La historia de Faustino Oro: el asombroso ascenso del “Messi del ajedrez”

Conocé a Faustino Oro, el argentino que, después de convertirse a los 10 años en el Maestro Internacional más joven de la historia, continúa deslumbrando al mundo del ajedrez.

Por  JUAN MANUEL MANNARINO

enero 6, 2026

Ilustración de RNDR Martínez

Faustino Oro rompía cosas. El departamento del barrio porteño de San Cristóbal lo tenía fastidioso. Saltaba, corría, pateaba una pelota. No podía salir, encontrarse con sus amigos. Sus padres estaban agotados.

“Alejandro, ¿por qué no le enseñás así se queda un poco sentado?”, le sugirió, al límite de la paciencia, la madre, Romina, a su marido. Era plena pandemia, mayo de 2020.

Fue entonces que Alejandro, jugador aficionado de ajedrez, le enseñó. Un movimiento, otro, con programas de computadora. Notó que su hijo Faustino, al principio algo desinteresado, lentamente prestaba más atención y lo disfrutaba como una diversión. Le creó una cuenta en Chess.com —algo sencillo, que cualquiera  puede hacer en solo dos pasos— y  poco a poco Faustino aprendió de aperturas y cierres, de alfiles y peones, de torres y caballos.

Los padres pasaban frente a su cuarto y lo veían callado, se sorprendían de cómo permanecía en la silla entretenido con un lenguaje que iba incorporando, al punto de reconocer “patrones” y tipos de jaque mate.

El padre notó que era una buena solución: el niño, hincha de Vélez Sarsfield, dejó de patear la pelota y romper cosas de la casa. Así que enseguida lo estimularon con pequeños premios: un helado por ganar partidas, un rato de PlayStation por aprender nuevas tácticas.

Faustino Oro (que acaba de ganar el Olimpia de Plata como ajedrecista argentino destacado de 2024; la distinción más importante del deporte argentino) nació el 14 de octubre de 2013, hijo único de dos padres contadores de una familia de clase media alta con una vida común y corriente, vida de departamento en una capital latinoamericana. A los 7 años era un niño algo tímido, con amigos de barrio y un desempeño normal en la escuela.

Podría haber sido cualquier juego de computadora o de Play Station, de los que abundan para su edad. Podría haber sido otro juego de mesa u otra distracción de la pantalla, algún entretenimiento con un youtuber, dibujo animado o serie. Pero fue el ajedrez. Esa batalla de cerebros con más de 1500 años de historia, nacida en la India; ese juego estratégico, regocijo de reyes y aristócratas, que se volvió popular a partir de la Edad Media y que protagonizó mucho más tarde un episodio de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Un juego en el que hoy, treinta años después de que la máquina derrotara al humano y revolucionara todo, cualquier infante puede arrancar desde casa con un fácil adiestramiento en las redes, en el lugar más recóndito conectarse a una plataforma online, y al poco tiempo, tal vez, jugarle mano a mano a los mejores. Y encima ganarles y romper récords.

Rápido y furioso. Cuatro años después, en julio de 2024, Faustino Oro dio un golpe mundial: obtuvo el primer puesto en el Torneo de Maestros en Barcelona. Se convirtió así en el Maestro Internacional de ajedrez más joven de la historia. Nunca nadie lo había conseguido a tan temprana edad. Así dejó atrás el récord que, desde 2019, estaba en poder del estadounidense Abhimanyu Mishra, con 10 años, 9 meses y 3 días. Faustino Oro lo superó por poco, en aquel momento con 10 años, 8 meses y 16 días.

A partir de allí pulularon videos en las redes explicando “el fenómeno Faustino Oro” y la maravillosa y breve vida de “el Messi del ajedrez”, según lo bautizó la prensa española. Videos que analizan sus jugadas, que lo siguen de cerca en sus torneos. “Fausti es un guerrero de sangre fría. Un luchador versátil que resiste y a la vez te va acorralando en cada jugada con gran precisión e inteligencia. Tiene el ADN de los latinos, que son jugadores muy agresivos y no te tienen ningún miedo”, lo define el español Pepe Cuenca, ingeniero civil y maestro ajedrecista que ganó fama con su streaming de ajedrez. En su canal de YouTube, Pepe alaba las “jugadas maestras” de Faustino Oro. Lo proyecta pronto en los top 20 del mundo. “He visto muchos niños talentosos, pero jamás alguien como Fausti”, dice.

