Ariel Minimal y Pez se suben a la máquina del tiempo punk

El cantante y guitarrista habla del vigésimo disco de su trío mientras prepara el regreso (solo por un show) de su banda de la adolescencia y se suma a la vuelta de Los Casanovas, entre otros proyectos

Por  DANIEL FLORES

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“Cuando hacemos las cosas, no pensamos en quién las va a entender”, dice Minimal.

Ignacio Sánchez

El flyer de la próxima fecha de Pez en Buenos Aries usa la tipografía anaranjada y amarilla de Volver al futuro. Como si la banda, con 28 años y 20 discos encima, se estuviera por meter en un DeLorean cargado de equipos para regresar (el jueves 28 de abril) a La Trastienda, el escenario de San Telmo al que no se sube desde hace doce años. Qué suerte que sea solo un trío.

Es una cita cinematográfica con más contenido del que se podría sospechar a primera vista. Porque este show encuentra a Pez y, en particular, a su tercio fundador, guitarrista y voz cantante, Ariel Sanzo, alias Minimal, en una etapa signada por flashbacks y flashforwards. Acariciar el fuego, su notable último disco (¡el vigésimo!), incluye “Viajando lejos para no volver”, una canción compuesta por Ariel alrededor de… 1987. Un tema prehistórico en la cronología de Pez: pertenece al ignoto repertorio de Descontrol, la banda punk de corta vida con la que el músico aprendía a tocar en aquellas noches agitadas de los ochenta y que se definía como “anarcopacifista”, para diferenciarse de pares como Todos Tus Muertos, Sentimiento Incontrolable y Conmoción Cerebral. El grupo que Sanzo formó con tres amigos (incluyendo a los hermanos Barbieri, con los que luego arrancaría Pez) de las calles de Flores y Lugano, en 1985. Exacto: el año del estreno de la película de Robert Zemeckis con Michael Fox.

Ojo con pez: Sanzo, con Franco Salvadori y Fósforo García, en el primer Obras del trío, diciembre de 2021. Foto: Bárbara Raiker.


Lo curioso es que “Viajando lejos” suena a Pez clásico. No es el esperable hardcore de dos acordes, sino Descontrol versionando, sin saberlo, a un trío que recién existiría una década más tarde. Una especie de blues eléctrico y pesado, proto-grunge, en línea con una de las diversas vetas musicales por las que Pez (que desde 1996 se completa con el baterista Franco Salvadori y el bajista Gustavo Fósforo García) nadó siempre con presteza. Paradójicamente, esta canción lenta reemerge desde el pasado justo en el disco más veloz y punk-rocker de Pez a la fecha; corto y al punto, enérgico y melódico, distante de esas otras etapas de largas travesías instrumentales por la densa corriente del prog-rock.

Ariel no cree en máquinas del tiempo. “No sé cómo me reencontré con esa canción. En pandemia hice streamings hasta el hartazgo, tocaba a cualquier hora, a las 4 a.m., para seis que me estaban mirando. Tres horas. Toqué de todo y ahí debo haber rescatado esa de Descontrol”, admite un mediodía en la pizzería de Garay y Boedo, a metros de su casa, donde los mozos lo conocen y saludan.
En una ciudad que se jacta de su floreciente oferta gastronómica, esta esquina sirve la pizza de jamón y morrón más o menos igual desde aquellos tiempos en que Ariel, con 16 años, adrenalínico y aturdido, volvía al barrio después de transpirar en Cemento. Retoma lo que venía contando: “Pero sí que esa canción vieja suena a Pez. Porque para mí Pez es claramente una continuación ideológica de Descontrol. Después de mi banda punk, tuve otros proyectos, hice un montón de cosas, pero con Pez volví a las letras de Descontrol, a escribir desde ese jovencito anarcopacifista. Fijate que el eslogan de Pez, ‘Paz, amor, libertad y respeto’, viene de una letra de Descontrol. Y, además, no éramos una típica banda punk-rock ochentera. Estábamos en una escena con todos pibes empastillados y yo cantaba contra la adicción y me tiraban de todo. La banda era rara. Es que en los 90 se empezó a estandarizar el sonido, con un montón de bandas ramoneras. Pero en los 80, todos éramos muy diferentes. Yo compartía escenario con Attaque 77, con Secuestro, con Sentimiento Incontrolable, Corrosivos, TTM; y todos éramos muy distintos”.

