Teenage Fanclub: “Nuestros errores son mejores que los de la inteligencia artificial”

Norman Blake y Raymond McGinley, fundadores de la banda, anticipan su debut porteño, recuerdan su gira con Nirvana y explican por qué eligen utilizar instrumentos vintage

Por  JOAQUÍN VISMARA

septiembre 2, 2025

Gentileza TFCN

A pesar de tener casi cuatro décadas de vida, para Teenage Fanclub todavía quedaban algunas deudas por saldar. “El año pasado pudimos tocar por primera vez en Mongolia y fue algo increíble. Ahora que vamos a ir para allá, ya tenemos dos nombres menos para tachar de la lista de pendientes”, dice desde su Glasgow natal el cantante y guitarrista Norman Blake al tomar noción de lo que representa esa visita tan esperada como demorada. La banda escocesa de power pop se presentará por primera vez en Buenos Aires el 9 de este mes en C Art Media después de años de rondar el barrio, pero sin pasar a saludar. “Estuvimos cerca de Argentina un par de veces, pero después de que llegábamos al sur de Brasil terminábamos pegando la vuelta”, dice Blake sobre el paso de la banda por San Pablo y Río de Janeiro en 2004 y 2011, antes de ofrecer el último show del tour de Nothing Lasts Forever, que los tuvo dos años por el mundo.

Y aunque el título del álbum (el decimosegundo de su discografía) sugiere que nada dura para siempre, la carrera de Teenage Fanclub y su vigencia parecen poner en crisis esa afirmación. Blake y el guitarrista Raymond McGinley fundaron la banda en 1989 en Glasgow junto al baterista Francis MacDonald en medio de una escena en la que el indie escocés canalizó a su manera la influencia del ruidismo de Sonic Youth en el jangle pop. Al mes de completar la formación con el bajista Gerard Love, la banda entró a grabar su debut, A Catholic Education, un álbum caótico y desprolijo, que de todos modos logró captar la atención de Alan McGee, dueño de Creation Records, que se apuró a ficharlos con la intención de tener en su sello a, según sus palabras, “los Nirvana británicos”, algo a lo que los propios músicos eligen bajarle el precio. “Para ser brutalmente honesto, no estoy seguro de que Alan tuviera registro de Nirvana en esa época. Lo amamos, pero a veces no es el mejor narrador de la realidad. Es un mitómano y por eso le fue tan bien en las cosas que hizo”, dice McGinley entre risas.

Ya en Creation, Teenage Fanclub dio el salto en 1991 de la mano de su tercer disco, Bandwagonesque, en el que las guitarras distorsionadas empezaron a abrirles el paso a las complejas armonías vocales de sus tres cantantes. El álbum se publicó a los pocos meses en Estados Unidos y tuvo un batacazo inesperado cuando, en plena explosión del grunge, la revista Spin lo eligió como el mejor álbum del año por encima de Nevermind o Ten. Una vez más, los propios músicos eligen restarle notoriedad a la hazaña. “El que era el editor de las reseñas de la revista era un tipo llamado Steven Daly, y él tocaba la batería en Orange Juice, una banda de Glasgow. Nos gusta creer que él torció las voluntades del resto de los periodistas, porque nos sorprendió tanto como a cualquiera”, cuenta Blake.

Quien sí se entusiasmó con el disco fue el propio Kurt Cobain, que definió a Teenage Fanclub como “la mejor banda del mundo” y los invitó a ser teloneros de Nirvana en 1992. “Ya nos conocíamos porque nos editaba el mismo sello en Estados Unidos, así que nos pidieron hacer el tramo europeo de la gira de Nevermind y fue alucinante. No pasa tan seguido que puedas atestiguar un fenómeno así, porque al comienzo del tour las cosas venían bien hasta que todo empezó a crecer y crecer”, explica Norman y asegura que el éxito tomó por sorpresa a la propia banda antes que a nadie. “Estaban abrumados por lo que pasaba, eran unos pibitos que no esperaban que las cosas fueran así. La mayoría de mis anécdotas con ellos son bastante sencillas. Tengo el recuerdo de estar todos en un parque en Suecia tomando un helado, algo muy poco rocanrolero”, dice.

Bandwagonesque les generó otro tipo de contacto inesperado con un músico estadounidense exitoso, pero no de la manera en la que cualquiera podría haber esperado, luego de que Gene Simmons los demandara por la tapa del álbum, con una bolsa de dinero sobre un fondo rosa chicle. “Cuando hicimos ese arte, la idea era hacerlo lo más genérico posible. Lo hicimos con el clipart de Microsoft con la intención de hacer de la manera más barata un producto masivo, casi como un gesto ‘warholesco’. Un día, nuestro abogado nos llamó y nos dijo que Simmons era el dueño del copyright de esa representación gráfica y nos quería iniciar acciones legales. Queríamos mandarlo a cagar, pero nuestro abogado nos recomendó no hacerlo, así que le tuvimos que dar un cheque y aclarar que la imagen se usaba por gentileza suya”, cuenta McGinley sobre el episodio insólito con el bajista de Kiss. Y agrega: “A mi manera le dio otro valor al arte de tapa, porque nos sumó una historia que contar, esa plata quedó amortizada”.