Cuenca vio en Oro a un niño que disfruta de la competición y que se inyecta, como si pasara a una fase superior, de la adrenalina de los torneos. Los especialistas suelen quedar asombrados por la magnitud de sus “plusmarcas” en el lapso de tiempo cortísimo desde que aprendió a jugar. Pepe Cuenca pondera que el ajedrez ya no es aquel mundo elitista y reservado para mentes brillantes, sino que se expandió como un deporte que prácticamente todo el mundo sabe jugar. Con internet y el desarrollo de las últimas tecnologías, se aceleró exponencialmente el proceso de aprendizaje de los más chicos.

“El ajedrez tiene muchas características decisivas, como por ejemplo, la toma de decisiones. Un ajedrecista está acostumbrado a la derrota y a sobreponerse. Yo he visto niños en otros deportes que no aceptan la derrota”, destaca el español.

Faustino enfrentó a Pepe y lo machacó en partidas blitz —tres minutos por jugador, más dos segundos por movida— y partidas a un minuto, que son las que más le gustan al niño argentino. “En esos ritmos es mejor que yo, claramente. En el ritmo clásico es diferente porque hay mucho camino para progresar. Lo que me sorprendió es que tenía una comprensión posicional que solo se adquiere con los años”, refiere, todavía en estado de gracia. Llegar al podio suele ser un proceso largo desde que uno arranca a jugar. Las puntuaciones son complejas: por ejemplo, si alguien le gana a otro obtiene diez puntos y al que pierde, se le restan diez. Y así por cada partida.

[Nota de la redacción: sobre el cierre de este artículo, Faustino Oro tuvo su última competencia de 2024 el 30 de diciembre en el Campeonato Mundial Blitz (de partidas a 3 minutos por jugador), en Nueva York, donde quedó en el puesto 144 entre 180 participantes, con cuatro partidas ganadas, tres empates y seis derrotas perdió 6 partidas. Como resultado, perdió 8 puntos del ranking que tenía al momento de la producción de esta nota].

El ajedrez experimentó un boom en la pandemia, con el éxito de la serie Gambito de dama. “Ahora parece que ser ajedrecista es cool. Hasta quizás alguno lo ponga ahora en su perfil de Tinder”, se ríe Pepe Cuenca en su canal de YouTube.

Los padres de Faustino Oro juran que no hay ningún secreto ni fórmula. O mejor dicho, lo único que suelen citar es la frase preferida de su hijo: “Trabajaré para hacerlo mejor mañana”. Dicen para esta nota en Rolling Stone que disfruta de entrenar horas y horas por día, sin concesiones. “Si viene un récord, mejor. Y si no, no hay que ponerse triste”, es otra máxima que suele repetir el niño prodigio.

Actualmente, Faustino es el 15 mejor de Argentina y el 1234 en el mundo. Tiene 2434 de ELO clásico, que es el sistema de puntuación basado en cálculos estadísticos y regulado por la Federación Internacional de Ajedrez. La puntuación es universal, y cuentan a mujeres, hombres, niños y ancianos, es decir, no hay un ranking de chicos y otro de grandes, como en el tenis. Faustino Oro no está lejos de convertirse en Gran Maestro, la elite del ajedrez que se consigue con más de 2500 ELO y superando tres normas excepcionales. El ruso Sergey Karjakin fue el jugador más precoz en conseguir ese título con 12 años y siete meses. El “super” Gran Maestro, a su vez, es la máxima aspiración, la de los tres a cinco mejores del mundo, con más de 2700 ELO.

Los números de Faustino son descomunales. En menos de un año de haber aprendido a mover las piezas se consagró campeón sub 8, luego sub 9 y luego sub 10.