Este es el punto de la historia en el que conviene establecer algunas certezas para no extraviarse entre tanto salto temporal. Sobre todo, para quienes lean ahora su primera entrevista con Minimal. Otros, en cambio, ya sabrán que Ariel cantó en Descontrol de 1985 a 1988. Que después entró en modo retro y formó la banda mod sesentera Los Minimals, que duró aún menos (¡pero qué trajes!), dejando algunos temas hoy ubicables en la red. Entonces volvió abruptamente al presente y se zambulló, sin reservas, en los 90 al frente de Martes Menta, un quinteto pop con los colores y las bases de lo que en un sentido holgado podía decodificarse como “sonido Mánchester” y “alternativo”. Disco debut, buena difusión, mucho trabajo, despedida precoz. Y entonces, sí, ahí por 1993 apareció Pez, banda que persiste hasta hoy, para “abrevar de todas las fuentes del rock and roll y no estar a la moda de nada, simplemente ser”, en palabras de su mentor.

Revival mod: Ariel, hamacándose con estilo, al frente de Los Minimals, a fines de los 80.


En el medio, fue parte de Los Fabulosos Cadillacs (gravitante en los discos de quiebre Fabulosos Calavera y La marcha del golazo solitario); compartió un trío cancionero junto con Manza Esain (Menos Que Cero, Valle de Muñecas) y Flopa Lestani; tocó y toca con Litto Nebbia; integró El Siempreterno (con Mimi Maura y Sergio Rotman) y militó en un largo listado de proyectos, incluida la actual banda hard-rockera junto a Antonio Birabent (Las Lenguas Muertas) y varios discos y streamings pandémicos de madrugada en solitario.
“En las bandas, siempre me peleo yo con alguno de mis amigos y me voy para otro lado antes de que se complique lo personal. Preservo la amistad, de algún modo, y me sigo hablando con mis ex compañeros”, dice Ariel, que en una letra de Acariciar… se autopercibe “medio tano, leche hervida, pero no soy un robot”.
Esa relación cordial con los ex propició el regreso menos esperable. El sello Pinhead Records –que recuperó el segundo disco de Los Violadores– le propuso plasmar por primera vez en vinilo las obras completas de Descontrol. “Es algo totalmente impensado para nosotros. Hay casetes con dos demos y un disco que nunca salió. Vamos a ver cómo masterizamos todo para que suene bien. Estamos buscando fotos y flyers de esa época”.


