(Foto: Gentileza)

Entrenador de día, represor de noche: la doble vida de Juan de la Cruz Kairuz, el primer exfutbolista condenado por crímenes de lesa humanidad

Como jugador, brilló en Atlanta, Newell's Old Boys y enfrentó al Santos de Pelé; en diciembre recibió cinco años de prisión en el marco de la Megacausa Jujuy

Por: JUAN MANUEL MANNARINO

—Buenas tardes, estamos ante un símbolo del fútbol de Salta.

El periodista Roberto Raúl Gramajo presenta a su entrevistado mirando a cámara y no escatima en elogios.

—Fue un técnico exitoso, con su paso por más de treinta clubes, pero antes jugó como defensor en muchos equipos. Juan de la Cruz Kairuz, ¿qué tal?

—Qué tal, Roberto, gracias por la invitación.

Es una entrevista para un canal de televisión de Salta, en 2019, y a Juan de la Cruz Kairuz se lo exhibe como un legendario jugador y técnico del Norte argentino. Él recuerda con tono tranquilo, entre otros hitos, su paso por Atlético Ledesma —en el pueblo jujeño de Libertador General San Martín—, durante los años setenta, donde dirigió al equipo de fútbol financiado por el poderoso ingenio azucarero: el conocido técnico Ángel Tulio Zof lo había pedido como parte de su staff. En los ochenta, Kairuz se radicó en Salta.

Ilustración: RNDR Martínez

Pasando de un tema a otro, en la charla se mueve como pez en el agua: habla de jugadores conocidos, del cambio del fútbol en los últimos tiempos, del cariño de la gente, de la ilusión del futbolista por vivir de la pelota y ascender socialmente.

“Tuve la suerte de jugar en Tucumán contra el Santos de Pelé —rememora, orgulloso—. Jugaba de lateral izquierdo y por mi gran actuación, anulando a Pelé en la marca, Atlanta me compró por una cifra récord. De ahí me fui a Newell’s, en Rosario, y por último me retiré en Jujuy como jugador en Gimnasia y también en Atlético Ledesma, donde primero fui jugador y luego técnico. Una lesión en la rodilla, en 1975, me impidió seguir y entonces seguí en otro rol”.

La entrevista es amena, nostálgica, y la voz de Kairuz suena como la de un abuelo tierno: de ojos claros traslúcidos en sus anteojos, canoso, viste una chomba verde y se preocupa por el drama social de los pueblos norteños. “Para que ustedes tengan una idea del poder de Ledesma, una vez el Matador Kempes pidió viajar a Jujuy para jugar un amistoso con su equipo de entonces, Rosario Central. El ingenio pagaba muy bien, la gente alentaba mucho al Trapiche Azucarero, como se lo llamaba a Atlético Ledesma”, dice, con el periodista admirado por sus anécdotas mientras toman un café.

Entonces, después de un largo preámbulo, Roberto Gramajo toca el punto inevitable que, a esa altura, parecía lejano: la imputación judicial contra Kairuz por crímenes de lesa humanidad.

—Juan, viste que la sociedad juzga antes de conocer a la persona, que lo declara culpable antes de conocerse la verdad. Estabas dirigiendo en Gimnasia y Tiro de Salta, cuando salió el tema de la dictadura…

La cara de Kairuz permanece inmutable aunque no esquiva el comentario.

—Sí, todavía ese problema lo tengo porque…—responde algo nervioso el extécnico y asienta un origen—. Bueno, mi historia empieza en 1973. Jugaba en Gimnasia de Jujuy, y una noche el jefe de la policía jujeña, que era fanático del fútbol, me ofreció trabajar con ellos. Yo entré como oficial pero con permiso para seguir jugando. Lo hice porque los sueldos como futbolistas no alcanzaban. Luego, cuando me fui a Ledesma, también seguí como policía. Desde ahí vinieron los problemas, dijeron cualquier cosa sobre mí.

—¿Por qué creés que te acusaron? —pregunta el periodista, sin nunca perder su simpatía por el entrevistado.

—Porque trabajaba en la empresa Ledesma, que fue acusada en la democracia por estar con la dictadura. Y caímos todos. Soy Juan de la Cruz Kairuz, ¿no? Un nombre muy conocido en el Norte. Si hubiera sido Mamani u otro apellido, no habría pasado nada.

—¿Y ahora cómo estás con eso?

—Hice un juicio de calumnias e injurias contra los que me acusaron. Si hubiera sido un tipo tan malo, nadie estaría presente en los homenajes que me siguen haciendo como deportista. Recibí insultos en la calle, pero tengo amigos conocidos. Mi conciencia está tranquila y mis amigos saben quién soy. Hay que ser fuerte, porque la vida sigue.

