Trueno en la tapa de ROLLING STONE: “Muchas noches me duermo soñando con La Bombonera llena y la gente cantando mis canciones”

A los 22 años, el rapero nacido y criado en el barrio de La Boca ya fue campeón nacional de freestyle y colaboró con Cypress Hill. Ahora lanza ‘El último baile’, su tercer disco, que celebra el pasado, el presente y el futuro del hip-hop desde una perspectiva latinoamericana

Fotografía: Fernando Gutierrez

junio 3, 2024

Hace 50 años, en el West Bronx, hubo una fiesta. Esa noche de agosto de 1973, en la celebración del cumpleaños de su hermana en un salón alquilado dentro de un complejo de departamentos, DJ Kool Herc, un adolescente jamaiquino radicado en Nueva York, enfocó su set en los breaks de las canciones de James Brown y otros héroes del funk y el soul. La pista explotó y ese fue el Big Bang de un movimiento que se expandiría por todo el mundo. Había nacido el hip-hop.


Cinco décadas después, Mateo Palacios Corazzina, el artista conocido como Trueno, nacido y criado en el barrio porteño de La Boca, unos 8.500 kilómetros al sur de la Gran Manzana, decidió celebrar el aniversario con un disco que rindiera homenaje a ese movimiento artístico que, por herencia paterna, forma parte de su ADN. “En los últimos cinco o seis años de mi vida, me encontré con este camino musical y con esta aventura interna, donde siento que tengo muchísimas influencias para mi vida. Y me toca agradecerles, porque todavía me van formando, me van haciendo ser quien soy y me van haciendo encontrar nuevos caminos”, explica el artista de 22 años.

Es un lunes por la tarde y Trueno se prepara para la producción de fotos con ROLLING STONE en un estudio de fotografía en la triple frontera entre San Telmo, Puerto Madero y La Boca. Es un departamento antiguo, que ostenta una impactante colección de vinilos. La gema que gira ahora es 3 Feet High and Rising (1989), el clásico de De La Soul, mientras Trueno espera su almuerzo: un cuarto de pollo con puré. Faltan apenas dos semanas para el lanzamiento de su nuevo álbum, El último baile [que salió el 23 del mes pasado]. Se trata del tercer opus de una discografía sólida, corolario de una ascendente carrera que incluye récords de visualizaciones en YouTube (en un feat. con Bizarrap), actuaciones consagratorias en las competencias más importantes de freestyle a nivel local y colaboraciones con Cypress Hill y Damon Albarn.

Trueno con Damon Albarn en el show de Gorillaz en el Quilmes Rock 2022. Foto: Agustín Dusserre

El último baile está lleno de guiños: la hipertextualidad aplicada a la pista de baile. “Tranky Fanky” es un tema emblemático para entender el concepto del álbum. “Tranqui, funky, whoopty wop, me siento ODB smoking Brooklyn Zoo”, lanza el rapero. En esas líneas hay dos contraseñas: una a la canción “Whoopty Wop” de T-Nutty, de 2011; la otra a “Brooklyn Zone”, de Ol’ Dirty Bastard, integrante de Wu-Tang Clan. La letra de ese tema también hace referencia a “Shook Ones (pt. II)”, una canción de Mobb Deep construida a partir de samples de artistas de jazz (“Jessica” de Herbie Hancock; “Kitty with the Bent Frame” de Quincy Jones). Y las baterías están tomadas de “Dirty Feet” de la Daly-Wilson Big Band, agrupación australiana de los años 60. Una avalancha de datos, encapsulada en una única canción.

“Es hermoso, amigo”, dice Trueno cuando escucha la cantidad de referencias contenidas en el tema que dura apenas dos minutos y 38 segundos. “La música, al fin y al cabo, es historia. Esto es algo que está hecho gracias a alguien que hizo otra cosa que ya estaba hecha, que a su vez hizo otra cosa que ya estaba hecha. Quizás hay artistas que dejaron este mundo, o que su carrera está terminada, y sin embargo vuelven a los oídos de la gente a base de un sample. Con ‘Shook Ones’, el tema de Mobb Deep, empieza la película 8 Mile, de Eminem. Mucha gente de mi edad conoció a Mobb Deep gracias a eso. Entonces, son referencias que te van dejando una información de otro que estaba antes. Y eso es, para mí, el enriquecimiento de la cultura”.

