Este fin de semana Oasis se presentó en el estadio de River después de 16 años. Dos periodistas y fans del grupo fueron juntas a verlos. Dolores Caviglia conoció a los hermanos Gallagher cuando editaron su tercer disco y los vio en sus últimas visitas a Buenos Aires. Eugenia Arribas, unos años más joven, comenzó a escuchar a Oasis cuando la banda ya se había separado: nunca los había visto en vivo ni tampoco editar un disco o ganar premios. Las dos vivieron una jornada que nunca olvidarán. Aquí dos miradas de un mismo fanatismo.
Sábado 15 de noviembre, Núñez, 20.30 hs:
DC: Sonó algo, ¿qué fue? La batería, el bajo, ese arranque de “Fuckin’ in the Bushes” como tormenta eléctrica, relámpago, trueno, relámpago, trueno, se está moviendo la Tierra, y yo comienzo a gritar porque todos gritan y a saltar porque todos saltan y el alarido se convierte en otra cosa, porque entre esos ahhhh de los miles que estamos acá y las imágenes que muestran las pantallas al costado del escenario con titulares como “¿se reúnen los hermanos?”, “las armas se cayeron”, “la gran espera terminó”, Liam y Noel salen al centro de ese mundo que se montó para ellos agarrados de las manos para hacer por dos horas lo que saben y que, por supuesto, hacen bien cuando están solos, pero nunca tan bien como cuando están juntos. Sin hablarse, sin tocarse de más, sin mirarse si no es necesario, ellos dos, al mismo tiempo, con esa distancia a presión. Y yo pienso: “Al fin algo vuelve, algo de lo bueno vuelve”.
EA: Apenas puedo escuchar los acordes de “Fuckin’ in the Bushes” por los gritos. Solo llego a ver el borde del escenario desde la mitad del campo y solo cuando queda un espacio mínimo en medio de las miles de cabezas que tengo por delante. En las pantallas sobre el escenario pasan capturas de posteos en X y noticias en medios de todo el mundo que recopilan el regreso de la banda a una velocidad que sube la adrenalina. Es la primera vez que esto va a pasar para mí y no tengo expectativas. Pero sí. Tengo expectativas altísimas construidas a base de lo que otras personas me contaron. Me emociona una mística que solo conozco por videos de un pasado que ignoro si se va a repetir. A partir de ahora van a dejar de existir en una pantalla y pasar a ser algo real. Van a ser parte del mundo real. No sé si tener ilusión por no haberlos visto nunca es algo bueno o es malo. No es la primera vez de ninguno de los que están acá conmigo: todos fueron a su última presentación en la Argentina en 2009 o a shows en otros países.
DC: Tenía puesto el uniforme de educación física y 15 años. Ese es mi primer recuerdo que no sé si es el inicio pero sí el recuerdo. Era 1998, Oasis acababa de lanzar o estaba por sacar Be Here Now y yo me sentaba en el banco del patio del colegio, pantalón negro con raya roja al costado, chomba blanca de piqué con raya roja en el centro, con mi discman y las piernas cruzadas y escuchaba “Wonderwall”. Estaba un disco atrasada (¿de dónde lo había sacado?, seguro de mi hermano) pero en lo cierto. Fue una embestida conocer a los Gallagher. Yo ya había decidido de quién ser fanática y ahora estos dos salidos de Manchester con los ojos celestes me molestaban, porque ya había construido mi identidad musical y quería que me reconocieran por eso y entonces… ¿esto cómo se hace? ¿Cómo se desanda un discurso y se dice “bueno, no, al final los que más me gustan son estos”? No sé cómo pero lo conseguí o no me dieron opción, porque se metieron en mi vida con la irreverencia de esa voz desgarrada para lo que había que decir y de una música y de unas letras que yo sentía me hablaban a mí. Sí, Noel, vos a mí: “Me gustaría irme de esta ciudad; este pueblo viejo no huele muy bien”.