La Federación Internacional de Ajedrez exige para la homologación del título de Maestro Internacional de ajedrez que el jugador posea una fuerza de ELO superior a 2400 puntos, y “el Messi del ajedrez” llegó a 2416 puntos, sin contabilizar su actuación estelar en el Torneo de Maestros de Barcelona. Nunca antes un ajedrecista alcanzó esa cifra a tan corta edad.

Les ganó a los mejores. Nada menos que al noruego Magnus Carlsen, de 33 años y número 1 del mundo, y luego al japonés nacionalizado norteamericano Hikaru Nakamura, de 36 y número dos. Después de ganarles, Faustino patentó una marca de estilo: bailar en el streaming desde su silla de gamer, moviendo las manos, con una sonrisa pícara y la mirada de anteojos cuadrados fija en la pantalla.

Hay ejercicios que Faustino resolvió en menos de nueve minutos, algo que no hicieron ni Anatoli Kárpov ni Garry Kasparov, dos de sus maestros favoritos. Llegó a 31 partidos de ajedrez sin perder. Llegó a 3 mil puntos de ELO en la página de internet Chess.com, otra marca extraordinaria. Y allí figura entre los diez mejores en partidas blitz. En el exterior, ganó su primer título internacional en Uruguay, por el Panamericano Sub10, en 2022.

En su cuenta de X, Kasparov hizo un juego de palabras con ajedrez —en inglés “chess”—, y Lionel Messi. Junto a un emoji de aplauso, escribió “¿Chessi? ¡Siguen rejuveneciendo!”, en alusión a la cada vez más baja edad de los pequeños talentos en convertirse en maestros internacionales.

El excampeón mundial búlgaro Veselin Topalov comentó: “No tengo mucho para aportar sobre el récord de Faustino. Pero puedo contar que yo, a los 10 años, tenía 2100 puntos de ELO y él pasó los 2400”.

En la 45ª Olimpíada de Ajedrez Budapest 2024, Faustino no participó de la delegación nacional como jugador sino como parte del staff de entrenadores y fue elegido capitán. Nunca antes hubo un representante argentino tan joven.

El presidente Javier Milei lo felicitó por redes y lo recibió el mes pasado, cuando Faustino volvió a Argentina para jugar por primera vez en el máximo campeonato argentino, donde terminó en la cuarta posición. Faustino hoy recibe una beca de deportes del gobierno argentino con un monto poco significativo. No tiene sponsors privados.

Despejando cualquier posible opacidad, en diálogo con Rolling Stone, sus padres prefieren subrayar que se levanta temprano todos los días para estudiar al rival que tendrá enfrente. Y que ya tienen 2025 bastante planificado, entre viajes a Nueva York, Uzbekistán y distintos países de Europa.

Aunque los expertos explican que comparar épocas del ajedrez no es sencillo, nadie como Faustino experimentó en la historia un ascenso tan arrollador en tan poco tiempo. El techo de crecimiento, coinciden, es altísimo.

Pero, por otro lado, en el mundo del ajedrez el manto de sospecha es habitual. En la famosa derrota de Kasparov contra la máquina Deep Blue en 1997 —el primer antecedente había sido en 1956, cuando una computadora llamada MANIAC, como se titula la última novela de Benjamín Labatut, ya le había ganado a un humano aunque en una versión simplificada del juego—, se habló de manos negras, magnetismo, telepatía y otros trucos. La paranoia y la conspiración, en un juego tan calculado y secreto, siempre estuvieron a la orden del día.

No bien Faustino Oro pasó del pequeño departamento de un país del tercer mundo a la primera plana de las grandes ligas, acecharon los detractores. Algunos desconfiaron de sus logros, a los que tiñeron de duda con ciertas dosis de ironía. En redes sociales, por caso, los maestros rusos Ian Nepomniachtchi y Vladimir Kramnik desplegaron —sin pruebas a la vista— que contaba con una posible ayuda de las máquinas y lo desafiaron a jugarles mano a mano. Todo, sin embargo, se disipó en la velocidad de la web.

