“Hola Ian, ¿cómo estás?” “Bien. Hoy estoy bien, podría decir que el vaso está medio lleno”. Ian Astbury responde optimista desde su casa en Los Ángeles, y a través de la cámara del Zoom se lo puede ver con una amplia sonrisa, anteojos negros y una bandana cubriendo su pelo. El 1 y 2 de de marzo volverá a actuar en Buenos Aires con la banda que creó junto a Billy Duffy cuatro décadas atrás, The Cult, y escribirá un nuevo capítulo de la extensa relación que mantiene el grupo con sus fans argentinos (su primer show aquí fue en 1991 y esta será su octava visita al país, donde ofreció quince conciertos, contando algunas presentaciones en Mendoza y Córdoba).
La última vez que hablamos, días antes de lo que hasta aquí es su último show en Buenos Aires, en 2017, Astbury me confesó que Carlos Tévez lo había inspirado para bautizar al décimo disco de The Cult Hidden City (Ciudad Oculta) y esta vez me recibió con otra referencia futbolera: “Everton (equipo del fútbol inglés del cual es hincha) acaba de fichar a un nuevo jugador argentino, Carlos Alcaraz, que jugó en Flamengo y creo que en Racing también. ¿Estuvo en Racing o en Rosario? En Racing, ¿no?. Así que tenemos un nuevo jugador argentino y eso me emociona. Ayer jugó un gran partido. Y, la verdad, soñábamos con un 2-2 así, con un gol en el último minuto. ¡Qué grande Tarkowsky!”, se entusiasma el cantante en alusión al jugador que empató el partido para el Everton contra el poderoso Liverpool.
¿Estás viendo la Champions League?
No, quizá sea porque el Everton no juega, pero en un punto estoy aburrido de la Champions. Esta nueva estructura no me entusiasma. Es como, “¿En serio? ¿Van a seguir cambiando el formato para ganar más dinero?”. No sé. Querían la Superliga… ahí la tienen. Disfrútenla.
El año pasado The Cult inició su 8424 Tour para celebrar cuarenta años arriba de los escenarios y la prensa internacional describió sus conciertos como una suerte de “renacimiento” del grupo. “Bueno, definitivamente hay un renacimiento”, dice Astbury. “Tal vez la pandemia significó un reinicio. Para todos, claro. Pero, quiero decir, The Cult… Hago otras cosas además de The Cult. Tengo una vida por fuera del grupo, también de manera creativa. Y una vida personal. Ya sabés, voy a la tienda, entreno y así. Y siento que, después de la pandemia, la gente comenzó a buscar respuestas. Porque nunca habíamos experimentado, como generación, algo a nivel global de tal magnitud que nos afectara a todos. Y de repente, todos miran a su alrededor y dicen: ¿Quién tiene las respuestas? ¿Quién tiene alguna visión de todo esto? Y la gente empezó a mirarnos. Muy lentamente. Sentimos que esa energía venía hacia nosotros. La gente empezó a hacernos preguntas más profundas, como ‘¿Por qué pensás así? ¿Por qué actúas así en el escenario? ¿Por qué escribís estas cosas? ¿Qué estás diciendo? ¿Podés darle un sentido a lo que acaba de pasar? Y yo respondo: ‘Sí’. Siempre hemos podido. Pero estábamos todos tan atrapados en el materialismo, en la búsqueda de validación externa, en la búsqueda de un premio, en la búsqueda de más “me gusta”, en la búsqueda de ser la persona más bella estéticamente, que cuando llegó la pandemia arrasó con todas las percepciones materialistas de la vida. De repente, la muerte se nos presenta a todos al mismo tiempo. Y tenemos que contemplar que la vida es valiosa, y que la socialización es valiosa. Y para quienes vivimos en sociedades más libres, eso es muy valioso. Poder reunirnos para celebrar, para tener esa intimidad, ya sea en un concierto, en un cine, en un partido de fútbol, en la ópera, en una galería de arte, donde sea, en un restaurante. Eso es lo que realmente es la vida: intimidad, conexión, aprovechar al máximo tus relaciones y tu entorno. Si tenés un don creativo o lo deseás, hacelo. No dejes que nadie te diga que no podés. Encontrá la manera. Sé como el coyote. Encontrá el camino. Si te conectás, encontrarás el camino. Creo que The Cult representa…”.

Astbury detiene por unos segundos su monólogo, piensa y continúa: “La gente dice sobre mí: ‘Está en una suerte de renacimiento. Es como el renacido’. Yo he sido así desde que era un niño. No sé por qué. Tal vez sea porque soy celta. Crecí en Glasgow y Liverpool, y los celtas son bastante resistentes. Creo que por eso los celtas y los argentinos se llevan tan bien. Los escoceses, los irlandeses, los galeses y los argentinos. Hay algo en la sangre. Algo que nos impulsa. Somos gente tribal, somos pueblos indígenas. Simplemente tenemos pasión, una gran pasión por todo. Claro. Por la comida que te gusta, por los libros que leés, por la persona que elegís para que esté a tu lado, por tu equipo, por tu música. Quiero decir, no sé, tal vez la gente se sintió atraída por nuestro simbolismo, nuestro contenido lírico, nuestra filosofía existencial, lo que sea. Simplemente está pasando algo, un momento sinérgico”.