Trueno craneó este disco después de viajar a Nueva York y familiarizarse con las calles del Bronx, Brooklyn, Queens, Manhattan y Staten Island. “Para mí, es como haber estado en Disneylandia, porque es mi mundo. Ahí es donde se creó todo”, explica. El plan era lanzarlo el año pasado, para que coincidiera con el aniversario exacto del nacimiento del hip-hop. Pero el proceso, por cuestiones vinculadas a la grabación pero también a asuntos personales y un conflicto económico con parte de su anterior management, se fue demorando. “Como no llegamos a sacarlo en 2023, decidimos reforzar el concepto: más allá de festejar los 50 años, queríamos hacer énfasis en los próximos 50 que tenemos por delante, y hacer énfasis, también, en que esos años sean del Sur hacia el Norte”, dice. “Que sean de Latinoamérica y que funcionen como una devolución de estos alumnos que aprendimos todo desde lo que bajó y ahora es momento de hacer que eso que había bajado suba de nuevo. Sería como ‘el último baile de los primeros 50 años’ y ‘el primer baile de los segundos 50’. Y de algo estoy seguro: los segundos 50 pertenecen a Latinoamérica”. El último baile es una celebración de la antropofagia cultural en pleno siglo XXI, como el cartel que, desde la portada, advierte que el álbum tiene contenido explícito argentino en sus letras.

Trueno craneó este disco después de viajar a Nueva York: “Para mí, es como haber estado en Disneylandia. Es mi mundo, ahí se creó todo”.


Hace tres días, Trueno subió el último adelanto del álbum, “The Roof Is on Fire”, cuyo título remite al hit de Rock Master Scott & The Dynamic Three, de 1984. Para entender la dimensión del artista, basta con decir que, mientras conversamos, el video alcanza el cuarto puesto entre los más vistos en todo el mundo. “Es una locura, amigo”, dice el rapero. “Desde hace mucho tiempo trato de dejar de ponerles expectativa a las canciones. Porque si uno dice ‘bueno, voy a sacar esto y se va a escuchar en México o en China’, y después no se escucha, uno se pone mal. Generalmente, las canciones que la gente más abraza son las que menos pienso que van a hacer. A esta, en particular, la anunciamos doce horas antes de que salga”.


