Joaquín Sabina arrancó su maratónica despedida en el Movistar Arena con un concierto retrospectivo y lleno de emoción

Joaquín Sabina repasó sus grandes éxitos, en el primero de una serie de diez conciertos con los que se despide ¿definitivamente? de los escenarios porteños

Por  HUMPHREY INZILLO

marzo 25, 2025

Guido Adler

Joaquín Sabina tiene su propia estampa, no hace falta decirlo. Pero la versión 2025 del trovador oriundo de Úbeda y pasaporte madrileño ostenta la elegancia del último Leonard Cohen y el vozarrón aguardentoso de Tom Waits. Ostenta, también, una poderosísima banda (la más rockera de su historia, deslizará en algún momento del show) y un vínculo sagrado e indisoluble con Buenos Aires. Por eso, la emoción inicial, la ovación que es un abrazo, las lágrimas incrédulas por la despedida. 

Sabina repasó sus grandes éxitos en el Movistar Arena (Foto Guido Adler, gentileza).

La de la noche del 24 de marzo fue la primera de las diez presentaciones que el cantante realizará en el marco de Hola y adiós, el tour con el que pondrá punto final a sus presentaciones en vivo. Un hito melancólico en la vida del artista que ha hecho de la melancolía uno de los ejes de su obra. 

El concierto arranca con un clip, el de “El último vals”, con la participación especial de sus amigos Joan Manuel Serrat, Jorge Drexler, Andrés Calamaro y Ricardo Darín, entre otros. Un comienzo mayúsculo que anticipa un concierto en el que primará la emoción. “Superviviente, sí, ¡maldita sea! / Nunca me cansaré de celebrarlo / Antes de que destruya la marea / Las huellas de mis lágrimas de mármol / Si me tocó bailar con la más fea / Viví para cantarlo”, dice Sabina en “Lágrimas de mármol”, de Lo niego todo (2017).   

“Viví para cantarlo”, dice Sabina. Y canta, y cuenta. “Estaba en el camerino pensando qué iba a decir en este momento y lo primero que quiero decir es que mi relación con esta ciudad es muy larga, de amor verdadero. Es una segunda casa para mí y muchas veces es la primera. Mis amigos de Madrid saben que siempre digo que si alguna vez me pierdo que vengan a buscarme a Buenos Aires”, dice. Y propone un rescate emotivo de La Casona de Conde de Palermo, el reducto en el que ofreció su primera rueda de prensa antes de cantar en el teatro Ópera, y de allí al Gran Rex, al Luna Park y a La Bombonera. Sabina traza un derrotero de lugares que funciona también como un inventario de su vínculo intelectual, artístico y cultural, con referencias al Martín Fierro, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y (“mi queridísimo”, Joaquín dixit) Juan Gelman. Y la canción: “Gardel, Yupanqui, Discépolo, el Polaco [Goyeneche]… Mercedes Sosa me pidió canciones y se las dí. He sido amigo de Charly [García], de Fito [Páez], de [Andrés] Calamaro”. También aprovechó para mandar sus cariños a los afectados por las inundaciones de Bahía Blanca. 

Sabina sonriente en el Movistar Arena (Foto Guido Adler, gentileza).

“Ni ángel con alas negras, ni profeta del vicio / Ni héroe en las barricadas, ni ocupa, ni esquirol / Ni rey de los suburbios, ni flor del precipicio / Ni cantante de orquesta, ni el Dylan español”, canta ahora Sabina en “Lo niego todo” (2017), otro tema más o menos reciente y definitivamente retrospectivo, en el que diluye con elegancia la construcción mítica de su figura. 

El repertorio, a partir de allí, es un viaje por toda su obra, un compendio de éxitos que arranca con “Mentiras piadosas”, uno de los pilares de su carrera, que en esta versión funciona como un derroche de rock & roll. 

El show no sólo está sustentado en su potente banda rockera, que suena con la justeza de una pequeña y ajustadísima orquesta. También están las pantallas, que potencian las canciones con clips y animaciones, uno especial para cada canción, con ilustraciones que remiten a artistas plásticos como Pablo Picasso, Edward Hopper o Benjamin Lacombe, cineastas como Georges Méliès o la etapa mexicana de Sergein Eisenstein, y paisajes madrileños, incluídas las estaciones del Metro, las tabernas clásicas y el estadio Vicente Calderón del Atlético de Madrid.

Un momento especial, claro, es “19 días y 500 noches”, una canción despechada que se transformó en un himno. El comienzo, con aires flamencos, crea una atmósfera especial en un estadio que, por momentos, parece un fogón gigante.

“Si vendieran voces y estilos en una tienda, yo pagaría cualquier cosa por comprarme la voz y el estilo de alguien que anda por ahí, de Sergio Dalma”, dice Sabina sobre su colega español, intérprete de clásicos como “Esa chica es mía” o “Bailar pegados”, en una de las tantas dedicatorias que hará en la velada. 

Sabina tiene una banda para enorgullecerse y, generoso, presenta a sus músicos con grandilocuencia, mientras las pantallas reproducen imágenes de ellos con sus instrumentos cuando eran niños: Jaime Asúa Abasolo y Borja Montenegro (guitarras), Josemi Sagaste (saxo y percusión), la argentina Laura Gómez Palma (bajo), Pedro Barceló (batería), la notable corista Mara Barros y Antonio García de Diego, el director musical, en guitarra, teclados, armónica y coros. Un poco para descansar, y otro poco para presumir, deja el escenario a cargo de Mara, primero, que se luce en “Camas vacías”, y de Asúa, luego, para “Pacto entre caballeros”.

En su reingreso al escenario, con un cambio de vestuario, canta “Donde habita el olvido” y luego arma una mesa de bar, acaso el terreno que mejor maneja además del del escenario, para cantar y contar. “Una canción para Magdalena”, con Tamara como parroquiana a su lado, y luego de una preciosa introducción, evocando el encuentro madrileño con la mítica cantora mexicana Chavela Vargas, “El boulevard de los sueños rotos”.

Hay homenaje a la copla clásica, Mara canta “No debía de quererte”, como preludio al tema de Joaquín que parece una continuación, o una contracara de ese standard ibérico: “Y sin embargo te quiero”.

El final es a puro vals, a pura lágrima: “Noche de boda” en medley con “Y nos dieron las diez”. Y hay una ovación, un descanso, un nuevo cambio de vestuario. 

Y sube la banda, con Antuán, director musical, como voz líder para recrear “La canción más hermosa del mundo”. Y juego, ya con Sabina, los últimos temas que suenan a abrazos: “Tan joven y tan viejo”, “Con la frente marchita” (y una leve y errática, pero referencia al fin, al Día Nacional de la Memoria, la Verdad y la Justicia), “Contigo” y “Princesa”.

La despedida final del primer concierto en Buenos Aires (Foto Guido Adler, gentileza).


A puro abrazo con su banda, y en un clima más de celebración que de melancolía, concluyó la primera noche de la larga despedida. Con su amigo Iván Noble, compañero de legendarias trasnochadas, como crédito local y telonero. Con un público fiel, que rendido a sus pies, entró en el juego retrospectivo de un repertorio que funciona como una autobiografía del artista y, como ocurre cuando el setlist es oportuno, también de sus fans, que lo que más querrían al final del concierto, es subir a darle un abrazo, a darle las gracias, a compatir sonrisas y lágrimas.

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