-Teniendo tu propio sello, Azione Artigianale, con el que editaste siempre los discos de Pez, ¿nunca pensaste en sacar vos mismo ese material?
No, para nada. Porque para nosotros es un laburo y una lucha vender lo que hacemos. Nunca se vendió fácil nada. Y esto es un proyecto de hace 36 años. Cuando tengo una guita estoy pensando siempre en un disco nuevo. Con Pez sí reeditamos los títulos viejos porque es algo que sigue vigente, y ahora vamos a reeditar lo de Flopa Manza Minimal, pero porque lo financia una disquería; si no, no lo hubiéramos hecho.
El rescate vinílico tendrá una derivación más insólita aún. El sábado 21 de mayo, 34 años después de su último show, la formación original de Descontrol –Ariel, en voz, los Barbieri en bajo y batería, y Daniel Conesa, en guitarra–, se reunirá para una única presentación en el bar Strummer, de Palermo. A pesar del axioma punk, al final sí había un futuro aguardando en el siglo XXI. “Voy a cantar canciones que canté cuando tenía 15, 16 años. Algunas me dan vergüenza y otras digo ‘no, estoy completamente ahí’. No sé si alguien recuerda esa época. Pero es cierto que estamos en un momento revisionista”.
El reencuentro de Sanzo con el punk no es un fenómeno del último disco de Pez. La tapa del anterior, Kung Fu, es una cita directa a la famosa portada de Minor Threat (fundadores, muy a su pesar, de la escena straight edge, desde Washington D.C.), clásica estampita hardcore con un skin sensible al que Pez le cambió los borcegos por ojotas y le agregó la paleta de colores del primero de los Clash.
Kung Fu y Acariciar el fuego son bastante similares entre sí, algo no tan frecuente entre eslabones consecutivos de la zigzagueante discografía Pez. “Son como discos medio new wave y creo que uno es la continuación del otro –opina Ariel, entre bocados de pizza–. Lo que pasa es que eso es lo que estuve escuchando todos estos años: new wave y punk-rock. Ahora me pregunto, para honrar la historia de Pez, si en el próximo disco tendría que salir para otro lado. Pero tampoco me lo impongo”.
En Acariciar el fuego, más que referencias sutiles hay una explícita confesión de parte. Una de las canciones más melódicamente gratificantes ya no solo tiene aires de bandas norteamericanas de los 80, como All y Dag Nasty, sino que directamente lleva por título el nombre y apellido de su cantante: Dave Smalley. El onceavo track es una de esas canciones bautizadas como otro artista. Jonathan Richman lo hizo con “Velvet Underground”; los Replacements, con “Alex Chilton”. Y Leo García con “Morrissey”. Los escoceses de Camera Obscura le respondieron al “Are You Ready to Be Heartbroken”, de Lloyd Cole, con “Lloyd, I’m Ready to Be Heartbroken”. Pero mejor parar acá y simplemente recordar que los propios Pez le rindieron tributo a Rubén con el instrumental “Rada” (Convivencia sagrada, 2001) y Ariel Minimal, como solista, escribió su “Canción para el día que se muera Elton John” (Un hombre solo no puede hacer nada, 2004).
Todos ejemplos bastante evidentes. No así “Dave Smalley”, un inesperado saludo de parte de un músico argentino a otro norteamericano solo familiar en Sudamérica para un nicho minúsculo, pero titular de un impresionante CV hardcore-punk al frente de no una sino cuatro bandas indispensables, en locaciones insólitamente variadas: DYS (campeones de la escena de Boston), Dag Nasty (coinventores del HC-emo en Washington D.C.), All y Down By Law (definitivas para el sonido californiano más “noventoso”, digamos al estilo del sello Epitaph).
Escribe Ariel, en lo que pinta a carta de agradecimiento: “Cuando parece que no va a alcanzar/ con lo que hay/ para poder expresar/ todo aquello que llevamos dentro/ Cuando parece que se va a romper/ pero a la vez/ no deja de endulzar/ cada pequeño momento/ El sentimiento en esa voz/ empuja su razón/ ¡Dave Smalley!”.
¿Se enteró de esto Dave Smalley?
No lo sé. No tiene redes sociales. Pero se lo intenté mandar a través de unos músicos españoles que tocan con él y hasta ahora no tuve feedback.
-¿En qué momento te enganchaste con su música?
A Dag Nasty lo escuchaba más de pendejo. A mediados de los 80 escuchaba mucho punk-rock, todo bien. Pero después me fui para atrás, quise conocer toda la música que no había conocido de los 60 y 70. Entonces me perdí el hardcore de los 90, no le di bola. Recién mucho después me reencontré con el género, a través de bandas como Down By Law. El anteúltimo de DBL lo escuché mucho estos últimos años. Y All, para mí, es una banda descomunal. Me la mostró en un micro, yendo a tocar a un festival en Córdoba, uno de los dos cantantes de Los Brujos, Alejandro Alaci. Me pasó los auriculares y me dijo: “¡Escuchá a estos tipos, que antes eran los Descendents y ahora se llaman All!”. Es una de las bandas más completas, que cambió muchas veces de frontman, pero nunca buscó que ninguno se pareciera al anterior. Creo que tiene una discografía mucho más rica que la de Descendents. Es punk-rock, pero, por ejemplo, puede tener un instrumental como “Birds” que, para mí, es un homenaje a la Mahavishnu Orchestra.