Trueno habla rápido y claro, con un tono calmo y monocorde, construyendo un discurso sólido y lúcido, que impresiona por venir de un pibe que apenas pasó los 20 años, pero que parece la consecuencia de toda una vida dedicada a la proyección de su carrera. Responde con una claridad y una velocidad que se explican, en parte, por el entrenamiento en las batallas de freestyle. “The Roof Is on Fire” representa a la perfección el gusto de Trueno: el rap de los 2000. “Es el estilo más funkero, más groovero, que a mí me encanta. Es el estilo de rap con el que crecí. Soy muy fan de Pharrell Williams, de The Neptunes, de todo ese sonido post 90. Obviamente que el beat tiene reminiscencias de ‘Hot in Herre’ de Nelly. Es una de mis mayores influencias en cuanto a vestimenta, estilo. Yo lo veía y no podía creer cómo el chabón había conformado su imagen de rapero, la cintita en el cachete… detalles que hacen al personaje y construyen el cuento. Acá se usa decir ‘Prendimos fuego todo’. Y siento que ese tema te genera eso, te genera ganas de estar on fire. De ahí sale la referencia al tema viejo, que representa cuando el evento, el party, el show o lo que sea se pasa de euforia. Y eso es lo que yo realmente trato de que pase en nuestros shows –explica–. Lo hicimos pensando en cómo lo voy a tocar en vivo, porque tiene el BPM perfecto para que la gente se cebe, y para que yo me cebe. La idea es que se prenda todo fuego”.
—¿Estuvieron pensado mucho en los BPM en este disco?
—Muchísimo. Hubo mucho trabajo de Tatool, también, en la tarea de que sea un bloc party. Justamente, el tracklist está hecho como para que el BPM vaya subiendo de a poquito en todos los tracks del disco, y termine lo más arriba posible. Obviamente, hay algún que otro tema que no tiene el BPM más alto que el anterior. Pero la idea principal era que el disco fuera en ascendencia, que termines de escucharlo y tenga ganas de salir a comerte el mundo.
—Es un disco definitivamente enfocado en la pista de baile, ¿Por qué pusiste el foco ahí?
—Porque es el concepto de esta cultura. Todo nació primordialmente en Jamaica, en los sound systems: sacar los parlantes y el micrófono a la vereda, que un amigo que sepa un poco de música pinche, que otro rapee, que al que le guste bailar, baile. Y también porque siento que, dentro de lo que estamos viviendo en la Argentina, necesitamos un momento de desconexión dentro de una realidad tan cruda, con unos problemas tan visibles y tan carnales. Quiero que este disco sea una herramienta de escape. Lo que hicimos fue conectar todas las canciones, como para que lo puedas escuchar en un viaje en auto a Mar del Plata o el domingo limpiando tu casa. Es un disco para disfrutarlo y para bailarlo.
—No son canciones que parezcan salidas de una guitarra, como pasaba con algunas de Bien o mal (2022). ¿Las compusiste a partir del beat?
—Eso cambió mucho en este disco, es verdad. Obviamente que empezamos siempre con la búsqueda sonora. Uno el mensaje lo va encontrando y lo va moldeando. Tatool y Brian Taylor son dos productores y músicos de la puta madre y tienen ideas superlocas. Hay veces que simplemente me dicen: “Mirá, se me ocurrió esta melodía de bajo”. Y solamente con la melodía abajo, a mí se me prende toda una canción, o todo un concepto, y ahí charlamos y les digo: “Che, llevenló por este lado o por el otro”. Hay veces que a mí se me ocurre una melodía, que ni siquiera está materializada, o un estribillo, que ni siquiera tiene beat. Y se las mando y les digo: “Che, miren esto”, y vamos armando el beat de a poco. Generalmente, cuando estoy componiendo un disco, trato de darle tiempo. No ponerme la presión de terminar todo ese día, sino que vamos a enfocarnos en algunas cosas. Si salió el estribillo y transmite lo que queremos que transmita, y la letra dice lo que queremos que diga, pero no sale el verso, no pasa nada. Quizás sale dentro de seis meses, cuando viví muchas otras cosas y veo el tema de otra manera, ahí lo escribo. Trato de no apresurarme, porque está bueno, y mucho más en un disco que no tiene featurings, darle mucho tiempo para que sea un disco dinámico. Y para que veas muchas versiones del artista, del letrista y de los productores dentro de los temas. Porque, generalmente, en los dos años que dura la conformación de un disco, en la vida también te pasan un montón de cosas que terminan influyendo en la música.
—Tatool te acompaña en tu carrera desde hace un montón de años. ¿Cómo es la dinámica de trabajo entre ustedes?
—Tati, para mí, es una mente maestra de la música y del sonido. Yo no tengo ni noción de lo que es un “do, re, mi”, pero las melodías las tengo en la cabeza. Y siempre me había costado mucho volver tangible eso y lograr que el productor haga lo que yo tenía en la cabeza. Lo llamé a Tatool para producir Atrevido (2020), mi primer disco, cuando me despedí del freestyle y traté de armarme mi equipito. A mí siempre me gustó trabajar con una mano derecha. Soy muy fiel en ese sentido, porque siento que el tiempo también les da otra conexión a las cosas, y siempre que conozcas a la persona con la que estás pingponeando, vas a terminar mimetizándote con su criterio. Y Tatool no solamente puede materializar lo que yo tengo en la cabeza, sino que propone un paso más adelante.
—¿Siempre coinciden?
—No, muchas veces él tiene una idea y yo tengo otra. Entonces vemos cuál queda mejor o negociamos qué queda dentro de los temas. Y eso está buenísimo, porque uno siempre necesita gente que lo impulse y que proponga otras cosas. Porque yo puedo tener muchísimas ideas, pero no está asegurado que todas sean las correctas.
—¿Cómo se fue armando todo ese arco de colaboraciones con productores como El Guincho (Rosalía), Teo Halm y Víctor Martínez (C. Tangana)?
—La idea fue hacer los feats. con los productores, porque siento que se merecen un poco más de visibilidad. El rapero sin el productor no es nada. Esto, para mí, es un 50 y 50, entre beat y producción y letra y composición. Porque se puede rapear a capela, y un beat también puede ser instrumental. Pero en el hip-hop, cuando eso se junta, y cuando se juntaron el DJ y el MC, es cuando ocurre la magia. Entonces, me parece muy clave poner el énfasis en los productores, que son mentes maestras como los artistas, aunque quizá no tengan una cara tan visible. Me parece importante que la gente sepa que son parte de más de la mitad de la canción. A todos ellos los admiro: El Guincho, Pablo [Drexler], Víctor, Big One, Taylor… Todos suman otra visión, porque ellos viven en un país diferente y traen una formación musical diferente. Eso también conformó para mí un disco tan versátil, tan diverso en géneros, en sonido y en ideas.