Lo que nunca imaginó Juan de la Cruz Kairuz en aquella entrevista es que las acusaciones se convertirían en una pronta condena. El 2 de diciembre de 2022 recibió cinco años de prisión en el marco de la Megacausa Jujuy –que concentró 16 causas por privaciones ilegítimas de la libertad, tormentos, homicidios y delitos sexuales–, sexto juicio por crímenes de lesa humanidad en esa provincia. Junto a Kairuz, fueron condenados otros 18 represores.

En las audiencias se demostró que Kairuz se desempeñó en los setenta como oficial auxiliar de la policía jujeña: prestó servicios en la comisaría 24 y en el Centro de Inteligencia paralelo de la fuerza provincial. Fue acusado por el fiscal Federico Zurueta, que había pedido siete años de prisión, como coautor de la privación ilegítima de la libertad del médico de la empresa Ledesma y exintendente de Libertador General San Martín Luis Arédez, agravado por el uso de violencia, y por el posterior allanamiento ilegal de su casa, donde vivía con su familia. Luis Arédez —cuyo caso se cuenta en el documental Sol de noche (2003) a través de la historia de su mujer, Olga, que durante años marchó sola por la plaza del pueblo— permanece desaparecido.

Los delitos cometidos contra trabajadores del ingenio Ledesma, en efecto, formaron parte de la Megacausa Jujuy; sin embargo, el exdueño de la empresa, Carlos Pedro Blaquier, no estuvo en el banquillo: fue beneficiado por un fallo de la Sala IV de la Cámara Federal de Casación Penal, que en 2015 le dictó la falta de mérito. La Corte Suprema de Justicia de la Nación recién anuló esa resolución en 2021, seis años después, cuando el debate ya se había iniciado. El magnate azucarero, de 95 años, todavía sigue en las sombras. En las últimas semanas fue sometido a pericias médicas para comprobar si estará presente en otros juicios donde está imputado, como el de La Noche del Apagón, un operativo represivo en el que fueron detenidas ilegalmente más de 400 personas, y también por el secuestro de Luis Arédez.
Tal vez tampoco hubiera imaginado Blaquier que Juan de la Cruz Kairuz, el jugador nacido en Tucumán que borró a Pelé de una cancha –hasta hoy conserva su foto abrazado al astro brasileño en la portada de su perfil de Facebook–, que pasó por los grandes equipos del Norte argentino, de Gimnasia de Jujuy a Juventud Antoniana, habría hecho historia a sus 77 años por convertirse en el primer exjugador y extécnico de fútbol condenado a prisión por delitos de lesa humanidad en Argentina. Un hito civil poco común en un país que suda pasión por la redonda.

Había sido condecorado por el Concejo Deliberante de Salta en diciembre de 2020. Y fue un escándalo. Cuando se enteraron de que a Juan de la Cruz Kairuz lo iban a premiar por su trayectoria como futbolista, organismos de derechos humanos de Salta lanzaron un comunicado de repudio. De inmediato, dos concejales del Frente de Todos, que habían votado a favor del reconocimiento, pidieron disculpas, igual que el autor del proyecto, Ángel Causarano, del Partido Autonomista, quien se excusó literalmente en la ignorancia.

“No sabía nada de las acusaciones contra Kairuz”, dijo Causarano, quien en el homenaje le había dado una placa en mano al extécnico y le dedicó las siguientes palabras: “Siempre me enseñaste y enseñaste a quienes estuvieron a tu lado a ser un buen dirigente y, por sobre todo, los valores necesarios para ser una buena persona”.

No hubo ninguna mala intención, repitió Causarano ante la prensa. Ante el amplio rechazo público, en un trámite exprés, debió anular la condecoración.

Kairuz había acumulado otros repudios. Mónica Nizzardo, Aníbal Garisto y Javier Orradre, los realizadores del documental Siglo bohemio (2004) sobre la historia de Atlanta, borraron el reportaje que le habían hecho al director técnico-represor, quien jugó en el club de Villa Crespo entre 1966 y 1967. Decidieron eliminarlo después de estrenar la película, cuando se enteraron de su tenebroso pasado. “Nos había parecido un hombre muy educado, tranquilo, que habla con ese tono pausado de la gente del interior. Y para todos fue una sorpresa saber que Kairuz participó en la represión”, dijo en aquel momento el director Aníbal Garisto, sin salir de su asombro.

