“Ya no quiero ser la contra de nadie, hago lo que me gusta”, dice el compositor, cantante y actor Juan Ingaramo, nacido en Córdoba hace 38 años. El verdadero es su primer álbum en dos años, un período donde se abrió camino como actor, siendo parte de la segunda temporada de El reino y encabezando la obra teatral Pretty Woman, donde comparte cartel con Florencia Peña. “En algún momento de mi carrera estaba buscando validación externa. Como que me estaba definiendo el resto”, dice.
La decodificación de este presente son las canciones de su nuevo disco, que dan forma a una narrativa intimista y personal. Juan canta en un tono bajo reconfortante sobre sus amores (su mujer, la actriz Violeta Urtizberea, y su hija Lila), sobre la toma de decisiones, los vínculos, la fragilidad y el camino de la vida. Esas historias están plantadas sobre melodías pop con arreglos que las llevan a un clima jazzero que suele ser de pub, pero también invita al baile en algún caso. Esa sonoridad remite a su formación musical y sentimental, la que hoy, fines de 2025, llega a un estado más elevado: de maduración e identidad propia.
¿Cómo te trata el nuevo disco?
Con la tranquilidad de haber hecho el disco que quería hacer. Siempre hice los discos que quería hacer, humildemente. Pero también en otros momentos de la vida, que uno estaba más manija, más ansioso. El presente me agarra más calmo y seguro de lo que hice. Es mi álbum más sofisticado e inteligente. Y no suena pretencioso.
¿Qué lo diferencia de los anteriores?
Los discos para mí son como una foto musical de uno mismo, en un período. Además, mi discografía ha sido superecléctica. Entonces, siempre pienso un disco como una posibilidad de generar un concepto, una historia, una narrativa diferente. Acá las canciones son como respuestas a muchas preguntas y situaciones de la vida cotidiana, a este mundo vil y cruel en el que vivimos. Y estos últimos años creo que la industria musical ha cambiado mucho. Tanto el reggaetón como el trap han puesto un nivel increíblemente alto. Al final te puede gustar más o menos, pero la gente baila y consume cada uno lo que quiere. Creo que en Latinoamérica puede ser el estilo que más fuerte está. Y dentro de esa mezcla, de esa influencia que yo he tenido en el pasado con el flamenco, me he querido salir un poco de lo de siempre.
Tiene una narrativa muy intimista e introspectiva.
En este álbum no hay mucho personaje. Siempre aproveché los discos nuevos para convertir a la música en una posibilidad literaria. Mi penúltimo disco fue desde Córdoba para Córdoba, con una historia escenográficamente planteada. He sido como un cuartetero, como un trapero, he tenido un sonido más latinoamericano cuando empezamos a viajar. Mi primer álbum era como una cosa más prístina. Este disco no busca nada, es lo que es. Y eso le da un input de verdad, que es lo que me deja tranquilo.
¿Por qué esa decisión de abrirte?
Es un disco de mí para afuera, literal. Porque el personaje soy yo, digamos. O no hay personaje. Son todas historias contadas en primera persona. Y creo que también me hacía falta cierta sinceridad. Ahora, con el diario del lunes, veo que es necesaria, en esta coyuntura, la sinceridad de parte de los artistas. La música es un servicio. De alguna manera, es importante que aprovechemos ese lugar, por lo menos siendo sinceros y siendo ese prisma entre lo que sucede en el mundo y lo que podemos llegar a sentir.
¿Es el álbum más Juan que hiciste?
Al menos creo que es lo más Juan que podría haber sido hoy en día. Tiene algo de Juan en el sentido en los aspectos estrictamente musicales, armónicos, melódicos, que son una especie de zona de confort para mí, porque crecí en un entorno familiar musical, medio jazzero. En ese punto puede ser que sea el más Juan.
También el disco tiene una identidad muy pop, que puede ser un un rasgo de tu sonoridad.
El pop siempre es mi tapiz, ¿viste? En mi disco anterior el espíritu era ciento por ciento pop, solo que algunos temas se visten más de cuarteto, otros más de merengue, otros más regionales estilo mexicano. Una zanahoria que persigo y que es una de las variables más importantes de la música es la búsqueda de una identidad propia. Creo que es lo que más me importa en un punto, ser yo mismo. Encontrar un sonido, un concepto, un estilo, una libertad, un impulso.