“La colaboración con Cypress Hill fue increíble. Es como estar gritando las cosas y que vengan tus ídolos a darte un megáfono”.


La portada del álbum muestra una foto escolar de un (mini)Trueno en primer grado, con trenzas caribeñas, el peinado que soñaba hacerse a esa edad y que recién pudo adoptar el año pasado, para acompañar el proceso de su nuevo álbum. “Cuando tenía seis años era muy fan de Sean Paul. Él era uno de mis mayores referentes, pero en ese momento no me pude hacer las trenzas”, explica. Para cada álbum, el rapero busca una estética, y el peinado no escapa a ese perfil. “Me gusta que el concepto se desprenda por cada poro de la piel, por eso para cada disco me hago un corte de pelo diferente”. Haber adoptado la estética con la que soñaba cuando era un niño es, para Trueno, el modo de cumplirle el sueño a ese guachín que soñaba con hacerse las trenzas. Pero, mucho más fuerte es haber conseguido que el propio Sean Paul, el célebre artista jamaiquino de dancehall, haga un cameo en “Pull Up!”, una de las canciones del flamante álbum. “Eso fue una locura, amigo. Pienso cuando yo era chiquitito y estaba en la escuela, en el barrio o en mi casa escuchándolo, viéndolo como una referencia a seguir y como un comunicador de las realidades latinoamericanas, o incluso estadounidenses. Y era para mí un referente realmente muy fuerte”, explica. Y se emociona: “Que un artista como él se acerque te hace pensar en todo lo que logramos desde Argentina, empezando con las batallas, con un disquito, con dos disquitos. Y que hoy quieran colaborar en todo este cuento que estoy escribiendo, esos son, para mí, los verdaderos premios. Eso es lo que yo pongo en la vitrina, realmente, porque es un logro histórico. Es de lo más fuerte que me pasó”.

“Yo me crie viendo a mi papá cantar en contra de Macri en 2006, porque ya sabía lo que iba a hacer más adelante”.


El encuentro con Sean Paul fue en un estudio de grabación en Little Havana, el barrio cubano de Miami. Allí Trueno le contó sus planes con el álbum y aprovechó para compartir sus dinámicas de trabajo y conversar acerca de procesos creativos. “Poder conocerlo personalmente y ver que es una persona que siente, que escucha y que aunque esté ahí arriba está mirando todo y sabe lo que pasa en Argentina y en toda Latinoamérica, es re lindo, amigo. Y que dentro de toda su vorágine de vida y de música, se haga un espacio para los artistas nuevos, es algo que siento que es necesario. Por eso, yo también trato de darles a los artistas más nuevos la ayuda que a mí me hubiese gustado que me den. Y cuando ves que esas personas son tan cálidas, sentís que estás haciendo las cosas bien. Que no todo es éxito, fama, cámaras y eventos”.

