Tom Smith: “Cuando el mundo se vuelve oscuro, mi reacción es replegarme en lo cercano”

El cantante de la banda británica Editors conmueve con un disco solista e íntimo, esperanzado, pero nunca ingenuo

Por  LALA TOUTONIAN

febrero 5, 2026

Tom Smith y un álbum sin gritos ni estridencias.

Ultrapop Música

No todos los discos nacen para acompañar, algunos aparecen como restos o como señales; porque la música es eso: no es necesariamente compañía, es como algo que quedó vibrando después de que el sonido se apagó. There Is Nothing in the Dark That Isn’t There in the Light, el primer álbum solista de Tom Smith (cantante y tanto más de Editors, esa banda con registros muy únicos en términos más bien oscuros), no viene a explicar el presente ni a ofrecer consuelo, viene a decir lo que queda cuando la épica se retira y el futuro deja de funcionar como palabra.

Desde hace casi veinte años, Smith es la voz de Editors, una de las traducciones más precisas del malestar británico post-millennial: ansiedad elegante, contención emocional, una tristeza funcional, acaso nuevos miedos. No había rabia punk ni utopía indie. Había orden y nocturnidad. Canciones como habitaciones cerradas.
Desde The Back Room (2005), Editors escribió música para un mundo que ya no confiaba en el mañana. En pleno auge del capitalismo tardío, de la vigilancia, de la guerra permanente convertida en paisaje, la banda ofreció algo parecido a una arquitectura emocional: canciones que no prometían salida, pero sí estructura. En ese contexto, la voz de Tom Smith –grave, enorme, casi autoritaria– funcionaba como último refugio. Como si cantar fuerte pudiera todavía sostener algo.

Este disco hace lo contrario y ahí está su violencia. There Is Nothing in the Dark That Isn’t There in the Light más que levantar la voz, la apaga, murmura. No ocupa el espacio: lo deja vacío. El título no suena a consigna ni a eslogan optimista; suena a advertencia. “No hay luz sin oscuridad, ni esperanza sin conflicto”, dirá Smith vía Zoom. “Todo convive. Todo se toca”.

“No estás solo cuando te sentís solo/ No hay nada en la oscuridad/ que no esté en la luz/ Tu tristeza es un arte”, canta en “Deep Dive”, el tema que abre, y ya se nota la intención.

El título funciona como juicio, le digo. Smith lo piensa explícitamente como una reacción contra los binarismos morales que hoy gobiernan la cultura: bien/mal, víctimas/verdugos, esperanza/destrucción. Esa necesidad de dividirlo todo no es inocente; es una forma de simplificar la violencia. El disco se instala en otro lugar, menos cómodo, más verdadero. Las canciones no explican nada. Se quedan en la herida.

Canta en “Broken Time”: “No ha terminado/ No somos perfectos por diseño/ Todas estas fracturas/ Y nuestro amor ha roto el tiempo”. Muchas de las letras hablan de luchas compartidas. De las personas que están cerca cuando todo se vuelve oscuro. No desde el romanticismo, sino desde la necesidad. “Cuando el mundo se vuelve abrumador, imparable, profundamente oscuro, mi reacción suele ser replegarme en lo cercano: las personas”, explica. “Reconocer esas relaciones, que aportan calma, una luz al final del túnel, fue clave para este disco”.

El contexto está ahí, aunque no se lo nombre, no hay espacio para el duelo ni para el pensamiento. Smith no habla desde una torre de marfil: habla desde el cansancio. La reacción, entonces, no es gritar, es apenas susurrar.
La esperanza, si existe, no es una promesa. Es un gesto mínimo. “No es una esperanza ingenua”, aclara. “No siempre pienso que todo va a estar bien. Depende del día”. Hay cansancio. Hay memoria. Hay errores del pasado. Hay mañanas que limpian un poco la noche anterior y noches que vuelven a ensuciarlo todo. “El sol vuelve a salir –dice–. Después volvemos a agarrar el teléfono y todo empieza otra vez”.