Ricardo Arédez tiene 63 años, se crio en Jujuy –nació en Tilcara, cuando su padre, Luis, fue expulsado como médico del ingenio Ledesma por defender a los obreros y enfrentarse a Carlos Blaquier– y vive desde hace 35 en Buenos Aires. A Juan de la Cruz Kairuz lo vio por última vez en 2009, en el juicio que este le hizo por calumnias e injurias al abogado y periodista salteño Daniel Tort, acusándolo de haberle hecho perder un trabajo. Tort lo había denunciado públicamente por su rol como represor cuando estaba en Gimnasia y Tiro de Salta en 2006. Al poco tiempo, Kairuz renunció a su cargo.
Camuflado como exitoso futbolista, Kairuz había borrado su pasado de un plumazo. Una doble vida que supo esconder entre sus amigos del poder, alejado de las denuncias de los organismos de derechos humanos y sin rendir cuentas a nadie. Todo empezó cuando fue identificado por varios testigos como quien encabezó el allanamiento a la casa del desaparecido Luis Arédez, un operativo clandestino sucedido en la noche del 13 de junio de 1977. Luego se sabría, además, que participó en el secuestro del médico, tiempo antes, manejando la camioneta de la patota que lo detuvo. Fue denunciado ante la Conadep por Olga Arédez –esposa de Luis y fundadora de Madres de Plaza de Mayo en Jujuy– en 1984 y él mismo reconoció haber sido “ñoqui” de la policía jujeña durante la dictadura, aunque nunca como represor.

Kairuz con Pelé (Foto: Gentileza)

Aquella mañana de 2009 del juicio contra Tort, el exfutbolista Kairuz estaba acompañado por su familia, aún resguardado en un cerco de impunidad. Del otro lado, Ricardo Arédez había ido con otros familiares de desaparecidos.

“No me hizo nada bien verlo —recuerda hoy Ricardo—. A la salida del juicio, la familia de Kairuz me increpó y le mostré la foto con el pañuelo de mi padre para que me dijera a dónde está, porque queremos darle la sepultura que se merece. Nunca pude hablar con Kairuz cara a cara. Ahora que cayó preso, tengo la expectativa de que rompa el silencio”.

Ese juicio fue contraproducente: no solo Kairuz perdió en su demanda, sino que el juez ordenó investigarlo.

Ricardo Arédez dice que no tiene nada en contra de los hijos de Kairuz –“porque sé el peso enorme que es ser hijo de un represor”–, ni discute su trayectoria deportiva. Su testimonio, en la Megacausa Jujuy, fue clave para condenarlo.

“Se cumplía el primer mes de la desaparición de mi padre y veníamos de una misa. Cuando acabábamos de llegar a casa, tocaron el timbre. Atendí yo y me tiraron la puerta para atrás. Entraron en gran cantidad, militares con uniforme y ametralladoras, que estaban comandados por Juan de la Cruz Kairuz, que en esa época era técnico de Atlético Ledesma. En ese momento no sabíamos quién era, lo identificamos luego, cuando fuimos a comprar a un supermercado famoso del pueblo, mi madre lo vio y se aterrorizó. Luego le preguntamos al dueño y nos dijo que era Juan de la Cruz Kairuz, el famoso técnico. Me quedó su imagen porque a cada momento salía en reportajes en los diarios y cuando entró a punta de pistola y se llevó un montón de cosas estaba de civil, vestido con ropa deportiva. Él daba las órdenes, sabía perfectamente lo que hacía y en un segundo invadieron los tres pisos de mi casa. Solo estábamos mi mamá, mi abuela y yo, que tenía dieciséis años”, declaró Ricardo Arédez en el debate judicial donde Kairuz acaba de ser condenado.

Otros hermanos de Ricardo, como Adriana Arédez, relataron la manera provocativa con la que Kairuz seguía a su madre en un auto mientras ella daba vueltas a la plaza de Libertador, con un pañuelo blanco, marchando por la desaparición de su marido.

“Kairuz creía que iba a zafar, pero no contaba con la incansable lucha de la familia Arédez —dice Ricardo, en tono aliviado—. Solo pedimos conocer la verdad». Su padre había sufrido un calvario. La noche del 24 de marzo de 1976 había sido secuestrado; se lo llevaron en una camioneta del ingenio Ledesma, de la familia Blaquier, que lo tenía marcado porque como intendente del pueblo quiso cobrarle los impuestos que ningún político se había atrevido. Hay testigos que afirman que Kairuz manejaba una de las camionetas del operativo, entre ellos el mismo Luis Arédez lo había reconocido, según una charla que tuvo con un compañero de celda.