Los bantu knots, esas trencitas de origen afro que luce en su cabeza desde mediados del año pasado y que ostenta en la imagen intervenida para la portada del disco, no es la única profecía autocumplida del artista cachorro. “Yo soy Trueno niño y cuando sea grande la voy a re acotar”, dice en un video casero. Todavía no cumplió diez años y tiene en claro su destino. Como el mítico reportaje en blanco y negro a Diego Armando Maradona que lo muestra haciendo jueguito en Villa Fiorito, y diciendo “Mi sueño es jugar un mundial”, Trueno anticipa su exitosa carrera en las batallas de freestyle. En 2019, a los 17 años, derrotó a Wolf y se consagró campeón de la Final Nacional de la Batalla de los Gallos y también se alzó con el primer puesto de la segunda temporada de Freestyle Masters Series Argentina, la FMS, tras derrotar a Papo. “En esa época yo ya estaba cansado de tener que medirme. La competencia ya no me generaba ese azúcar en la sangre que te hace ponerte eufórico”, recuerda. Fue la voz de su padre la que lo puso en foco: “Ahí es cuando Peligro se me acerca como esquina y me dice ‘acordate de cuando vos era chiquitito y veías las batallas de freestyle, y eran tus superhéroes y vos querías estar ahí. Vos querías ser el de los videos, y ahora estás en tu mejor nivel’. En ese momento yo estaba en México, haciendo una gira de de freestyle, siendo jurado y en otra posición quizás ya más alejada de las batallas. Y bueno, nos vinimos desde México hasta acá para competir. Y siento que también gané por esa tranquilidad y esa seguridad de decir ‘lo hago por el Mateo chico, lo hago por el Trueno niño, más que por una medalla, por ganarle o por medirme con quien sea. En ese momento yo sentía que ningún rapero era más grande que el sueño que yo tenía de chiquitito. Recuerdo que la gente se sorprendía con la tranquilidad y la seguridad con que yo rapeaba. Esa era una deuda que tenía conmigo mismo. Así que fui a cumplirla y volví”. Con el cinto de campeón, anunció que se bajaba de las batallas.

“Ahora, los chiquitos del barrio, o quieren jugar en Boca o quieren ser raperos. Y eso es un orgullo enorme”.


