Bienvenidos a la pesadilla de Guillermo del Toro

Un vistazo a la retorcida mente del autor del terror en Hollywood

Por  DAVID FEAR

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ILUSTRACIÓN POR PAUL MANN. FOTOGRAFÍA USADA EN LA ILUSTRACIÓN: CHARLEY GALLAY/WIREIMAGE;KERRY HAYES/SEARCHLIGHT PICTURES

Guillermo del Toro tiene dos sonrisas. La primera es una sonrisa de mil voltios, con el entusiasmo de un niño, y si pasas tiempo con el director mexicano ganador del Óscar, la verás una y otra vez. Aparece cuando el dueño y chef de un restaurante de Toronto le cuenta sobre los especiales de un menú secreto, o cuando recuerda haber visto una película de 1930 por la noche en la televisión, o cuando te recomienda algún autor de terror del siglo XIX que tienes que leer. Es la sonrisa que muestra cuando da órdenes con gentileza a su equipo de posproducción, detrás de una mesa de mezclas (“Ese trueno debe subir dos decibelios a la izquierda y bajar un decibel a la derecha a los pasos”) y luego, todo en la pantalla se ve y suena exactamente cómo lo imaginó.

Pero hay una segunda sonrisa que sale en algunas ocasiones: las esquinas de su boca se curvan, pero sus labios están apretados. Es una sonrisa con una sombra, y la vemos cuando habla de los últimos cinco años de su vida, que estuvieron marcados por el amor y la muerte, algunos puntos muy altos y otros muy bajos, casi subterráneos. Del Toro estaba comenzando un nuevo capítulo de su vida, pero cuando miraba a su alrededor, veía mucha desesperación y se sentía algo devastado.

“He bromeado con que todas las películas que hago son una autobiografía”, comenta. “Pero lo digo en serio. Cuando hice La forma del agua, quería hacer una canción de amor. Quería cantarla de tal manera, que fuera una afirmación de la vida. Pero después…”. El director pone sus codos sobre la mesa y se inclina antes de continuar: “Sabes cuál es el opuesto al ‘sueño americano’, ¿verdad? Es una pesadilla, es una sensación de muerte. Así que, cuando la gente me preguntaba por mi nueva película, yo respondía que ese era el punto en el que estaba”.

Puedes decir lo que quieras sobre los perversos placeres de la nueva película de del Toro, El callejón de las almas perdidas, pero definitivamente no es una canción de amor. Es una adaptación de la novela homónima de 1946 de William Lindsay Gresham, sobre un empleado de un carnaval llamado Stanton Carlisle, quien aprende trucos de mentalista, y es una película sórdida, que prefiere caminar por la sombra. Ni siquiera un elenco de primera línea (Bradley Cooper es Stanton, Rooney Mara es su interés romántico, y Cate Blanchett, Willem Dafoe y Toni Collette también están aquí) puede evitar la sensación de pesimismo que queda. El personaje más comprensivo es el rarito del circo, quien les quita las cabezas a los pollos de una mordida, para ganarse su botella diaria de aguardiente. Con un estilo retro o no, la ecósfera de estafadores y narcisistas de El callejón de las almas perdidas hace que se sienta como una de las primeras películas en reflejar la era de Trump. También se da un respiro de los habituales thrillers sobrenaturales, fantasías exquisitas y retratos de monstruos hermosos del director, el cual alcanzó su punto máximo cuando su romance de una mujer con un hombre pez en La forma del agua de 2017, se llevó cuatro premios Óscar, incluidos el de mejor director y mejor película. Lo más parecido aquí al toque tradicional macabro de del Toro, es un feto en un frasco llamado Enoch, quien también tiene un ojo en la frente. “Si la hubiera hecho más antes en mi carrera, probablemente el bebé hubiera sido el héroe”, bromea.

No es difícil imaginar al niño de Guadalajara que aprendió inglés por su cuenta para leer revistas de películas de terror, que pidió una raíz de mandrágora para Navidad (para practicar magia negra, según les dijo a sus padres), que leyó los libros de salud de su padre y declaró que tenía todas las enfermedades conocidas por el hombre, y quien fue “criado en un catolicismo muy enfermizo”, creando historias complejas sobre el bebé en sus cuadernos. Te puedes imaginar al adolescente, traumatizado por la violencia en las calles que lo vieron crecer, buscar refugió en hacer películas en formato Super 8 sobre carnavales, o mucho después, encontrar su lugar entre los villanos ficticios cuando criminales en la vida real secuestraron a su padre en 1998 y por 72 días amenazaron con matarlo. Los circos han sido la zona de confort del director, ya sea creando su propia compañía de maquillaje y efectos especiales, Necropia, o incluyendo una réplica de tamaño real de un personaje de una película de culto (Fenómenos), en una de sus tres casas museos conocidas como Bleak House. Este es un hombre que jamás ha conocido un monstruo que no adore. Pero cuando se trata de procesar todo lo que Estados Unidos y él, personalmente, han pasado durante los últimos años, sabía que debía enfrentarse a la bestia que llevaba dentro. “Siempre digo: ‘Sí, hago películas sobre monstruos, pero los peores son los humanos’”, admite del Toro, con una sonrisa tensa.

