando la exención de impuestos de la isla en cuanto a tecnología, la cual me explica a detalle. También me habla de sus días como uno de los primeros en adoptar las criptomonedas, cuando el Bitcoin costaba $120 y se frustraba cuando no podía conseguirlos a cuatro dólares.

“No soy un cerebrito, pero entiendo de tecnología. Básicamente he buscado industrias que personalmente me interesen y que pienso que están creciendo más rápido que la misma economía”, comenta. Cuando se trata de la tecnología blockchain, “de inmediato supe que era el futuro del Internet”. Con eso no se refiere a la moneda que Pinsky robó como Triggers, sino “altcoins” o monedas alternativas, y es posible que haya sido intencional; había sido incluido como socio de Triggers, empresa que desde entonces colapsó y fue eliminada de los intercambios de criptomonedas. Su valor subió un 800 % el mes anterior al robo de Pinsky, y Terpin me dice que estaba en el proceso de vender las monedas lentamente, porque su valor estaba llegando a su punto máximo. “De hecho, eligieron el día en que alcanzó el pico máximo en el mercado para hackearme. La mayoría de altcoins, como las llaman, nunca superaron el pico de ese día”.   

Sin embargo, incluso si el valor de lo que robó estaba inflado, incluso ilusoriamente, Pinsky lo robó y Terpin quería darle un castigo ejemplar. Comenzó a contactar a quienes él creía habían podido estar involucrados y les ofreció dinero por información. (Terpin lo niega y afirma no haber “pagado nada hasta la fecha, por así decirlo”). Pronto le comenzaron a llegar muchas llamadas, y “mi esposa bromea con que todos los sábados a la mañana recibíamos algún tipo de llamada de alguien con un modulador de voz”.

El magnate piensa que algunas de esas personas tenían algún tipo de resentimiento hacia Pinsky. Algunos claramente solo intentaban no meterse en problemas, pero las llamadas consolidaron la creencia de Terpin de que estaba tratando con un villano adolescente, un ‘Baby Al Capone’, como le dice. Se convenció de que el joven estaba guardando el dinero (no solo de su atraco, también de otros), haciendo viajes lujosos, comprando relojes e intentando engañarlo.

Todo es posible. “Una gran parte de estos casos se va en intentar recuperar los fondos, y no hay manera de saber si los recuperaste todos”, declara Erin West, la asistente del fiscal de distrito de REACT, el equipo que arrestó a Truglia. El Bitcoin ofrece anonimato a propósito. Los datos necesarios para acceder a los fondos de una billetera se podrían memorizar y solo existir en la mente de su propietario, o anotado en la margen de un libro cualquiera, o guardado en una billetera física. Los investigadores revisan las casas en busca de documentos que puedan contener frases semillas, contraseñas o claves, leen los correos de los acusados, y escuchan sus llamadas con la esperanza de encontrar alguna pista, pero saben que aun así no se encuentra todo. En algunos de sus casos, West dice: “Revisamos los número una y otra, y otra, y otra vez, y falta dinero”.

Sin embargo, Ellis tiene una respuesta clara a los que dicen que está escondiendo millones: no lo han arrestado; el caso de Terpin es civil, no penal. En parte, se debe a la edad del chico en el momento del atraco, pero también se debe al hecho de que, como él mismo dice, “cooperé y me mostré dispuesto a hablar con la policía”. (El FBI se negó a responder preguntas sobre un “caso abierto”). Pinsky no sabe qué tiene que hacer para demostrarle a Terpin que él no está escondiendo ninguna fortuna, pero dice que ha pasado gran parte de los últimos dos años intentándolo. Piensa que tal vez el gobierno lo va a vigilar por el resto de sus días, para asegurarse de que su estilo de vida sea el que debería ser. Y cuando le pregunto si también ha colaborado con el FBI para atrapar a otros hackers, parpadea rápido y cambia de tema.

Un día, a finales de abril, Pinsky quiso salir a caminar. Llegó la primavera y la ciudad parece haber cobrado vida, repleta de vestidos veraniegos y buena actitud. Mientras camina por los puestos de Chinatown y los café al aire libre de SoHo, se mezcla con la multitud. Hoy, los 562 Bitcoins que le devolvió a Terpin tienen un valor de $24.539.814 dólares, aunque no se sabe si realmente está al tanto. Por ahora, decidió comprarse un helado, pues siempre es buen momento para los placeres simples.

Pasar desapercibido le ha hecho bien a Ellis, porque en su último año en el colegio tuvo mala fama después de fracasar en una serie de conciliaciones en 2020 y que Terpin hiciera público el robo y el papel de Pinsky en él. La mayoría de los padres de sus amigos ya no querían que sus hijos se juntaran con él, y en la graduación recibió un estruendoso aplauso, claramente irónico, porque, como él dice, “me había convertido en una persona de interés en mi ciudad, por las razones equivocadas”.

El criptoempresario Michael Terpin quiere que Pinsky sea juzgado bajo la Ley RICO.
XAVIER GARCIA/BLOOMBERG/GETTY IMAGES

También se había convertido en alguien que estaba constantemente alerta. La violación de domicilio a la casa de su familia ocurrió solo unas semanas antes de su graduación, y la policía llegó a tiempo para arrestar a dos de los cuatro hombres que habían intentado entrar; a uno lo encontraron en el sótano y lo sacaron esposado mientras la mamá de Pinsky le gritaba: “¡¿Quién te envió?!”. Los dos hombres fueron sentenciados a 60 meses de prisión, por cargos de robo según la Ley Hobbs, pero el joven sabe que sus cómplices siguen libres. Quizá piensan que Pinsky guarda una fortuna, quizá otras personas también lo creen. “Lo más aterrador es que nunca lo tuve”, dice respecto al dinero. “¿Qué tengo que hacer para que me crean?”.

