Nikki Glaser está excitada. Pero que esta comediante hable a viva voz sobre su nivel de excitación en un restaurante —está “mojada”, dice, para ser precisos— probablemente no sorprenda a nadie que haya visto sus cuatro especiales de stand-up. En el más reciente, Someday You’ll Die, describe a su novio, Chris Convy (con quien sale hace diez años y es además su productor), vendándola y atándola mientras finge ser una serie de hombres que entran para… bueno, igual que Glaser, sentite libre de completar la escena con tu imaginación.
El especial de HBO nominado al Globo de Oro salió en mayo, menos de una semana después de The Roast of Tom Brady, una producción estelar en vivo de Netflix donde Glaser tuvo una actuación que cambió su carrera, ridiculizando a sus compañeros de elenco, burlándose de Brady por perder treinta millones de dólares en criptomonedas, y diciéndole a Convy “te dispararía en la maldita cara por un boleto de lotería para chupársela a este tipo”. El público la ovacionó de pie.
De repente, estaba por todas partes. Participó en The Howard Stern Show y en el popular podcast SmartLess. Salió en una gira de 67 shows por Estados Unidos y presentó la entrega de los premios Globo de Oro, el 5 de enero.
A lo largo de una década de altibajos con Convy, Glaser explica que a menudo lo ha estado “alejando”, segura de que eventualmente “descubriría algo sobre mí que no le va a gustar”. El mismo mes en que su carrera explotó, Convy finalmente había convencido a Glaser de que la amaba incondicionalmente. Pero, al hacerlo, parece haber eliminado cierta tensión estimulante en esa sensación de que podrían separarse en cualquier momento.
Hay otros factores que le bajan la libido. El nuevo perfil alto de Glaser implica que se venda fecha tras fecha de su gira Alive and Unwell. Está agotada por todos los viajes desde su casa en St. Louis y ansiosa por las altas expectativas. Hoy está en Nueva York para participar de un homenaje a Joan Rivers en el Teatro Apollo, en Harlem, junto a gente como Chelsea Handler y Aubrey Plaza.
“Se siente como: ‘Oh, no. Los engañé’”, dice Glaser. “Y ahora tengo que estar a la altura de esto que tal vez vieron en mí; un momento de grandeza, pero como que no puedo sostenerlo”. Aparentemente, conseguir todo lo que siempre quisiste es una buena manera de perder el deseo.

Glaser siempre ha tenido “una parte de mí que piensa que soy una porquería”. Al crecer en St. Louis, dice que su hermana —que creo se parece bastante a ella— era considerada la bonita. “¿Por qué no me tocó a mí?”, pensaba Glaser. “Tengo que trabajar duro para llamar la atención”. Ser graciosa era una buena manera, aunque su punto de partida en la comedia fuera como segunda línea de una cohorte de mujeres atrevidas que incluía a Whitney Cummings y Amy Schumer.
La carrera de Glaser siguió un trayecto familiar: compitió en Last Comic Standing en 2006 y lanzó su primer especial, Perfect, en 2016. Se centraba en el sexo, pero también en tener un bebé en algún momento, lo cual Glaser ha dejado claro que no quiere. “Estaba tratando de alcanzar mi ideal de una comediante de stand-up perfecta”, dice. Se convirtió en revelación en reuniones de celebridades, haciendo chistes sobre Martha Stewart y Caitlyn Jenner. Este nicho le dio suficiente fama como para llegar al programa Bailando con las estrellas, pero sólo duró un episodio. En 2021, Glaser comenzó a presentar el reality de citas FBoy Island y el The Nikki Glaser Podcast, justo cuando el audio confesional de la era pandémica estaba despegando, dándole tanto una plataforma más amplia como una vidriera para el autojuicio que alimentaría el stand-up más personal de Someday You’ll Die y Good Clean Filth de 2022. “TikTok, los podcasts y los reels [de Instagram] han hecho que las audiencias quieran autenticidad”, dice Glaser. “Sólo tengo que ser yo misma”.
Eso significa hablar sobre los aspectos de su nuevo estatus que despiertan sensibilidades primarias. “Estar en FBoy Island fue por momentos una lucha”, dice Glaser, comiendo una ensalada y bebiendo Sanpellegrino (es vegana y no toma alcohol desde hace más de una década). Los FBoys la llamaban “Tía Nikki”, subrayando lo que Glaser siente que es el espacio liminal de atractivo en el que está atrapada: suficientemente linda como para presentar un reality de citas, pero no para competir en él.
Glaser invierte tiempo y energía cerrando sus brechas dismórficas. Como mujer, dice: “No podés ser graciosa y tener autoestima. No sos Martin Short”. Tiene un grupo de chat en el que comparte sus pensamientos más oscuros con nueve amigos. “Ojalá un coche me atropellara”, dijo en un mensaje de voz. “Me encantaría morir ahora mismo, pero ni siquiera quiero porque siento que el tipo que haga mi autopsia diría: ‘Ugh, está tan gorda’”. La respuesta del grupo: “Eso es gracioso, escribilo”.
Convertir el odio hacia uno mismo en material de comedia es una de las cosas que la mantienen viva. “El subidón de dopamina es cuando un chiste funciona”, dice, señalando la ausencia de sexo y bebida en su vida. “Se siente tan bien cuando algo que pensaste hace que toda una sala estalle de risa”. “‘Nos gustás’ es más o menos lo que te están diciendo”.
En el camarín del Apollo, Glaser está nerviosa por su chiste final para el homenaje a Joan Rivers. “Si terminás haciendo que la gente llore —dice—, es un gran riesgo. Pero Joan decía las cosas más locas todo el tiempo”. El set es cálidamente recibido. La broma final comienza con un amigo que le dice: “Sos la próxima Joan Rivers”.
“Sí, quiero ser como Joan”, reconoce. “Quiero hacer reír a la gente hablando de lo indecible. Quiero convertir el dolor en alegría”. Entonces, se arriesga: “Sobre todo, igual que Joan, quiero trabajar hasta el final para poder morir haciendo lo que amo: someterme a un procedimiento quirúrgico de riesgo”. El público le dice que les gusta y Glaser recibe su dosis de dopamina. Por ahora.