¿Cómo fue trabajar con Mariano Otero como productor?
Estuvo bueno el proceso porque las canciones aparecieron. De algún modo, pienso que las canciones son seres vivos, que tienen una vida más allá de tu control. En su génesis. Nos juntamos con Mariano, que era un productor que siempre tuve en mi mente, como amigo y músico, porque compartimos la formación académica: los dos somos hijos de músicos, nos criamos con el jazz, disfrutamos del jazz. Sabíamos que iba a haber algo en común muy fuerte. Y efectivamente, la primera noche hicimos las maquetas, las ideas, de tres o cuatro temas.
¿Qué encontraste de nuevo trabajando con él?
Trabajar con la materia prima de la música, las melodías y la armonía. Eso fue muy lindo y muy reconfortante. Porque me conectó a mí también con esa época de la facultad, de estudiar música. Era una manera de trabajar que hace mucho no tenía. Lo disfruté mucho y me permitió llegar a este resultado, que es muy yo. En mi carrera probé muchas maneras de ser yo en la industria. Fui a componer a Miami, a México, he hecho camps y he buscado un montón de maneras. Y creo que ésta, al conectarme con mi historia, me da un resultado muy verdadero.
Volviendo al pasado, tu papá es músico, tu abuelo lo era también, viviste al lado del Sargento Cabral –un baile emblemático de Córdoba–: el destino era ser músico o músico, ¿no?
Había estudiado composición, pero era baterista. Soy baterista de formación, y tenía la banda de la escuela, que tocábamos en los festivales, en el barrio, tocamos en un pre-Cosquín Rock. Y después nos vinimos a Capital con el sueño de que pase todo esto que me está pasando y que me ha pasado, que es vivir de la música, tocar en festivales, viajar, conocer el mundo (¡conocí el mundo con la música!) y poder hacer lo que uno ama, que es muy loco.
¿Cómo fueron esos primeros años en Capital?
Vivíamos todos juntos en San Telmo, en un San Telmo que era muy dark. Trabajamos de cualquier cosa, yo estuve en un supermercado de promotor por dos años. En el medio el compositor de la banda se vuelve a Córdoba y ahí digo: “Bueno, puedo hacer canciones, puedo componer”. Empecé a proponer canciones en el grupo, pero ya estábamos en la parte final. Yo quería vivir de esto, entonces empecé a dibujar un mapita y ese mapa fue grabar un primer EP que me lo produjo Gonzalo Aloras. Paralelamente, nos producía Rafa Arcaute y medio que él es el que me dice: “Ojo con hacerte solista, me parece que sería una buena idea”. Ahí arrancó todo, de manera bastante inconsciente y eso ha hecho que todo lo que me suceda sea un regalo.
La familia ha tenido un lugar importante en tu carrera…
Creo que en mi vida la familia, como la música, son lugares en donde encuentro respuestas. También en los amigos y en cualquier vínculo amoroso. En mi vieja, en mi hermana. Ni hablar de mi mujer y mi hija. En este disco me estoy conectando con mis amigos también. Capaz que parece una boludez, pero el mundo está yendo hacia otro lado, más centrado en el individualismo, y estas cosas son amor.
¿Cómo estás con la faceta de actor?
Todo pasó sin querer. Y creo que es lo más lindo del arte en general. La posibilidad de sorprenderse. Esa es la posibilidad que finalmente tenemos los artistas. Y la actuación fue algo que siempre estuvo cerca y algo en lo que no tengo ambición, no tengo que demostrarle nada a nadie. No me comparo con nadie. No tengo un mandato, no soy un actor, no vengo de una familia de actores. La ecuación era positiva al mango y ahí empecé. Primero con El reino, ahora con el teatro, con Florencia Peña, que vamos a ir a hacer temporada a Mar del Plata. Y también hice otra serie para Paramount que todavía no salió y otra con Natalia Oreiro para Disney, que sale el año que viene.