EA: Yo los conocí a los 14 años por la película El efecto mariposa. Al final suena una canción que yo no conocía pero que, por alguna razón, me gustó. “No tengas miedo/ Nunca cambiarás lo que ya pasó”, decía. Entré a Wikipedia —el Chat GPT de los que nacimos en el 90— y busqué por primera vez la historia de algo que solo conocía por el nombre: Oasis. “Stop Crying Your Heart Out” fue una entrada a la primera banda “de adultos” que conocí por mí misma: no estaba de moda, no había sacado un nuevo tema que sonaba todo el tiempo en la radio y a mis amigas tampoco les gustaba.
DC: Después me volví más fanática de lo que entendí y los escuchaba de atracones que me daba en momentos en que quizá tenía que mostrarme como una adolescente que conoce a este de acá, a esta de allá, que no para de juntar anécdotas y un poco de eso hubo, pero otro poco me aislé, en las tardes, en los viajes con mis compañeros, para memorizarlos, para sacarles todo lo que daban y lo que no, los temas, las ideas, los gustos. Compré revistas que hablaban de ellos, toda su discografía, la oficial, la pirata, la que vendían en la peatonal cerca de casa y se escuchaba espantoso porque había sido grabada a escondidas y con la tecnología que permitían los 90. Compré remeras que los tenían en el frente, me mandé a hacer dos (una era espectacular y no la puedo encontrar, era un rostro armónico en blanco y negro hecho con la parte izquierda de Liam y la derecha de Noel, para algo sirve la genética) y hasta busqué fotos de su hermano Paul, que por algo se quedó afuera. Conocí más música gracias a los Gallagher, conocí a The Who, a The Stone Roses, a mi novio, me fui a Manchester ¡Conocí a Los Beatles gracias a los Gallagher! Bah, no es cierto, pero sí. Conocía a los Beatles del “Love Me Do” y “I Want To Hold Your Hand”, pero ellos me mostraron “I Am The Walrus”. Esa puerta abrieron. Y los veneré incluso cuando rompían a trompadas el decoro y decían que eran la mejor banda de la historia y que querían que el cantante de Blur muriera y se reían de los que no eran ellos, las bandas de chicos que bailaban, las Spice Girls, y eran capaces de dejar en ridículo a cualquiera que se acercara o de arruinar un show por discusiones familiares. A veces era difícil aguantarlos, pero los adoraba igual. El amor no tiene sentido.
EA: No sé ser fanática sin obsesionarme. Cada vez que algo me gusta genero una especie de fijación que puede durar un tiempo (como cuando me pasé todo un verano leyendo sobre el Imperio Azteca o cuando me obsesioné con las vinchas para el pelo y usaba una distinta cada día, tenía más de quince) o quedarse como parte de mi vida. Con Oasis me pasó esto. Me fanaticé con algo que tenía principio y —hasta ese momento— final. Estaba condenada a consumir contenido viejo, ya masticado por todos los otros fanáticos. Sus primeras entrevistas, el MTV Unplugged, las peleas, los álbumes, a Noel diciendo que Robbie Williams era el “bailarín gordo” de Take That, la rivalidad con Blur, Noel emocionado hasta las lágrimas con “Don’t Look Back in Anger” en el último recital en la Argentina en 2009. Todo lo que podía saber, escuchar, absorber ya estaba ahí. No había nada nuevo, nunca; todo era una repetición sin fin. A partir de que los conocí, la playlist de todos los días empezó a combinar “Blank Space” de Taylor Swift con “The Importance of Being Idle” y “She’s Electric”.
DC: Cuando en 2009 anunciaron que ya no iban a tocar más yo no pensé en lo que me iba a pasar. Estaba apenas empachada, los había visto en River ese mismo año y quizá además estaba negada o demasiado ensimismada en mi facultad y esa presión insufrible y ridícula de solo sacarme buenas notas. Creo que pensé que los entendía, que tanto tiempo y todo el tiempo con tu hermano puede ser una destrucción. Tenía 24 discos en casa, iba a estar bien. Pero algo cambió.
