Benedetta

La escandalosa historia real de una monja del siglo XVII, es llevada al cine por Paul Verhoeven, en una película plagada de sexo, violencia y sacrilegio

Paul Verhoeven 

/ Virginie Efira, Charlotte Rampling, Daphne Patakia, Lambert Wilson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

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Cortesía de Babilla Ciné

El nunsploitation fue un tipo de películas que tuvo su auge en los años setenta, especialmente en México, Italia y Japón, y que deriva de las cintas sobre la vida de las mujeres en prisión. Pese a que en estas películas protagonizadas por monjas perversas, a menudo se aparentaba un aire intelectual y se hacía una crítica mordaz a la represión y a la doble moral de la iglesia católica, su principal atractivo estaba más bien relacionado con el sexo lésbico y la violencia representada en la tortura.

Dentro de este subgénero del cine de explotación, se encuentran títulos como Los demonios de Ken Russell (basada en el libro de Aldous Huxley), Los demonios de la monja de Monza de Domenico Paolella (basada en La abadesa de Castro de Stendhal), Alucarda la hija de las tinieblas de Juan López Moctezuma o El secreto de la monja de Hiroshi Mukai, por mencionar algunas. 

El holandés Paul Verhoeven siempre se ha balanceado entre la sátira a los valores sociales y las estructuras de poder, y la explotación descarada y exagerada del sexo y la violencia, escudado en un cine inteligente y audaz. A comienzos de los años setenta, escandalizó a su público con cintas como Delicias turcas y Katie Tippel, obras que giran en torno a la sexualidad femenina, pero que se acercan peligrosamente al porno de época y de alto presupuesto que se hacía en Europa por esa misma década (como las infames adaptaciones de las correrías eróticas de Josephine Mutzenbacher, basadas en la obra de 1906 de autor anónimo).  

Verhoeven ha demostrado ser mucho más efectivo cuando su sátira se enfoca en los horrores de la guerra y en el ejercicio sistemático de la violencia, como bien se puede ver en sus mejores obras Soldado naranja, Conquista sangrienta, Robocop, El vengador del futuro, Starship Troopers o El libro negro. Pero cuando su atención se centra en el sexo, el resultado casi siempre termina siendo una película políticamente incorrecta, que atrae al público más por el fenómeno camp que por sus reflexiones (Bajos instintos y Showgirls son prueba de ello).

A esas dos últimas cintas hay que sumar a Benedetta, la adaptación de la novela de 1986 Actos impúdicos: La vida de una monja lesbiana en la Italia del renacimiento de Judith C. Brown, basada en hechos reales. Sin lugar a dudas, esta película pertenece al género del nunsploitation como Monjas desnudas y armadas o el malogrado spin-off de la saga de El conjuro, porque posee todos los elementos del subgénero: sexo lésbico, torturas y mucha represión y perversión. 

El guion coescrito por David Birke (autor de la inquietante Elle de Verhoeven), parte de la novela de Brown y de unos manuscritos encontrados en una biblioteca de Roma, donde se transcribe el juicio contra Bartolomea, una novicia acusada de mantener relaciones sexuales con Sor Benedetta. De acuerdo con Verhoeven, los diálogos que se mantienen entre estas dos mujeres interpretadas por las actrices Daphne Patakia (Winona) y Virginie Efira (Sibyl), respectivamente, son prácticamente los mismos que se encuentran en las transcripciones. 

Benedetta Carlini es una monja de la orden de las Teatinas procedente de Tescia, en la Toscana, quien desde pequeña tiene visiones de Jesús y de la Virgen, así como apariciones de estigmas en sus manos.  Lo que bien podría tomarse como señales de santidad, se ven contaminadas por la intensa carga erótica de sus experiencias y por las pulsiones lésbicas y sádicas que siente hacia Bartolomea, una joven que ingresa al convento huyendo de una vida de abusos sexuales y golpes por parte de su padre y hermanos. 

La abadesa del convento de La Madre de Dios (quien más sino Charlotte Rampling), es la primera persona en desconfiar de la santidad de Benedetta y lleva sus dudas a oídos del Nuncio (Lambert Wilson), un hombre hipócrita y corrupto empecinado en descubrir la verdad por cualquier medio que sea necesario (lo que incluye subyugación y tortura).

Verhoeven vuelve a recurrir a las imágenes escandalosas de Cristo (como las de El cuarto hombre) y a las mujeres bellas pero manipuladoras, que utilizan el sexo como un arma (como las protagonistas de Conquista sangrienta, Bajos Instintos y El libro negro). Pero es indudable que esta es la obra de un sátiro perverso (por no decir pervertido), que a sus ochenta y tres años todavía busca incomodar y escandalizar a un público conservador, esta vez con un consolador fabricado a partir de la figura de la Virgen María, un Jesús aguerrido y violento, muchos senos al aire y un ambiente de pestilencia, enfermedad y falso puritanismo, que nos recuerda mucho a la época actual. ¡Que Dios nos proteja!