UN NUEVO COMIENZO: Del Toro con Kim Morgan en la alfombra roja de los Óscar en 2018.
STEVE GRANITZ/WIREIMAGE

La primera vez que del Toro escuchó sobre El callejón de las almas perdidas, fue a comienzos de los 90, cuando ya había dirigido algunas cosas en México. Y su viejo colaborador Ron Perlman –quien se hizo su amigo después de que el director lo contratara para su debut de 1993, Cronos, sobre un objeto misterioso que convierte a un anticuario en un vampiro– recuerda que él se lo sugirió. “Estábamos comiendo, y siendo arrogante, dije que hacer remakes era para cobardes”, comenta entre risas. “Es perezoso hacer un remake, especialmente si la película es una obra de arte”.

“‘Dicho esto, Guillermo’, recuerdo haberle dicho, ‘hay una película que sí merece un remake y es El callejón de las almas perdidas. No solo deberían volverla a hacer, sino debe ser hecha por alguien que entienda que hay un hombre y un monstruo en el medio”.

Intrigado, el director buscó una copia de la película de 1947 y una copia de la novela de Gresham, que venía con una historia apasionante: el autor había bebido con un amigo que le contaba historias de frikis de carnavales y del tipo de profundidades en las que un alcohólico se sumiría en nombre de la adicción. La historia lo persiguió a tal punto, que escribió el libro como una especie de exorcismo. También añadió algunas obsesiones personales a la historia, incluyendo lecturas del tarot y psicoanálisis. Prohibieron el libro por un tiempo, y las siguientes ediciones fueron bastante censuradas. Eventualmente, Gresham se quitó la vida a los 53 años, en el mismo hotel de Manhattan donde trabajó en su novela.

Del Toro pensó que, tanto la película original como la historia de Gresham, eran igualmente conmovedoras y perturbadoras. (Y después de haber aprendido a leer las cartas del tarot de niño en México, el director compartía esa fascinación: “No digo que sea mágico, pero sí que hay una conexión entre las cartas y el inconsciente”). Cuando empezó a preguntar por ahí para adaptarla, de inmediato se topó con algunos obstáculos; Fox no quería hacerla, la película tenía algunos problemas con los derechos, “y tercero, nadie me conocía todavía”, afirma.

Así que siguió adelante, moldeando una carrera que convertiría a un niño obsesionado con los cómics, Frankenstein, y todo lo que sacude tu mente, en un cineasta aclamado por la crítica. Su historia de fantasmas de 2001, El espinazo del diablo, y su cuento de hadas de 2006, El laberinto del Fauno, se ambientan en la guerra civil española, estableciéndolo como alguien que sabe cómo mezclar lo espantoso, lo fantástico y el folclor de una manera única. Dirigió una película de Marvel (Blade II) mucho antes de que fuera popular hacerlo; prestó su gusto para el llamado y poco respetable Arte Pop en todo, desde romances góticos (La cumbre escarlata), hasta robots gigantes que pelean contra monstruos (Titanes del Pacífico). También añadió “productor” y “novelista” a su currículum. Pero El callejón de las almas perdidas siguió en su mente, hasta que conoció a otra persona que reconoció que sería la persona indicada para hacerlo.

Según del Toro, hacia el final de su trabajo en su “canción de amor”, La forma del agua, su matrimonio de 30 años también llegaba a su fin. El director conoció a Lorenza Newton en la universidad en Guadalajara y se casaron en 1986. Tienen dos hijas y compartieron tres décadas de historias, por lo que es extremadamente selectivo sobre lo que dice al respecto. Aquí su segunda sonrisa se hace presente. “Siento que tengo permiso para hablar sobre mí”, dice, escogiendo sus palabras con cuidado. “Pero… no creo poder hacerlo por nadie más. A veces tu propia historia involucra la historia de otras personas”.

La pareja se separó en marzo de 2017, según del Toro, y su divorcio se hizo definitivo en septiembre de ese año, tres meses antes del estreno de La forma del agua. En marzo del siguiente año, el director llevó una cita a los Óscar. “Puedo decirlo, porque tengo una buena relación con mi exesposa”, explica. “Yo era una persona muy hogareña, pero, de repente, eso cambió. La ruptura más importante fue conmigo mismo, al decir, ‘Este no soy yo’. Siempre he creído que en la vida, experimentas lo que necesitas. Quizá no lo que quieres, pero sí lo que necesitas”.

Cuando anunciaron el nombre de del Toro como el ganador del premio a mejor director, habló sobre ser un inmigrante y cómo el arte borra las fronteras. También le agradeció a “Kimmy”, la guionista veterana Kim Morgan, la cita que causó tanto revuelo en la alfombra roja. El director ya se había puesto en contacto con Morgan, varios meses atrás, por una pieza que ella escribió. “Era algo sobre Malas tierras o Barry Lyndon, nos encantan esas películas”, comenta Morgan.