Minimal: 28 años y 20 discos al frente de Pez. Foto: Ignacio Sánchez


En ese sentido, All te habla a vos, punk- rock, pero con un cuidado por la canción y…
[Interrumpe] ¡Hay un montón de músicos a los que les gusta el punk y King Crimson y Grateful Dead!
Pero, con referencias tan dispares como Litto Nebbia y Dave Smalley, ¿a veces no dudás de que exista el oyente de Pez que valore tanto una cosa como la otra? ¿No te preguntás, por momentos, “¿alguien agarrará esto”?

La verdad es que no. Sé que hay otros frikis que escuchan un montón de música. No por jugarla de que no nos importe nada, pero nunca hay especulación. Simplemente porque es inconducente. Vivo haciendo guiños porque me gusta la cultura rock. Esa tapa de Kung Fu, que es como la de Minor Threat… Hay gente que me pregunta por qué pusimos ahí a Luca Prodan. Otros se dan cuenta de que es Minor, pero creen que la plagiamos. Sí, claro, quisimos currarle la tapa a Minor Threat… Cuando hacemos las cosas no pensamos en quién las va a entender. La verdad es que soy fanático de la historia del rock y de la data; es un juego.
-Por otro lado, no captar la cita tampoco impide disfrutar de la canción.
Mil veces me pasó que un artista me remita a otro porque lo veo usando una remera de otra banda, porque cita una influencia en una nota, porque lo nombra en una canción, por lo que sea [Dice Minimal, que luce una remera heavy negra de Sauron, una de las bandas del fallecido Pato Larralde, y un tatuaje de Misfits en el antebrazo derecho].
Como buena obra cosecha 2021, Acariciar no oculta el trauma de la pandemia. El test le da positivo más ostensiblemente en temas como “Cuarentena blues” y menos en otros como “Hasta que no lo perdés no lo extrañás” y “Colección de pesadillas”. “Al principio dije ‘no quiero hacer el diario de todo esto’. Pero tampoco podía obviarlo, hablar de pajaritos cuando estábamos encerrados en casa –confiesa Ariel–. El disco fue compuesto en esos primeros tres, cuatro meses, que fue un montón de tiempo, cuando para comprar algo en la farmacia había que llamar a un motoquero. Nos la repusieron con eso, fue cualquiera. Ahora tenemos tres dosis de vacuna encima y nos seguimos contagiando. A la vez, tengo amigos que murieron. Han dicho que fue por Covid. Yo médico no soy. Pero fue muy raro, un momento de la historia cuando en Chile y en Francia, por ejemplo, estaba todo el mundo protestando en la calle, y metieron a todos adentro sin tirar un solo tiro. Ya no sabés qué es mentira y qué es verdad, no hay forma de saberlo. Pero sí es muy raro lo de la vacuna. ‘Rápido, rápido, otra dosis’. Yo me metí tres. Tengo dos hijos, de 15 y 6 años, y no sé si tengo muchas ganas de darles la tercera o no sé qué. Sinceramente no lo sé, nunca lo supe. Con las vacunas, de chiquitos, siempre confiamos. Pero estamos en un mundo sobresaturado de info y no se sabe a quién creerle. Más cuando te aprietan con que después vas a tener que moverte con el pase sanitario. ¿Qué onda, cómo termina de ser esto? Se pueden leer millones de teorías conspiranoicas, de que nos están metiendo no sé qué cosas de 5G, lo que quieras. Es tan válido como el relato oficial, todo tiene el mismo nivel de credibilidad para mí”.
-¿Y en lo específicamente musical, qué secuelas quedan?
La pandemia nos cambió a todos, ¿a quién no? Solo al que laburaba en Mercado Libre no le cambió nada. Cambió todo. Y no termina todavía, los alcances insospechados de lo que pasó aún no los estamos percibiendo. En un momento se empezó a hablar de la nueva normalidad, de que lo que conocías ya no iba a volver, que te ibas a tener que acostumbrar a algo nuevo. ¡¿Cómo?! Lo que vemos está formateado, la realidad es la realidad editada, hay que ver cómo la decodifica cada uno. Hay que ver si podés trabajar, cuánto te podés mover.