¿Qué había detrás del genio? ¿Quién movía los hilos invisibles de su proeza?

A fines de 2023, la pequeña familia —madre, padre e hijo— se mudó a Badalona, en Barcelona. Sin conocer a nadie en el nuevo destino, los padres dejaron sus trabajos como contadores, sus costumbres porteñas y solventaron los primeros tiempos con ahorros.

Faustino Oro suele tener un comportamiento amable y tranquilo, de alguien compenetrado en su juego. Eso es lo que dicen sus rivales, que desde que ganó aquel torneo consagratorio en Barcelona, se toman un tiempo extra para sacarse selfies con él. “No me gustan tanto las fotos”, ha dicho alguna vez, con indisimulada parquedad, en las pocas veces que habló con periodistas. Los noticieros argentinos se habían llenado de entrevistas a sus entrenadores, a sus padres, y cuando pasó el furor, retiraron las cámaras y se concentraron en otros deportistas de alto nivel y mayor impacto, como el corredor de Fórmula 1 Franco Colapinto.

Faustino cumplió 11 años y muchos se empeñan en tratarlo como un adulto. Pero otros permanecen asombrados. El basquetbolista y campeón del mundo Walter Herrmann posteó una foto a su lado y escribió: “¡Cuando el presente y el futuro están representados en una sola persona!”.  El sitio Partidas Inmortales de Ajedrez, en su último cumpleaños, mencionó: “Hoy está de cumpleaños el prodigio más grande que ha parido Iberoamérica, quizás sólo detrás de José Raúl Capablanca”.  

Poco antes de eso, Faustino había terminado en el puesto 13 del Iberoamericano. El torneo lo ganó Alan Pichot, de 26 años, que era el mejor jugador argentino hasta que por disputas con la Federación Argentina de Ajedrez pasó a hacerlo por España.

La familia de Faustino prefiere el bajo perfil y es reacia al periodismo. Hasta hoy, en las redes sociales —se suelen enterar por terceros, porque ellos no tienen salvo la cuenta oficial de Faustino—, deben lidiar con un bombardeo de comentarios. A saber, entre otros: “Pobre niño, le han robado la infancia”; “los padres se aprovechan de su niño genio para explotarlo y hacerse multimillonarios. Muy argento”; “totalmente digno de admiración y de conmiseración al mismo tiempo. El trabajo infantil está prohibido, pero que los padres de un niño prodigio se cuelguen de sus testículos para cambiar su realidad económica, no”; “¡habla falsamente como un youtuber!”; “qué alegría por el pibe y qué tristeza que se fue a Barcelona, fuga de cerebros cuando hay un gobierno descerebrado”; “¿Cómo se puede ser tan bueno en un juego como el ajedrez con tan corta edad? Nació para eso, ¿es talento innato?”; “¿Puede decidir un niño a tan corta edad sobre su destino? ¿Jugar a ese nivel de competencia no afecta su integridad, no pierde la inocencia?”.

Es un sábado de octubre de 2024 y Faustino está fastidioso. Pierde más de lo que gana en un torneo que juega contra otros en la habitación de su casa, que acondicionó especialmente con un micrófono profesional con luces de colores, dos computadoras con pantallas grandes, sillón ergonómico de gamer. Lo filman dos cámaras. Una lámpara de diseño, arriba de una computadora, le hace foco. Serio, elevado sobre el teclado.

Cuando habla, el chico mezcla acentos y pronunciaciones. Dice una y otra vez “ostia”, “vale”, “tío”. Nadie lo interrumpe. Ríe, se agarra la cabeza, se acomoda los anteojos azules, se enoja con el torneo —“no puede ser que me hayan cobrado eso”— y con sí mismo —“perdí por tiempo, es increíble!”—. Mueve el mouse velozmente y comenta sus movimientos: “Estoy un poco lento”, “moviendo el caballo, saca alfil”, “no sé para dónde voy, yo voy”, “C6, qué pasa”.

En la soledad, hábitat de un cuarto espacioso en España, parece sentirse a gusto.