“El tatuaje me lo hice sabiendo que me estaba por mudar. Estaba empezando a viajar por muchos países y tenía ganas de ponerme arte en la piel. En ese momento vivíamos enfrente de los puentes, en Caminito. Abría la ventana y los veía”, dice Trueno. Los puentes a los que se refiere comparten el nombre de Nicolás Avellaneda y unen el barrio porteño de La Boca con la Isla Maciel, un barrio proletario de Dock Sud, del municipio de Avellaneda, al otro lado del Riachuelo. Los puentes son dos estructuras gigantes de hierro que él y su padre, Pedro Peligro, rapero de la primera generación del hip-hop en la Argentina y pilar en el equipo de trabajo de Trueno, inmortalizaron en el lado derecho de su cuello. El tatuaje de Peligro representa el puente transbordador, el más viejo de los dos, Monumento Histórico Nacional, inaugurado en 1914. El de Trueno es del puente “nuevo”, inaugurado en 1940, una de las primeras construcciones de ese tipo realizadas en acero y cemento a nivel mundial. Los puentes son una marca indeleble que se traduce en sus rimas. Un sentido de pertenencia que el artista se encarga de resaltar en cada uno de los pasos que ha dado en el plan (no tan) utópico de transformarse en el rapero más grande del mundo.
Es un viernes a la noche, el otoño porteño se vuelve hostil. Estamos abajo de la autopista, a dos o tres cuadras de la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata, y si no fuera por el mural gigante en el que Alfredo Segatori retrató a Benito Quinquela Martín, el artista plástico que plasmó en sus cuadros la quintaesencia del barrio de La Boca, la escena podría transcurrir en las calles del Bronx. Hay un equipo de más de 40 personas participando del rodaje del videoclip de “Pull Up”. Hace un rato paró de llover, pero de la autopista cae una pequeña catarata que le da una atmósfera cinematográfica a la escena.
Parte del equipo está tuneando una de las columnas con grafitis pegados sobre papeles y con mapas vintage de Buenos Aires y de la Ciudad de México. Al fondo, se recortan los puentes que Trueno y su padre llevan en la piel. Un grupo de chicas y chicos del asentamiento Lamadrid se acerca para saludar a su ídolo. “Los pibes chiquititos me hacen sentir un referente. Sobre todo, desde que empezó a pasar lo de las batallas y el freestyle empezó a tomar un volumen tan grande”, me cuenta Trueno. “Siempre fui ‘el rapero del barrio’, aunque también hacía otras cosas. Pero creo que el clic de no poder caminar por el Bajo o andar en bici por Caminito fue cuando pasó lo del freestyle y cuando quizás veías a un chiquitito vestido con algo que me había puesto yo en algún escenario. O pasaba por el barrio y estaba sonando alguna canción: ‘Ñeri’, o ‘Mami chula’ o ‘Dance Crip’. Yo lo sentí como algo positivo, y lo vi como que se había abierto otra puerta: ahora no solamente queremos ser futbolistas, sino que ahora en La Boca hay otra posibilidad, que es agarrar un micrófono. Y eso es un poco también seguir el legado de lo que hacía mi padre en La Boca y de lo que queríamos enseñar, pero de manera expansiva, de manera mucho más grande. Ahora, los chiquitos o quieren jugar en Boca o quieren ser raperos. Y eso es un orgullo enorme, amigo”.
Por influencia paterna, Trueno mamó el hip-hop desde la cuna. Pedro Palacios, alias Peligro [así lo menciona muchas veces su hijo, que ha dicho que lo considera su mejor amigo], acaba de cumplir 50 años y forma parte del paisaje de La Boca desde que era un niño, cuando llegó desde su Montevideo natal junto a la madre, escapando de la dictadura. Es MC, referente de la primera camada del hip-hop vernáculo y líder del grupo Comuna Cuatro, pero también ostenta un derrotero como integrante del Buenos Aires Hardcore, en la década del 90, colaborando con el grupo D.A.J. (Diferentes Actitudes Juveniles), y también en el ámbito teatral, como clown y actor en el Grupo de Teatro Catalinas Sur. “Mateo creció escuchando hip-hop, es cierto. Pero también candombe, murga al estilo uruguayo, todo lo que suena en el barrio de La Boca. Y hay un montón de musicalidad por parte de los familiares de su madre [la cantante y actriz Juliana Corazzina]”, me cuenta. “Todo eso hace una completud de lo que Mateo es. Pero el rap siempre fue parte de la vida de los dos, en un plano donde la cultura hip-hop es la medallita, la gema más importante de eso. Primero que nada, como una cuestión musical. Pero también como una herramienta de transformación social, y que es otra de las herramientas, como el teatro, la música en general y cualquier otra expresión que haga sentir a las personas un camino de limpieza, de iluminación y de generar no solamente en uno sino en otros, también, estos parámetros de pertenencia. Porque los colectivos artísticos comparten un montón de tópicos con respecto a cómo encarar la vida. La cultura hip-hop lo tiene y es un trabajo de 50 años que también ha ido evolucionando. Lo mágico tiene que ver con que no se trata solamente de algo musical, sino de un concepto ideológico, de cómo uno tiene que encarar la vida y de cómo uno puede hacer de la vida un instrumento de transformación en otra persona”.
Trueno es la tercera generación de artistas por rama paterna. Yamandú Palacios, el papá de Pedro, fue un reconocido intérprete y guitarrista en la música popular uruguaya. Comprometido políticamente, se exilió en España y fueron pocas las veces que vio a su nieto. Falleció en 2021, en tiempos pandémicos, y a pesar de la nula cotidianidad, su figura es referencial para su hijo y para Trueno. “Mi viejo es de la camada de los 60, de Manuel Capella y Alfredo Zitarrosa, de quien fue mejor amigo y compañero en el exilio. Es uno de esos artistas que, en la época dorada de las revoluciones de izquierda en Latinoamérica y el mundo, eran la voz de ese cambio, de ese sueño americano en contra de una opresión fascista, pero sobre todo de un capitalismo abrazando a las dictaduras militares. Porque, más allá de las cuestiones ideológicas, las dictaduras militares vinieron a imponer un sistema económico que es el que sufrimos hasta hoy”.