“Yo vivía adentro del ingenio”, confesó Juan de la Cruz Kairuz en una entrevista, dando cuenta de la estrecha convivencia entre la empresa y el cuerpo policial. Luego de estar encarcelado un tiempo en La Plata, Luis Arédez fue liberado el 5 de marzo de 1977 y volvió a Ledesma a ejercer su profesión de médico, hasta que el 13 de mayo de ese mismo año volvieron a secuestrarlo.

Ahora Ricardo, su hijo, no tiene expectativa de que Kairuz dure demasiado en la cárcel. “Jujuy fue la última provincia en hacer juicios de lesa humanidad, es posible que vuelva a su casa pronto”. Y dice que está cansado de la exposición, con su familia, durante tanto tiempo.

“Se murió mi madre sin saber nada, en su momento fue tal el desgaste que fuimos a España a reabrir la causa con el juez Baltasar Garzón porque mi padre tenía familia española. La democracia argentina sigue en deuda con nosotros”.

El de Kairuz no fue el único caso. Una investigación del periodista Gustavo Veiga –autor del libro Deportes, desaparecidos y dictadura– reveló que la muerte en 2019 de Edgardo “Gato” Andrada, arquero de la Selección Nacional, Rosario Central y Colón, pero además agente de inteligencia de la última dictadura, removió un tema poco divulgado. Así como desaparecieron 220 deportistas en la Argentina entre 1976 y 1983, también hubo represores y delatores entre un grupo reducido de atletas.

Andrada, de acuerdo a la pesquisa de Veiga, revistaba como agente del Destacamento de Inteligencia 121 de Rosario y se lo involucró en la desaparición y asesinato de los militantes montoneros Osvaldo Cambiaso y Eduardo Pereyra Rossi. Pero un fallo del juez federal de San Nicolás, Carlos Villafuerte Ruzo –el mismo del polémico operativo de la Masacre de Ramallo, de 1999–, lo favoreció por la falta de mérito.
Amadeo Gándola es otro exfutbolista que fue colaboracionista de la dictadura. Su historia se conoció gracias a una investigación que desarrolló, en este caso, el periodista santafesino Nicolás Lovaisa. “Jugó entre 1956 y 1957 en Unión. Llegó proveniente de Atlanta y luego pasó por Godoy Cruz e Independiente Rivadavia. Entre 1976 y 1983 fue uno de los PCI (Personal Civil de Inteligencia) que reportó a la Fuerza Aérea. Se suicidó en 2006”, escribió Lovaisa. Gándola nunca llegó a ser acusado en un juicio de lesa humanidad.

Entre los agentes encubiertos que sirvieron al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, Veiga mencionó a dos árbitros de la Liga de Mar del Plata: José Francisco Bujedo y Ángel Narciso Racedo. El primero era referí y el segundo, que ya falleció, su asistente como juez de línea. En los operativos que realizaban desde la base naval en la ciudad balnearia se invertían las jerarquías. Racedo le daba órdenes a Bujedo, que recibió una condena a ocho años de prisión como autor de los delitos de “privación ilegal de la libertad agravada por mediar violencia y amenazas y por su duración, e imposición de tormentos agravados por haber sido cometidos en perjuicio de un perseguido político, de los que resultó víctima Edgardo Rubén Gabbin”.

Otro de los casos resonantes fue el de Juan Nazareno Risso, jugador de Gimnasia y Esgrima de La Plata entre 1960 y 1964, y que en los setenta formó parte de la patota de Miguel Etchecolatz. Apresado en 2019 junto a otros tres policías, está acusado de ser parte del operativo que asesinó a Horacio “Chupete” Benavides, referente de la JUP, militante de Montoneros y compañero de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en la Facultad de Derecho de la UNLP. Hoy Risso está con prisión domiciliaria, a la espera de su juicio.

Juan de la Cruz Kairuz trabajó al servicio de la familia Blaquier en el ingenio Ledesma. En su legajo consta que cumplía horarios en la policía hasta las dos de la tarde. Luego lo dejaban ir a entrenar, y a la noche volvía a la fuerza. Fue policía hasta diciembre de 2004, año en el que se retiró. Su etapa en el equipo sostenido económicamente por los Blaquier coincidió con los años de la represión más feroz, con apagones incluidos sobre la ciudad, que eran la mejor pantalla para secuestrar personas. Kairuz estuvo en cuatro campeonatos nacionales consecutivos que Ledesma jugó en 1976, 1977, 1978 y 1979.
Entrenador de día y represor de noche, lo definió Gustavo Veiga, casi en un título para una serie de Netflix.

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