En su canal de YouTube @faustichess, con 16k de suscriptores, más de 500 personas lo ven jugar en vivo. En los videos que Faustino luego sube a la red, se metamorfosea la cara con algunas leyendas cinematográficas, como Daniel San, Don Corleone o Rocky. En su Instagram

@faustioro, que reza “administrada por el padre Alejandro Oro”, tiene cerca de diez mil seguidores. Allí se mostró recientemente el video de un muralista español que está terminando un retrato gigante de Faustino en la calle. Hay fotos de él representando al Club Magic Extremadura, siendo el único niño del equipo; con grandes maestros como Eduardo Iturrizaga o en un mano a mano contra Alan Pichot; compartiendo reels de sucesos memorables como cuando la Federación Internacional de Ajedrez lo posicionó como número uno del mundo en la categoría sub 12; o animaciones, tipo Tom y Jerry, donde anuncia sus próximos torneos y últimas calificaciones.

Los comentarios que recibe en sus redes suelen ser elogiosos, alentadores y tiernos. Pero los que acompañan las notas periodísticas o sus transmisiones en vivo tienen otro tono. Mientras algunos lo felicitan por sus genialidades o le agradecen porque sus videos parecen clases abiertas, otros se escandalizan porque lo notan hablar más “en español” que en “argentino” o critican su performance de youtuber diciéndole que parece un adulto, forzando las expresiones. Los haters, en el anonimato, se intensifican.

“Me divierte jugar más online que presencial, que es serio-serio”, le dijo Faustino a un periodista argentino en televisión, en uno de los reportajes que dio cuando se coronó Maestro Internacional. “Me falta mucho, pero quiero ser campeón mundial”, cerró la entrevista, con los ojos hacia abajo.

El 21 de octubre de 2024, Jorge Rosito dejó de ser el entrenador de Faustino Oro. En su Instagram, el niño lo despidió: “Jorge, hoy llegamos juntos a este tramo del largo camino que comenzamos hace tiempo. Valoro muchísimo tu dedicación, tu paciencia y el haber creído en mí desde el principio. Siempre te voy a guardar una profunda admiración, gratitud y mucho cariño”.

El celular de Jorge había explotado cuando Fausti pegó el salto. Fue uno de sus primeros profesores: el 4 de septiembre de 2020 le dio la primera clase. Dice que nunca olvidará ese día. Vio enseguida que el niño era avasallante, que le encantaban los desafíos.

“El ajedrez es un juego de meseta, se avanza de a poco. Y el pibe era una topadora”. Descubrió que el abuelo de Faustino era un viejo jugador, de los de antes y que quedó impresionado cuando le mostraron partidas de su nieto. “Esto no es normal”, le dijo el abuelo a su hijo Alejandro.

Jorge Rosito entrenó a campeones como Diego Flores y a Carlos García Palermo, el argentino que le ganó a Anatoly Karpov. En la segunda clase que le dio a Faustino Oro, un movimiento le hizo notar que en el niño había un aura. “Ahí me di cuenta de que era un genio. Hay un jaque mate con alfil y caballo que es complicadísimo. Un video de Hikaru Nakamura muestra que llega a esa movida y no puede concretarla. Fausti entonces me dice, de la nada: Ese mate lo puedo dar en menos de dos minutos”.

No le creyó. Era como si un nene le dijera a su entrenador de fútbol que metería un gol olímpico en la segunda práctica. A continuación vio cómo Faustino le ganaba a la computadora con alfil y caballo y dice que se enamoró a primera vista. Lo charló, algo maravillado, algo aterrado, con amigos y entrenadores. Todos estaban desconcertados: había campeones que le admitieron que, aun con décadas de entrenamiento, nunca habían podido ejecutar ese jaque mate.

Otro mojón extraordinario fue un problema que había planteado Miguel Najdorf, el gran campeón argentino. Nadie, en su época, lo había podido resolver. En una clase, Jorge Rosito se lo contó a Faustino. En cuatro minutos, el niño lo solucionó.