Trueno nació el 25 de marzo de 2002, así que su cumpleaños estuvo y estará asociado a la marcha por la memoria, la verdad y la justicia, que se celebra cada 24 de marzo en la Argentina, en repudio al golpe militar de 1976. “Desde muy chiquito, siempre iba a la marcha el día antes de festejar mi cumpleaños. Tener una familia tan artística, tan activista y tan combativa, hacía que si no iba con mi padre, iba con mi madre, con mi abuela o con un amigo de mi padre. Yo me crie viendo a mi papá cantar en contra de Macri en 2006, porque ya sabía lo que iba a hacer más adelante. Y por las cosas que también cantaba mi abuelo, yo nunca tuve miedo. Eso lo tengo interiorizado desde muy chiquito, la no censura, el decir lo que uno piensa y que pase lo que tenga que pasar. Yo me voy a morir diciendo lo que yo pienso”.
Hace dos años, en un conventillo a poco más de diez cuadras de esta locación en la que está filmando un nuevo clip, Trueno rodó su Tiny Desk (Home) Concert, la extensión del popular formato que emite NPR, la radio pública de Estados Unidos. Cubrí el rodaje y lo más asombroso de esa experiencia, además de apreciar el talento de Trueno y el profesionalismo de su equipo creativo, con ElDorado (alias de Ignacio Ayerza) al frente, fue conversar con algunas vecinas que lo conocían desde que era un niñito y absorber la admiración y el cariño genuino de toda una comunidad. Lo que en otro artista podría haberse entendido como un guiño for export en su caso era la confirmación, una vez más, de una elección estética basada en su identidad, en su propia historia. “¡Bienvenidos al barrio de La Boca! El Trueno es quien les habla. El barrio del que soy oriundo, donde yo nací. Donde me formé, donde me hicieron ser quien soy, donde me junté con mis ñeris, con mi padre, donde viví toda mi vida”, lanzaba Trueno al finalizar “Dance Crip”, el tema que abría el set. Y agregaba: “Es el barrio de los conventillos, de los inmigrantes, el barrio de los colores. Directamente para todo el mundo. No sé si está bien o mal, pero represento igual. You know what I´m saying?”.


Trueno está convencido de que esos cuatro temas, grabados en ese lugar, constituyen un hito en su carrera. “Siento que todo era perfecto para comunicar lo que quería comunicar en el disco [Bien o mal]. Ese convento está en una de las calles por las que yo pasaba todos los días en bici, yendo al colegio, en Caminito, donde viví mucho tiempo, cerca de la cancha, al lado de las vías. Y justo se dio esa oportunidad. Obviamente, hacer un Tiny, sea donde sea, para mí iba a ser un logro super grande porque es una ventana muy grande para mostrar el mensaje que quería mostrar”, celebra. Y agrega: “Ese video, además, se hizo en el mes en que se estaban festejando la raza latina y el orgullo. Y encima están mis amigos y mi familia participando. Entonces fue realmente hacerlo ‘at home’. Y poder llegar a un público tan grande creo que es lo mejor que podía pasar”.