Durante la mayor parte de 2020 y 2021, Pez permaneció fuera del agua, inmóvil, confinado, sin tocar, como buena parte de la población y casi todos los músicos del planeta. Mal de muchos, hasta ahí. Pero ya en 2018 la banda había entrado en pausa a raíz de un testimonio anónimo en primera persona publicado en un blog. El testimonio denunciaba una situación de abuso sexual por parte de uno de los músicos del trío después de un concierto en la Patagonia. “Nunca hubo una denuncia policial. No podría haberla porque lo que se decía no sucedió –dice Ariel–. Que fue lo que dijimos en la prensa. Con una salvedad, de la que me voy a hacer cargo ahora: fui un progre pelotudo que no pudo decir literalmente que eso no era cierto. Entonces lo dije de otro modo y fue interpretado mal. Pero cualquier cosa que dijéramos iba a generar un revuelo. Porque estamos en una época donde ya no importa la verdad. Una amiga me decía: ‘Lo importante es tomar una postura, no la verdad’. ¿Cómo que no importa la verdad? Paremos la moto, pará: ¿cómo que no importa la verdad? Hace tres años no me hacían esta nota en Rolling Stone. Lo mismo con algunos boliches. Ignorancia, miedo y ramificación por redes sociales. Cancelar, ocultar, listas negras”.

Descontrol: Minimal, sin guitarra, al micrófono de su primera banda punk.


Kung Fu, grabado inmediatamente después, está cargado de referencias a aquella situación para quien las quiera escuchar, incluyendo “Los amigos del campeón”, un track que no deja dudas acerca de cómo se sintió el trío también respecto de un círculo más cercano. “A fuerza de confrontar, de decir ‘mirá lo que estás haciendo’, todo eso se fue revirtiendo –aclara Minimal–. Tuve que jugar el juego del mainstream, algo que nunca había querido. Fue un laburo muy ingrato, difícil anímicamente. Todavía debe haber gente que no puede escuchar el nuevo disco de Pez por tener el velo de lo que no pasó. Y yo tengo que hacer un esfuerzo para no quedarme en ese Boca-River, para no quedarme ahí, puteando”.

En el disco de Pez Pelea el horror, de 2017, la canción “1986” dice: “La rutina empieza con mañanas de colegio de Maristas, luego tardes de casetes. Es 1986, estoy solo y no sé bien qué hacer. No me gusta ir a bailar y no me interesa estudiar. Solo quiero ir a ese antro una vez más a tocar. Rebotando en Buenos Aires, curtiendo la ciudad. Yendo a Cemento o al Parakultural”.
No ficción. En 1986, Ariel tenía 16 años, era cantante de Descontrol y público de bandas como Los Fabulosos Cadillacs, Los Casanovas y La Sobrecarga. Diez años después, mediados de los 90, llegaría a incorporarse a la banda de Vicentico en su período más creativo y experimental. Ahora, Minimal es parte del inesperado operativo retorno de Los Casanovas, que se concretaría en las próximas semanas, en escenario a confirmar.
“Estamos ensayando el primer disco completo y canciones nuevas. ¡Es un escándalo cómo suena! Además de Flavio [cantante y guitarrista], va a estar también el otro violero original, Sid Casanova, que es pastor y vive en Santa Fe”, se entusiasma, incluso más como fan que como artista, ante la perspectiva de escuchar en vivo a una leyenda urbana del rockabilly (y del rock, en general) argentino.
“La música que escuchás a los 15 años es la que te marca a fuego y te va a acompañar el resto de tu vida. La primera vez que escuché la palabra under fue por Cadillacs, Casanovas y Sobrecarga –sonríe Minimal frente a la pizzera de aluminio y el porrón ya vacíos hace rato, varias respuestas atrás–. Esas bandas eran la renovación del rock argentino en esa época. Bueno, ahora solo me falta tocar con Sobrecarga…”.