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Pulp en Buenos Aires: la noche de gloria de Jarvis Cocker, el tipo común que soñó con conquistar el mundo

La banda británica volvió a la Argentina luego de más de diez años y repasó lo mejor de su obra en un Movistar Arena repleto

Por  GONZALO BUSTOS

noviembre 24, 2023

Agustín Dusserre

Hagamos historia. Volvamos a los 90. A los buenos 90. En 1995 Pulp publicaba Different class, su quinto disco, que lo llevaría a la cúspide de los charts del Reino Unido montados en los hits bailables e infalibles que fueron —y son— “Disco 2000” y “Common people”. Tres años más tarde, editaría This is hardcore, con un sonido más oscuro y agudo, cruzaron el furor del brit pop, siguieron en el puesto uno en su país y llegaron a Estados Unidos. Era el sueño cumplido de Jarvis Cocker: un flaco, alto, desgarbado y roto, nacido y criado en Sheffield al calor de la música de The Kinks. Un frontman que a comienzos de esa década veía como su música —y su deseo de ser rockstar— se iban entre sus dedos, que con cuatro discos grabados había vuelto a estudiar cine para darle un plan de supervivencia a su vida. Pero sobre todo, un tipo que supo aprovechar el momento: cuando Blur y Oasis habían puesto a la música inglesa en la escena mundial y ahora se sacaban los ojos en la televisión irrumpió con su banda, sus letras y su carisma.

(Foto: Agustín Dusserre)

Hoy, veinticinco años más tarde de ese momento espumoso, a las 21 horas exactas del 23 de noviembre de 2023, se apagan las luces del Movistar Arena, en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires, Argentina. Las pantallas dicen que está por comenzar el concierto 539 de Pulp, un show que trae a la banda al país tras más de diez años —tocaron en 2012 en el Luna Park— y en el medio de una gira latinoamericana que ya los tuvo en México y Uruguay y que terminará en Chile. El tour se llama This is what we do for an encore. Y de eso hablan las pantallas, del encore, del bis que hace una banda cuando el público pide más. En medio de la arenga y de una intro sonora oscura, una luna aparece en la pantalla que ocupa todo el largo del escenario. Después la pantalla se vuelve naranja y en el medio se dibuja esa figura, la de las curvas inconfundibles, Jarvis Cocker: el hombre al que todos vinieron a ver, el líder de Pulp.

Mientras “I Spy” abre el show, Cocker —60 años, traje corte años 80, la barba cana, los lentes— se mueve como hace cuarenta años, cuando a fines de los 70 creó la banda de su vida. Quiebra las articulaciones, se sacude espasmódico, juega en el mic y el cable lo rodea. Y canta con un grado de interpretación poético. Es dark, angustioso y sensual. Todo al mismo tiempo. Parece un personaje de Allan Poe, un ánima romántica y seductora.

A la oscuridad le siguen las luces, pero antes Cocker saluda en un español lleno de esfuerzo y pide —ya en su inglés cerrado— que lo sigan con las palmas y enseña el tempo de la canción que vendrá. Entonces la bola de espejos, la guitarra de Mark Webber empujando al baile y dando forma a “Disco 2000” para el primer gran pogo de la noche, que tuvo en las serpentinas al aire su corolario festivo. Con “Joyriders”, la banda —siete integrantes sin contar al frontman, teclados, percusiones y violín incluidos— despliega todo su arsenal. La canción empieza como un rock revulsivo, después baja a un subsuelo sombrío para volver a levantar. Y ahí está Cocker, yendo de un lado a otro del escenario, saltando, tirándose al piso, subiéndose a sus retornos, mirando a las miles de personas que vinieron a verlo: creando una cápsula del tiempo, eternizándose en sus movimientos.

(Foto: Agustín Dusserre)

Cuando el show llega a la mitad toca su pico con “Pink glove” y “Weeds” (y “Weeds II”). Pulp repasa su repertorio —aunque se centra en sus tres discos fundamentales: His ‘n’ Hers, Different Class y This is Hardcore— y queda claro que el título de brit pop le queda corto. Quizás lo sea porque Cocker preparó su vida para crear su banda —en un diario que escribió a los 15 años puede leerse su “plan maestro” para conquistar la música mundial— y supo ir más allá del sonido de moda que definió su época dorada. Pulp es una obra teatral con música global, es rock, es bailable y es romántica. Pulp es elegancia en estado puro. Queda claro cuando llega “This is Hardcore”. Cocker desparrama sus largas piernas en un sofá individual, las cruza y se pone en mood crooner. Atrás, la pantalla LED dibuja un candelabro lleno de llamas. Por un momento el show de una banda de rock va más allá y se convierte en una performance artística completa.

(Foto: Agustín Dusserre)

Ya en el epílogo, que la banda hace notar —hay una alquimia entre la selección de canciones, la puesta de luces, las imágenes en las pantallas y el volumen que integran los climas como piezas de rompecabezas—, “Underwear” continúa la línea teatral con los tambores y el rasgueo acústico llevando el concierto a un cierre épico, que se completa con la pantalla cargándose de luz anaranjada, como un amanecer. Luego, tras un prólogo juguetón de Cocker interactuando con la gente, empieza a sonar “Common People”. Y este flaco de 60 años, que ya la cantó miles de veces, la vuelve única para los que estamos acá está noche. Mira de tal forma cuando dice “common people” que da la sensación de haberla escrito para vos. El magnum de un intérprete agraciado.

No había lugar para más. O eso parecía, porque cuando varios ya abandonaban la sala, la banda volvió a escena y se despachó con una seguidilla de cuatro temas, que incluyó “Background noise”, la canción que la banda está estrenando en esta gira y que demuestra que Pulp tiene resto para bises.