Se comenzaron a escribir, y cuando del Toro supo que ella vivía en Los Ángeles, decidieron encontrarse en una librería del centro. “Comenzamos a hablar de los libros que nos gustaban”, dice el director. “Ella me preguntó que si había leído Estudios sobre literatura clásica norteamericana de D.H. Lawrence, y yo le pregunté que si había visto un libro en particular de diseño. Tuvimos una intersección en la literatura bastante oscura”. Y estaban impresionados de que el otro no solo conociera El callejón de las almas perdidas, la película y el libro, sino que a ambos les encantara con locura.

JÓVENES Y REBELDES: Del Toro dirige El callejón de las almas perdidas con un tapabocas (desde la izquierda): Perlman, Cooper, Collette, Mara, y Mark Povinelli.
KERRY HAYES/SEARCHLIGHT PICTURES

Para diciembre de 2017, la pareja había comenzado una relación y también habían jugado con la idea de trabajar juntos. Morgan le preguntó por El callejón de las almas perdidas, y gracias a que del Toro ahora tenía influencia en Fox, de repente parecía posible. La película también le ayudó a canalizar lo que estaba sucediendo en un país al que por tanto tiempo había llamado “hogar”, y en el que un presidente abiertamente racista llamaba a los mexicanos “violadores” y avivaba las llamas del odio.

“Siendo mexicano, me sentía particularmente vulnerable”, comenta del Toro. “Me levantaba todos los días pensando en qué noticia iba a ver, si estábamos en guerra. Gran parte de esos cuatro años, me sentí debajo de una nube negra. Hay una frase en la película que terminamos quitando, pero que dice: ‘Sé que hay un bien y sé que hay un mal, pero veo mucho de uno y nada del otro’. Así me sentía”.

La pareja ya había comenzado a trabajar en un borrador cuando fueron a los Óscar; del Toro fue reconocido por la Academia, hizo público su nuevo romance y encontró un nuevo proyecto que podía usar para canalizar su desesperación. Pero, poco después de la ceremonia, su padre murió.

El cineasta ha hablado del papel tan importante que jugó su papá en su vida, de cómo heredó su hipocondría cuando era niño, y de cómo, en los largos viajes médicos de su padre a Houston, lo llevaba consigo para que le tradujera y lo recompensaba con “100 dólares” en cómics. También ha hablado de cómo tuvo que pagarles a los secuestradores, para salvar la vida de su padre; Guillermo estuvo con él cuando murió, y admite que fue un momento que le cambió la vida.

“Porque es muy diferente pensar en la muerte de tu padre que vivirla”, explica. “Cuando te quedas sin papá, te pones a pensar en qué significa para ti ser un padre, un hijo, un hombre. Y luego me pregunté, ¿cómo puedo expresar una perdida a través de lo que hago? Y es la misma pregunta que me he hecho desde Hellboy, ¿qué hace al hombre ser hombre? ¿Su nacimiento o su muerte? Eso fue algo que también nos costó en El callejón”. Y añade: “Pero la urgencia de una respuesta creció cuando mi padre murió”, admite. “Y la respuesta es que no hay una respuesta”.

Sin embargo, en vez de convertirse en nihilista, del Toro sintió esperanza. Tu tiempo aquí es tu tiempo aquí, punto. Puedes controlar cómo tratas a otras personas y lo que le entregas al mundo. Y esa es parte de la razón por la cual el director decidió ser más social; dice que ahora sale más con otros directores y disfruta de hablar con ellos por horas sobre su trabajo, algo que nunca había hecho con frecuencia. Es por eso que, después de años de entregarse a su trabajo, porque “no me va bien cuando descanso”, está tratando de disfrutar un poco más de las cosas que no tienen relación a su labor. “Ahora estoy fascinado con la vida de una manera en la que jamás había estado”. Morgan y del Toro se casaron en mayo de 2021.

También es parte del por qué decidió intentar cambiar su estilo de hacer películas en El callejón y del por qué ahora su mantra, para lo que pudo haber sido un éxito en números como Pulp Fiction, es: “‘Quiero hacer lo que no hago’. Quería cambiar mis instintos como cineasta. ¿Puedo mover la cámara sin ser invasivo? ¿O no mostrar una belleza que parezca conscientemente ‘hermosa’, y mostrar una oscuridad y una suciedad sin exagerar?”.

O hacer una película que sondee en las profundidades como lo hace El callejón de las almas perdidas, que canaliza una sensación de cinismo sin ceder por completo. “No es una película cínica”, me corrige. “Es oscura, es un poco sombría… Pero no es una película que es cruel solo por serlo, y no creo que la novela lo sea tampoco. Tienes que desapegarte para ser cínico, y yo quería algo más similar a un romanticismo roto”. Luego del Toro muestra su primera sonrisa, la que irradia júbilo y una profunda felicidad, y sientes que lo que sea que estuviera roto cuando estaba haciendo esta película, se arregló en el camino.