Cuando se dio cuenta de la magnitud de sus ejecuciones, Rosito empezó a grabar las clases con Faustino bajo el permiso de la familia. Supo que no había registros de grandes campeones cuando habían sido niños y le pareció una oportunidad única. Resalta que Faustino sabe reconocer posiciones que nunca jugó.

¿Intuición innata? ¿Vio análisis de otros jugadores y le quedaron guardados?

-¿Por qué te parece un genio?

-Porque tiene una intuición que sorprende a todos. No es posible entender su visión, pero él sabe siempre adónde van a ir las piezas. Uno puede dedicarle la vida al ajedrez y no llegar jamás a primera categoría. Es difícil de explicar la genialidad cuando surge así, tan de repente.

-No hay razones explícitas…

-Nunca hubo un caso así en la historia argentina ni en el mundo. Tal vez la comparación más razonable sea con Magnus Carlsen, o tal vez con Bobby Fischer, pero en su era no había internet. Fausti pertenece a la llamada “generación pandemia”, se la pasaba jugando en su casa. Si bien hay varios puntos en común, Carlsen a la edad de Fausti le había ganado a un solo maestro, y Fausti ya les ganó a varios con su capacidad intuitiva y su mente flexible.

Los especialistas dicen que los avances tecnológicos han revolucionado —y democratizado— el juego, que durante siglos se vio aferrado a sus métodos rígidos de enseñanza y aprendizaje. Las máquinas y la fuerza de los módulos de sus programas, más los videos y clases por internet y la posibilidad de ensayos a través de las distintas plataformas del juego, habilitadas durante las venticuatro horas del día, han acelerado los tiempos y cada vez más niños y niñas consiguen resultados asombrosos frente a figuras experimentadas. No necesitan la inteligencia artifical, que para este juego apenas sirve. Lo que a muchos les demandó años de prueba y error hasta lograr el título de Maestro Internacional —un peldaño inferior al de Gran Maestro, una de las mayores aspiraciones para cualquier ajedrecista—, o incluso de quedarse a mitad de camino, al pequeño Faustino sólo le llevó meses y pocos años de espera.

Para Fernando Peralta, actual campeón argentino, de 44 años, el de Faustino Oro es el logro más importante en las últimas décadas. “Le dio mucho impulso al desarrollo del ajedrez en nuestro país. Además, es la confirmación innegable de que cuenta con potencial para entrar en la elite mundial. Hay que felicitar a su familia por todas las decisiones que va tomando, así como a sus entrenadores por su excelente trabajo”, le dice a Rolling Stone.

El ajedrez argentino tiene grandes nombres, como Miguel Najdorf y Oscar Panno. En el país existe una gran cultura ajedrecística, con permanente acción en los clubes y muchos aficionados. Candela Francisco, con 17 años, se consagró en abril de 2024 como la primera mujer argentina campeona mundial juvenil de ajedrez. Con Faustino Oro como posible incorporación, Argentina podría formar un dream team para la próxima olimpíada, con los juveniles Ilan Schnaider, los hermanos Joaquín y Francisco Fiorito, y los veteranos Sandro Mareco y Diego Flores. En los 50, Argentina fue tres veces seguidas subcampeona olímpica. Aunque ganar una olimpíada parece imposible ante el poderío actual de India, China, Estados Unidos y Ucrania, algunos recuerdan la sorpresa de Uzbekistán en 2022, con su conjunción de buenos desempeños individuales.

“La realidad supera notablemente a la ficción —enfatiza Jorge Rosito—. No hay un caso así, tan genial. Ni siquiera Gambito de dama, que fue un éxito de Netflix. Lo de Fausti es para una película en sí misma, mucho mejor que esa. Y todo en él parece noticia vieja, porque todo el tiempo va sumando nuevos logros. Es muy tierno verlo a Fausti cuando le ganó a Nakamura, el dos del mundo. La facilidad con la que jugó, cómo lo aplastó… tan suavemente. Y después ese festejo como si fuera el Dibu Martínez, haciendo el bailecito. Estamos todos muy ilusionados con el genio más grande de la historia argentina”.