EA: Tengo que volver tanto atrás en el tiempo para pensar en dónde estaba cuando se separaron que no puedo ser exacta con eso. No vi en las noticias los rumores de que los hermanos se llevaban mal ni la confirmación final de que la banda había llegado a su fin. ¿Quién ve las noticias a esa edad? Todavía no tenía idea de quiénes eran. Tenía 10 años y, posiblemente, cuando miles de fanáticos en el mundo lloraban, yo miraba un capítulo de una serie de Disney Channel. Creo que Hannah Montana. Siento que eso me trajo un beneficio: yo conocí la resignación de pensar que nunca los iba a ver juntos y —años después— la euforia del regreso.
DC: Ni siquiera me gusta tanto “Bring It On Down”, pero cómo no romperme la voz en este estribillo que nunca sonó como está sonando ahora, en esta noche de noviembre, en el estadio de River. ¿Qué pasa acá? Estoy extasiada o se me borró el pasad. Habrá sido por elección, pero no recuerdo un show de Oasis tan espectacular como este. No el de 2006, menos el de 2009. Liam está impecable, hace sus finales de frases como él sabe, la marca del barrio, y Noel no falla. Eso tiene. No falla. Apunta y acierta. Por eso tengo todo el tiempo los brazos en alto, porque grito con el cuerpo. Estoy en el campo el primer día, en la platea el segundo día y es igual: salto porque es la única opción, porque la espera para volver a sentir esto fue una bomba aquí dentro, tic-tac tic-tac. Hace 16 años que no canto ni aplaudo con tanto sentido. De nuevo, al fin.
EA: “Me llevás a caminar/ A donde jugabas cuando eras joven”, dice Noel en “Talk Tonight”. Ya no tengo 14 y escucho esa canción por primera vez, fascinada de cómo habla de una forma de amar que no entiendo. Tengo 27 y no estoy frente a la pantalla de la computadora de la casa de mi infancia, sino en medio de un campo repleto de personas que esperaron más de 16 años por este momento. No puedo evitar saltar. Los demás me llevan, yo misma me llevo. Canto a los gritos cada canción; hago pogo, yo, que nunca hago pogo. Los miro a los dos en el escenario y me parece una imagen surreal: que estén ahí después de años de creer que lo más cerca que iba a estar de verlos eran los recitales completos que están cargados en YouTube. No soy la única. Cada vez que se hace un hueco mínimo entre canción y canción, los únicos comentarios que puedo llegar a escuchar son: “No lo puedo creer”; “Estoy soñando”.
DC: Yo me quedé estancada cuando Oasis se separó. Esa fue la consecuencia. No volví a escuchar música nueva, no compré discos, no quise descubrir nuevos artistas. O no pude. Estaba llena y agotada. Me quedé afuera de lo que vino después y no porque nadie los haya podido superar, aunque tal vez en el fondo crea eso, pero no, no es cierto. Lo que pasó fue algo que me pasó a mí. Falta de interés. Eso sí puede ser. Una especie de pequeña muerte particular. La muerte de esa parte de mi vida. Ellos se separaron y yo me desconecté de algo. Pero ahora volvieron. ¿Volvieron? Quizá yo también.
EA: En la típica pregunta de a dónde viajarías si pudieras ir a algún evento del pasado, mi respuesta siempre fue: a un recital de Oasis. Sin ninguna preferencia en particular, solo para poder llegar a verlos antes de su final. El de 2009. Siempre dije que había nacido unos años tarde. Hace casi un año saqué la entrada para algo que pasó demasiado rápido cómo para poder procesarlo. Tengo el corazón acelerado y camino casi en puntas de pie, como si una parte mía quisiera quedarse en ese momento, agarrarlo para que no se pase. Es injusto que el tiempo pase tan rápido después de los grandes momentos. Un amigo me preguntó si ya me podía morir tranquila. Me reí y le dije que no.
Mientras escribo esta nota, creo que tengo que pensar una nueva respuesta.
Dolores Caviglia y Eugenia Arribas