Escuchar este álbum hoy es escuchar la “cancelación del futuro” de Mark Fisher hecha canción. Más allá de la teoría, como experiencia corporal. Ese futuro que no llega y este presente interminable. Ese loop de crisis sin resolución. Smith no parece interesado en teorizar sobre eso; prefiere escribir desde ahí. “Escribir canciones siempre fue una compulsión”, dice. “No sé pensarme desde afuera ni evaluar mi obra en términos tan amplios. Es lo que siempre hice y lo que siempre haré”.

Y aun así, el disco no es un manifiesto nihilista. Si hay resistencia, es microscópica. Fisher advertía que el capitalismo coloniza incluso nuestras emociones; Smith responde con una retirada estratégica hacia lo no espectacular. En paralelo, el álbum se planta contra otra patología de época: la nostalgia. Simon Reynolds llamó a esto retromanía, la obsesión cultural con reciclar su propio pasado. There Is Nothing in the Dark… es casi alérgico al gesto retro. No hay revival ni museo, quizá apenas algo de memoria. Incluso viniendo de una banda profundamente asociada a una tradición británica específica, Smith se niega a convertir su historia en souvenir. “Seguimos repitiendo cosas porque encontramos algo que sabemos hacer”, dice. “Pero en este disco todo estaba más cerca de la superficie. Más honesto. Más vulnerable.”

Esa decisión se escucha, sobre todo, en la voz. La voz masculina del rock –históricamente– fue monumento, autoridad, presencia. Smith desmonta esa lógica. “En este disco quise cantar como escribo: acústico, mínimo, con silencio”. Canta bajo, deja respirar las palabras. No es fragilidad impostada: es una decisión estética y política. En una cultura de sobreexposición y autoperformance constante, retirarse es una forma de resistencia.

El linaje aparece, inevitable, pero no como homenaje. Bob Dylan retirándose del ruido, David Byrne escapando del personaje, Nick Cave cantando desde el duelo. Smith menciona otra referencia, más contemporánea y más peligrosa: “Songs”, de Adrianne Lenker. “Es perfecto”, dice. “El espacio, la respiración, la intimidad. Una vez tomada la decisión de hacer un disco fuera de Editors, todo fue seguir ese impulso. Sin garantías”.

There Is Nothing in the Dark… no salva. No consuela. No promete. Es un disco escrito desde después: después del futuro, después del ruido, después de la fe en el progreso. Lo que queda es poco, pero es real: cuerpos, memoria, repetición, una voz que ya no necesita imponerse para existir. Y en tiempos como estos, cantar desde ahí no es un gesto estético, es un acto profundamente político.

Editors siempre tuvo un sonido distintivamente británico, muy post-millennial, nocturno, elegante. Pero este disco solista se aleja y hasta llama la atención por el título: There Is Nothing in the Dark That Isn’t There in the Light suena más a tesis que a eslogan. ¿Lo pensaste como un rechazo a los binarismos morales tan adictivos en la cultura actual?

Sí, lo pienso así. Muchas de las canciones hablan de luchas compartidas y de las personas que tenemos cerca, de cómo nos ayudan a atravesar momentos difíciles, cuando todo se vuelve más oscuro. Reconocer esas relaciones –las que aportan calma, esperanza, una luz al final del túnel– fue clave. Esa idea conecta varias canciones del disco. No hay luz sin oscuridad, ni esperanza sin conflicto.

Eso se percibe en las letras y en la secuencia del álbum. Pero cuando hablás de esperanza en un mundo atravesado por guerras, genocidios y crisis políticas, ¿cómo convivir con esa tensión?

Hay una lucha permanente. A veces pienso en el mundo como algo abrumador, imparable, profundamente oscuro. Y mi reacción es replegarme en lo cercano: las personas. La forma en que hoy consumimos el mundo –todo el tiempo, sin pausa– puede ser muy tóxica. Estamos bombardeados por todos lados, no dan respiro. Entonces, bajar el volumen, enfocarme en los vínculos, es un mecanismo de sanación para mí. También hay canciones que miran errores del pasado, más personales, más ligados a quién fui de joven. El disco tiene ambas cosas.

Hay algo muy reflexivo, incluso circular, en el disco.

No soy terapeuta ni coach, pero sí quise que hubiera destellos de luz. Y esos destellos vienen de la gente. Si alguien puede conectar con eso, para mí ya vale la pena.