Tiene cinco entrenadores: cada uno le enseña una cosa distinta. Atacar, defender, abrir, cerrar, posicionarse. Son 18 horas semanales de entrenamiento y el resto de los días los completa viendo videos de partidas, estudiando estrategias y entrenando solo contra la máquina. Los entrenadores manejan un ideal de juego: entre 80 y 100 partidas por año.

“Su mente no tiene capacidad para magnificar una plusmarca”, le había dicho Alejandro Oro a un medio nacional argentino cuando Faustino obtuvo la consagración. Hoy se siente más cauteloso.

A los demás, a los que no entienden de ajedrez, les cuesta pensar que no es un hobby ni un divertimento para niños. Su padre enfatiza a Rolling Stone que Faustino se prepara como profesional en un deporte mental, que es un juego de pensar, de razonar, de armar un plan, de ingenio e intuición.

Son tiempos agitados en la familia, y lo último que recibieron dolorosamente fue cuando algunos haters le recriminaron su cuarto puesto en el máximo campeonato argentino. Además, circularon noticias falsas de que se volvían a vivir a Argentina por una supuesta inadaptación a su entorno. Sus colegas salieron a apoyarlo, como el maestro Diego Valerga, que declaró: “Hay que entender que es sólo un chico, que juega como un genio, que hizo un torneo realmente excelente. Pero claro, como nos tiene acostumbrados a resonantes victorias, la gente a veces no comprende y cree que tiene que ganar siempre”.

“A Fausti lo veo poco, yo trabajo como contador en Badalona y él o va a la escuela o se la pasa entrenando. Nunca es como en Argentina, tu país, tus tradiciones. Extrañamos mucho”, dice Alejandro Oro, en charla telefónica desde España.

Es hijo único y cursa sexto grado del primario. Lo define como un niño normal, al que le cuestan algunas materias como Lengua. Desmitifica esa imagen del ajedrecista genio tipo rata de laboratorio. Fausti va a la pileta, a la plaza, a la playa. Repite la palabra sacrificio. El sacrificio de la familia por su sueño, el de jugar en las grandes ligas.

“Si querés jugar en la elite tenés que vivir en Europa y entrenar todo el día, 24/7. Acá están los mejores jugadores. Fausti está compitiendo directamente contra ellos, en los últimos dos campeonatos le tocaron cuatro del top 100 mundial”.

Alejandro y su familia debieron pasar meses sin documentos, hicieron trámites que los estresaron. “Además de problemas con la mudanza, el hecho de irse a otro país no es algo idílico. Cuesta empadronarse como profesionales, en el país hay trabas para alquilar una casa en la condición de extranjero”. Su mujer, aclara, todavía no tiene trabajo ni le salió la residencia.

Niega varias mentiras que se dijeron sobre su hijo. Una de ellas, que había dejado la escuela: “Fue algo ignorante además de mala leche, porque cuando dijeron eso no sabían que nosotros nos terminamos de mudar en marzo, cuando acá empiezan las vacaciones”. Y agrega: “Faltó un par de veces a la escuela, pero eso está contemplado. Se ausentó cuando jugaba torneos, porque eso es un desgaste físico y mental en un juego que exige una máxima concentración durante cuatro o cinco horas”.

Dice a este medio que son una familia reservada y sencilla, sin demasiada exposición. Se guardan. Dice que cada vez más le escriben periodistas de medios de todo el mundo. Se lo nota cansado, algo molesto. “Solo hacemos alguna que otra nota porque nos parece bien que a Faustino lo escuchen cada tanto”, acota, enojado con aquellos periodistas que dijeron cosas que eran fake news. “Ni siquiera se preocuparon por escribirme. Inventaron cada burrada que no es necesario recordarlas, nos hicieron un daño terrible”, se indigna.

Luego retorna a su vida en Argentina. “Nosotros trabajamos desde los 18 años y renunciamos a dos puestos ejecutivos, tanto mi mujer como yo. Y ahora me desayuno con gente que escupe que nosotros vivimos de Faustino y le chupamos la sangre”.

-Papi, quiero ir a jugar a este torneo. Es importante.

