Bad Religion en Buenos Aires: velocidad y melodía para gente que sabe que algo anda mal

La banda hardcore californiana volvió a Buenos Aires con un show caliente y vertiginoso en el microestadio de Ferro

Por  DANIEL FLORES

noviembre 29, 2023

Bad Religion en Buenos Aires, noviembre 2023

Javier Santillán / @javiersantillanfotografo

En una misma semana (si nos apoyamos en la versión del calendario que pone el domingo como primer día desde la izquierda), coincidieron en Buenos Aires múltiples leyendas del hardcore norteamericano: Keith Morris, de Circle Jerks y Black Flag (en el Primavera Sound), ahora al frente de Off!; y Bad Religion (el martes, en el estadio cubierto de Ferro), que además incluye en sus filas al guitarrista Brian Baker, fundador de Minor Threat. Música vertiginosa, y tan inmediata que lo último que nadie, ni sus propios impulsores, hubiera pensado a principios de los 80 es que cuarenta años más tarde seguiría sonando en vivo con semejante intensidad y convocatoria.

Greg Graffin, voz de Bad Religion Foto: Javier Santillán / @javiersantillanfotografo

Aunque historias así se dan en cualquier escena rockera, no deja de ser alucinante atestiguar el tremendo viaje en el tiempo de un grupo como Bad Religion, desde el primer show de los entonces adolescentes compañeros de secundaria, en 1980, hasta esta noche calurosa ante cerca de 3.000 personas en Caballito. Hay un larguísimo y sinuoso camino desde aquella tarde en que el guitarrista Brett Gurewitz bocetó sobre un trozo de papel la cruz “prohibida”, cual señal de tránsito, hasta veladas como la del martes, en las que Bad Religion toca frente a una buena cantidad de chicos que llevan ese emblema tatuado en la piel (y eso no es una metáfora).

Brian Baker, de Bad Religion Foto: Javier Santillán / @javiersantillanfotografo

Supongamos que alguno de estos chicos nunca vio antes una foto de Bad Religion. Improbable. Pero, en tal caso, se sorprendería al descubrir el aspecto más bien anodino de estos músicos para los estándares estilísticos del punk rock. Greg Graffin, voz cantante y fundador, se parece más al académico en biología que efectivamente es cuando no es un Bad Religion. Y tres de los cinco músicos usan anteojos, lo cual es un auténtico récord, aunque no tan novedoso: en un ambiente donde la norma era el look amenazante, desde las botas hasta las tachas, el cuero y las cadenas, Brian Baker fue un pionero (junto con Milo Aukerman, de los Descendents) en volver aceptable la combinación de hardcore y anteojos, en aquellos “salad days” como bajista de Minor Threat. El mensaje era claro: la rebeldía no pasaba por el vestuario.

Bad Religion también abona a esa línea de pensamiento y acción, hasta hoy. Y su show, a pesar de tremenda carrera ascendente, se sigue basando puramente en las canciones, sin parafernalia, pirotecnia ni pulseritas lumínicas. El concierto en el desbordado microestadio de Ferro es, en esencia, muy similar a lo que podría ocurrir en un pequeño club, pero multiplicado por varios cientos: una bacanal hardcore sin un solo tema que le afloje a los BPM ni casi un instante libre de pogo, con canciones fuertemente melódicas, armonías vocales y sin más escenografía que un enorme logo de la banda y cientos de cuerpos que se agitan, transpiran y fluyen como impulsados por el generador-Bad Religion. Es decir, algo muy parecido al debut de Bad Religion en Argentina, nada menos que treinta años atrás, en el estadio Obras. Y si muchos de los presentes más veteranos recuerdan (recordamos) las dificultades de sonido en aquella fecha compartida con los nóveles Biohazard, se puede decir que este Ferro funcionó como una pequeña venganza-aniversario.

Foto: Javier Santillán / @javiersantillanfotografo

Con casi veinte álbumes, los californianos tienen repertorio para tres shows como este, sin repetir temas. Por supuesto, hits alternativos como “I Want to Conquer the World”, “21th Century Digital Boy”, “No Control” o “Recipe for Hate” no pueden faltar. Pero, tocando a semejante velocidad, hay tiempo para todo, incluso “cortes profundos” como “Delirium of Disorder” y “Requiem for Dissent”.

Son 26 canciones en aproximadamente hora y media, que pasa volando (como vuela parte del público sobre las cabezas del resto). Y la recta final, ya en los bises, es una especie de knock out con “Generator” (con arranque en clave balada, que no dura mucho) y “American Jesus”. Graffin abandona el escenario y el cuarteto instrumental arremete con parte de “The Boys Are Back in Town”, de… ¡Thin Lizzy! Única y sorpresiva versión en una noche caliente y acelerada, a la medida de gente que encontró en la velocidad del hardcore el refugio posible para sobrellevar las insoportables lentitudes de esta vida. O, como dice Bad Religion en “Punk Rock Song”, “la gente que se da cuenta de que algo anda mal”. Y quiere que cambie lo más rápido posible.