El Tiny es un hito entre tantos: laFreestyle Sesión #6 con Bizarrap, que subieron en junio de 2019 y que acumula más de 262 millones de visualizaciones en YouTube; el Gardel de Oro que ganó en 2023, y que como ocurrió con el cinturón de la Batalla de los Gallos, se lo entregó su amigo Wos (juntos compitieron en batallas memorables, como la final de la FMS, que tiene más de 30 millones de reproducciones); la invitación de Damon Albarn a rapear con Gorillaz en Tecnópolis; la colaboración con Cypress Hill (el año pasado, hicieron un remix de “Fuck El Police”). Y la lista sigue.


“Cypress Hill es una pieza de la cadena muy importante, porque en cierto punto eran nuestros traductores del rap. Eran los únicos que hacían una canción en inglés y la misma versión en español”, remarca Trueno. “Formaron parte de una escena del hip-hop en un momento muy fuerte. Porque en Los Ángeles, en los 90, si eras rapero y cantabas contra la policía, te mataban de verdad. Yo hice ese tema pensando en su estilo, en la onda más West Coast: chicano y combativo. Se ve que sintieron esa referencia. Eric Bobo, percusionista y productor de Cypress, vivió en la Argentina y era amigo de mi padre. Su hijo es amigo de mi hermano menor. Y, más allá de la admiración, que canten un tema donde yo hablo de Videla, de Massera, de los policías, de los militares, de la dictadura, del Nunca Más, que internacionalicen ese mensaje hacia todo su público es impresionante. Desde Los Ángeles llega a toda la raza latina: yo lo agradezco con todo el corazón, porque es como estar gritando las cosas y que vengan tus ídolos a darte un megáfono y que suene muchísimo más fuerte”.

A los 22 años, Trueno no es sólo uno de los artistas más escuchados y de mayor proyección global de la Argentina. También es, a su manera, un empresario al frente de un equipo de más de 30 personas. “Yo tuve la suerte de tener un progreso bastante escalonado. Hay artistas que un día están en la escuela haciendo cuarto año y al otro día son estrellas. Y para nosotros es difícil porque hay mucha piraña, mucha gente que engaña, mucha malicia dentro de la industria. Pero creo que, con palazos y con aciertos, la industria va sabiendo que con los pibes no se jode. Y nosotros nos vamos poniendo cada vez más serios”, explica.
El rapero sostiene que le cuesta ver a su equipo de trabajo como una empresa. “Quizás por eso también tuve tantas malas pasadas. Yo siento que mi equipo es una familia y, más allá de que seas un robot que trabaja 19 horas, para que estés dentro de mi proyecto necesito que seas una buena persona. Y eso para mí es mucho más importante. Para mí, todos valemos lo mismo. Siempre que tengo la oportunidad, explico que la gente ve a Trueno como un nombre, pero Trueno somos 35 personas en realidad y yo les doy el mismo mérito a todos. Llegar a donde uno quiera llegar solo, es muy aburrido y muy desolador”.


Lo que más impresiona de Mateo no es ni su flow, ni su presencia, ni su musicalidad. Es su cabeza, su claridad conceptual, su visión de futuro y su sentido de pertenencia: “Si yo no hubiese nacido en mi barrio sería una persona totalmente diferente. Es un barrio que a mí me enseñó mucho, desde lo personal, lo cultural y lo histórico. Todo lo que conforma mi barrio me hace tener amor por mi club de fútbol, por mi gente. Haber ido y participado del teatro comunitario de mi barrio me hizo ser artista. Pasaban cosas muy parecidas a lo que pasaba en el Bronx: eventos en las plazas, comedores comunitarios en los cuales participamos con mi padre y con mi madre. De eso no me voy a olvidar nunca. Sueño con llegar a un nivel de posición económica que me permita ayudar a mi barrio, y que cada vez más pibes tengan más oportunidades. No te voy a mentir, muchas noches me duermo soñando con La Bombonera llena y la gente cantando mis canciones, así que ese sería mi máximo sueño. Yo no me olvido: a mí me preguntan quién sos y yo sólo soy Mateo, de La Boca”.

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