-Y… Fausti… veamos los gastos de pasajes, de comida, de hotel.

Dice que nadie conoce el esfuerzo que significan los torneos internacionales de ajedrez. En muchos de ellos, el árbitro cobra más que los jugadores y los familiares se deben financiar la inscripción, los pasajes, los viáticos. Hace pocos meses Alejandro no conseguía trabajo y en la familia tuvieron que apelar a los ahorros. Entonces se acercó un grupo de mecenas anónimos —conoce a uno solo, argentino— que, conmovidos por la historia, ofrecieron pagarles el entrenamiento y los viajes. “El torneo que le dio a Fausti el título más joven de la historia, no entregaba plata. En otros que son importantes, el premio más grande son tres mil euros. Así que imagínate, vivimos a pérdida”, se exalta.

Faustino Oro, junto a sus padres, Alejandro y Romina

El ajedrez se está convirtiendo en un deporte donde la edad de los jugadores es cada vez más temprana. “Se la compara con la gimnasia olímpica, donde a los 18 casi que no servís porque los huesos están más duros. El ajedrez al principio es algo aburrido pero después descubrís que es un arte. Es un deporte que te acompaña hasta la muerte, hay gente que lo sigue jugando en todo el mundo a los 90, 95 años”.

Lo de Faustino fue algo totalmente inesperado. La primera semana que aprendió a jugar perdía todas las partidas y parecía desenganchado. Pero fue mejorando el nivel y a los seis meses su padre ya no le podía ganar.

“Fue una estampida. En un solo parpadeo”, suelta, ahora la voz entrecortada de la emoción.Él y su mujer tuvieron cierta vez una entrevista con un psicólogo deportivo, pero no con Faustino. “Él lo toma todo con mucha humildad. Se preocupa por seguir aprendiendo y no toma conciencia de lo que significan sus números”, dice.

Aunque está lejos de ser inexpugnable, sólo perdió cuatro partidas de las últimas 45 y todas con rivales mejores que él. En el ajedrez no es infrecuente el batacazo, a diferencia de otros deportes.

La familia se encarga de remarcar que no hay excesos ni desajustes en la vida de Faustino Oro. Su padre dice que su hijo duerme bien desde muy chico, diez, once horas por día. Que crece sano. Que lo mantienen alejado de los medios. Y también de los oportunistas (últimamente detectaron un estafador que creó una cuenta falsa haciéndose pasar por su manager). 

Se vuelve a indignar con los que denomina como “mal intencionados”. “El otro día escuché que decían que Fausti engañaba con trucos de tecnología y no sé qué otras patrañas. Él hace todas sus transmisiones con dos cámaras, una atrás y otra adelante para que vean lo que él está viendo. No hay forma que alguien de su edad pueda hacer trampa, tiene la madurez emocional de un nene. Se  daría cuenta todo el mundo, y Fausti se pondría nervioso”.

En los últimos meses de 2024, Faustino se fracturó un brazo en una clase de educación física. Lo enyesaron. En la escuela no suele llamar la atención, salvo cuando juega contra alguien de renombre como Carlsen, uno de sus ídolos. Sus compañeritos lo ven en la tele y entonces le hacen preguntas. Faustino sigue jugando al fútbol en los recreos, pegándole fuerte a la pelota. Cuando volvió a Argentina, en noviembre de 2024, además de la visita al presidente Milei en Casa Rosada y al estadio de su adorado Vélez, admitió que le gustaba ser famoso: no le esquivó a las cámaras, firmó autógrafos y se sacó selfies con gracia. Como si fuera tomándole el gustito a la popularidad.

En una de sus últimas apariciones periodísticas, además de elegir como su superhéroe a Hulk y  de preferir los fideos antes que el asado como comida favorita, de nombrar como su película favorita a Turbo y de decir que juega al FIFA con Vélez como equipo, le preguntaron si le gustaba el apodo de “El Messi del ajedrez”. Respondió secamente, fiel a su estilo.

“Si me dijeran el Ronaldo del ajedrez, me molestaría. Messi me gusta”.

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