Ya bien entrados los 90, Teenage Fanclub empezó a encontrar su mejor forma: después de Thirteen (un disco que debe su título al tema homónimo de Big Star), el grupo encontró el balance justo para su melodismo guitarrero en Grand Prix, de 1995, un hito del power pop de fin de siglo, y las cosas terminarían por subir un nivel más en el siguiente disco, Songs from Northern Britain, lanzado en 1997 como parte de la avanzada británica de ese año en la última gran estocada de la dominación musical salida del archipiélago. Mientras la banda le daba los toques finales al disco, terminó recibiendo la bendición de uno de sus colegas. “Estábamos grabando en Air Studios, y Oasis estaba en el piso de abajo mezclando Be Here Now. Una tarde, Liam vino a visitarnos y nos invitó a escuchar el disco porque recién lo acababan de terminar”, recuerda Blake. De acuerdo a su relato, el menor de los Gallagher les dio una cerveza a cada uno y cantó sobre todo el disco, haciendo la mímica de las partes de guitarra de su hermano mayor. “Lo que más recuerdo era que estaban mezclando con un sistema PA en vez de con monitores de estudio, y por eso había ruido por todos lados. Una vez que terminó nos miró ydijo: ‘Ustedes son la segunda mejor banda del mundo’”, rememora entre risas.

Alo largo de sus más de tres décadas y media de vida, Teenage Fanclub mantuvo a rajatabla dos políticas de trabajo. La primera tiene que ver con los créditos compositivos, con la misma cantidad de canciones por cada autor tanto en estudio como en vivo (desde la partida de Love en 2019, los álbumes incluyen una mitad hecha por Blake y otra por McGinley). La otra tiene que ver con reducir al mínimo la novedad en términos de equipamiento. “Anoche tocamos en Glasgow y usé una Fender Jaguar de 1963, que es la misma que usé la primera vez que entramos a un estudio en 1989 y la tengo desde mis 19. La que usa Norman, en cambio, es mucho más reciente: la compró en 1992”, dice McGinley entre risas, y se apura a hacer una comparación para defender esta elección. “Te da cierta comodidad, y si mirás a un grupo como The Beatles ves que usaron los mismos instrumentos toda su carrera. Al día de hoy, Paul McCartney sigue usando su bajo Höfner y su guitarra Epiphone Casino. Hicieron un montón de cosas innovadoras que tenían que ver con la música y con sus arreglos, y no necesariamente con querer alcanzar un ‘nuevo sonido’”, dice. Lo viejo funciona.

En 2005, mucho antes de la proliferación de la inteligencia artificial, Teenage Fanclub publicó un disco llamado Man-Made (“hecho por el hombre”). Dos décadas después, la frase se utiliza para aclarar que una obra artística fue realizada por humanos sin interferencia de algoritmos, algo que fue siempre un diferencial del grupo escocés. “La IA solo puede hacer algo que es un pastiche de lo que otra persona hizo previamente. Podrías decir que los humanos son capaces de algo similar, pero hay un componente visceral y físico que aparece al momento de ser creativo que responde a la necesidad humana. Si no, es como ir a una oficina y dejar que una máquina haga el trabajo por vos mientras tu rol se reduce a verificar el resultado final en la línea de producción, es inaceptable”, analiza McGinley. Blake completa la idea: “Nuestros errores son mejores que los de la inteligencia artificial. Pifiamos al tocar en vivo y eso una máquina no lo puede lograr. Es algo real, no se puede impostar”.

En un contexto en el que la industria parece cada vez más en jaque, que una banda decida seguir engrosando su discografía con un nuevo álbum cada dos o tres años parece una anomalía difícil de entender, aunque para sus creadores es algo sencillo. “Desde que ideamos conceptualmente a la banda, grabar un disco nunca tuvo que ver con la posibilidad de hacer plata, teníamos cero expectativas de ganar dinero. Hay muchas bandas que dicen: ‘No tiene sentido hacer un disco nuevo si podemos girar con el material viejo’, pero nosotros seguimos sintiendo el impulso por crear cosas nuevas”, defiende McGinley. “Como músico, deberías estar emocionado siempre con poder hacer nuevas canciones. No queremos ser algo que vive del pasado”, completa Blake antes de que su compañero vuelva a tomar la palabra: “No armamos un presupuesto, no hacemos un plan ni contemplamos si financieramente es algo inteligente. Lo hacemos de todos modos porque así fuimos construidos”.

Con la retromanía a la vuelta de la esquina potenciada por la reunión de Oasis, Teenage Fanclub da fe de un recambio generacional en su público en el último tiempo, aunque prefieren analizarlo desde otra óptica. “A veces la gente se enamora de la música de la época en la que nació. Para nosotros, la música de los 60 tiene una resonancia particular porque vinimos al mundo al momento en que salían todos esos discos maravillosos. Las personas que nacieron a principios o mediados de los 90 hoy tienen treinta o veintilargos y quizás quieren investigar eso mismo”, reflexiona McGinley, antes de rematar con un ejemplo sobre el paso del tiempo. “En nuestros shows tocamos un tema de nuestro primer disco, y todavía tengo el recuerdo de cuando fuimos al estudio a grabarlo. No parece que fue hace tanto, y da un poco de miedo. La vida pasa”.