Después del allanamiento, su familia compró un rifle de asalto y el joven comenzó a ir con su mamá al campo de tiro. Admite que estar con ella puede ser difícil, a pesar de haber sido lo más comprensiva posible, ahora va por el mundo con un miedo que nunca había sentido, y él sabe que es por su culpa. (La madre y el padrastro de Pinsky se negaron a hablar para este artículo).

A veces, el joven quisiera poder sentarse a hablar al respecto con Terpin. Incluso dejando a un lado el robo de Triggers, él sabe que hizo muchas cosas feas; hubo otras cuentas de Terpin a las que también entró, pero con un grado menor de éxito, hubo dinero que intentó mover días después, enviando instrucciones de cómo lavarlo entre clases, amenazó gente, y otra le temía. Sabe que cuando estaba detrás de una pantalla, se convertía en un monstruo y eso es lo único que Terpin conoce de él. “Entiendo su posición, todos estábamos haciendo cosas de sociópatas. No me juntaría con el Ellis de 15 años, ni a los 16, ni a los 18, me alejaría de él. Aunque probablemente no tan rápido”.

Gran parte de lo que hay consignado en este artículo, gran parte de lo que Pinsky me contó, se puede verificar con documentos legales, fotos, mensajes, correos y otras fuentes. El robo sucedió, las versiones de Pinsky y Terpin sobre los detalles más pequeños coinciden. (En lo que respecta al contenido de la caja fuerte y el itinerario de la noche con Truglia, me baso en el testimonio de Ellis). Lo que nunca puede verificarse es lo que está o estaba en la cabeza del joven: su sentir en determinados momentos, su motivación (o falta de esta) y su visión del crimen como un juego.

En un momento, le digo que las personas a las que atrapan suelen ser las que reconocen el error en su actuar y él no lo niega, pero dice verlo de otra manera: ¿qué sería de él si no lo hubieran atrapado? ¿Qué sería de él si no hubiera recibido este curso intensivo sobre “lo que está bien y lo que está mal, de mis abogados, libros y mi terapeuta”? El joven habla de la moralidad como si fuera un objetivo académico, algo en lo que uno puede meterse e interiorizar. Ha leído Crimen y castigo, Extreme Ownership, Letters from a Stoic, entre otros. En algunas ocasiones ha visto el video de Terpin hablando sobre el robo: “Lo narra de una manera muy práctica, pero al escuchar cuán metódico y calculado fue todo, me sentí muy, muy avergonzado”, afirma. “Le agregó un elemento humano a lo que en su momento era algo totalmente virtual para mí. Siento que la vergüenza no es el sentimiento más útil, pero me estoy haciendo cargo de ello. Ciertamente no me siento bien con lo que hice”, y habla conmigo porque quiere “que la gente se dé cuenta de eso”, quiere que la gente sepa que “todo cambia, y en mi vida, todo ha cambiado para bien”.

Y dice que la universidad lo ha ayudado con eso. Estaba seguro de que no entraría, pero luego, milagrosamente, unos días antes de que Terpin lo demandara, recibió su carta de aceptación de una universidad que me pidió no mencionar. También me dice que le dieron una beca y que no pagar le ha ayudado a su familia a cubrir los gastos legales, aunque no se puedan pagar por siempre. Pinsky está aceptando el hecho de que probablemente las negociaciones no resulten a su favor.

Lo que no puede aceptar es la idea de que algo que hizo a los 15 años pueda ser lo que lo defina como persona. Se va a graduar en Ciencias de la Computación y Economía, y quiere ser empresario, campo laboral que no precisamente requiere de un historial impecable y que incluso podría valorar a un rebelde. Desarrolló una aplicación llamada Rentr que conecta a las personas con los vendedores (al momento de escribir este artículo, en la app se pueden comprar una impresora Canon, un scooter eléctrico, una pipa de agua, una carpa para bodas, entre otros). Para variar quiere aportar, “para eventualmente ser útil”; es el lenguaje de la disrupción mezclado con el lenguaje del remordimiento.

Cuando se mudó a su dormitorio universitario el año pasado, sorprendió a sus compañeros al quitar el nombre de su puerta y encerrarse en su cuarto todas las noches. Quiso decirles que había hecho algo muy malo, que algunos pensaban que tenía mucho dinero y podrían buscarlo, pero nunca lo hizo. Sin embargo, desde entonces, las cosas se han relajado un poco. Eventualmente hizo amigos cercanos a los que les contó y siguieron con él, pasó el otoño estudiando en Florencia, Italia, y cuanto más se alejaba de Irvington, más fácil le parecía distanciarse de lo que hizo allí.

Hoy en día, Ellis rara vez vuelve a Irvington, evita los lugares donde ni siquiera puede intentar mezclarse. El barrio neoyorquino estaba destinado a ser un lugar de calma, no de calamidad, pero allí Pinsky pudo haber hecho que mataran a su familia. Volver a casa es un recordatorio constante de cómo todo salió mal: “Pienso en lo que les hice pasar y me siento muy, muy mal, egoísta”, sentencia. Es un momento de claridad que puede aclarar muchísimo el panorama.

Al final de nuestro recorrido terminamos en un parque. Hay músicos tocando en la calle y gente en el pasto tomando sol. Hay una vibra de despreocupación que el joven espera poder compartir un día. “Deseo profundamente distanciarme de todo esto. Es tan feo, tan malo, tan asqueroso… No hay nada que quiera hacer tanto como seguir adelante”. Por ahora, seguir adelante puede ser más un ejercicio mental, que físico, pero es el siguiente nivel y Pinsky hará lo que sea para llegar allí.

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