Ian Astbury es un gran conversador y, por lo tanto, un gran entrevistado, aunque en situaciones así, a veces resulta difícil intercalar alguna pregunta. En medio de su alocución logro preguntarle acerca de sus inicios, de cómo le pegó la fama cuando el grupo se hizo popular (este año se cumplirán cuarenta desde la salida de “She Sells Sanctuary”, primer simple del álbum Love, con el que The Cult explotó en la escena británica). “El primer sencillo de The Cult fue ‘Spirit Walker’ (de su disco debut, Dreamtime, 1984) y ese fue el primero en tener impacto para el grupo. Entró en las listas principales y funcionó muy bien. ‘She Sells Sanctuary fue, un año después, como una extensión de eso. Fue todo muy rápido”, asegura.
El cantante cuenta que a los 18 años vivía en la calle, “dormía en estaciones de autobús, en estaciones de tren, cada tanto en alguna casa okupa, en edificios viejos. Era un chico punk. Robaba comida. Lo siento, pero tenía que hacerlo. Tenía que comer. Finalmente encontré una habitación en una casa y pasó que en esa casa había una banda ensayando. No tenían cantante. Me pidieron que cantara para ellos. Esa banda era Southern Death Cult. Y desde ese mismo momento, todo fue instantáneo. En nuestro quinto concierto, nos reseñaron en la revista Sounds. Solo teníamos seis canciones. Fue todo muy rápido. Así que desde los 19, 20 años pasé de ser un chico sin hogar a salir en la portada de la New Musical Express (NME). En 1982, Anton Corbijn nos fotografió en Southern Death Cult y nos ofrecieron 100.000 libras para firmar con CBS Records. Literalmente no tenía nada y de repente, en 18 meses, mi banda y yo recibimos una oferta de 100.000 libras para ir con CBS. Dije que no. Prefería ir con (el sello independiente) Beggars Banquet, porque ellos realmente estaban interesados en lo que estábamos haciendo musicalmente. No nos veían como un caballo de carreras comercial. Estaban culturalmente interesados. Les interesábamos como personas y lo que intentábamos crear. Y ellos no nos dieron dinero. Nunca me interesó… Yo solo quería hacer lo siguiente. No prestaba atención a las revistas. Y luego llegó Live Aid. Fuimos al festival, hicimos el video de ‘She Sells Sanctuary’ y todo explotó. Me acuerdo de que terminé en una entrevista con Bob Geldof, en una cabina sobre el estadio. Queen estaba en el escenario. Así fue que salí en la BBC y todo fue una locura. Todavía vivía como okupa en una casa en Brixton y volví en subte desde el estadio Wembley. Cuando llegué, mis amigos me dijeron ‘te vimos en la tele’. Fue como: ‘¿Qué está pasando? Esto es tan extraño’. Habían empezado a objetivizarme y entonces enseguida llegaron los críticos. Ellos decidían quiénes éramos, quién era yo, qué estábamos haciendo. Y escribían sobre eso. Y yo pensaba: ‘Eso no es lo que está pasando conmigo. Esa no es mi experiencia. Yo solo estoy tratando de tomar lo que siento, mi experiencia vivida, y crear’. Nunca pregunté por el dinero. No tenía idea de cuánto dinero tenía ni de cuánto costaban las cosas. No lo sabía. Solo estaba haciendo discos. Y comprarme ropa. Amo la ropa. Y los libros y el cine. Así que iba a muchos conciertos. Iba a ver muchas películas. Iba a clubes. Pero no solo por diversión. Sino porque me interesaba el contenido. Quería aprender más. Vorazmente absorbía toda la información y experiencia de vida que podía, para luego plasmarla en un disco o una actuación”.
Decís que eras punk en aquel entonces ¿Cómo impactó en vos el movimiento punk?
En realidad, yo estaba en Canadá cuando todo eso estalló. Viví ahí desde los 11 hasta casi los 16 años, a solo 60 kilómetros de la frontera con Nueva York. Mi educación fue muy norteamericana, muy americana. Siempre tuve a Bowie. Desde los 10 años, él fue una presencia constante. Bowie era enorme, era todo. En Canadá, con la radio FM, escuchaba música en estéreo. Recuerdo haber visto a los New York Dolls en televisión en 1974. Ya intuía que algo diferente venía desde Nueva York: Bowie, Lou Reed, los Stooges… Pero era muy joven para entenderlo a fondo. Cuando salieron los Sex Pistols tenía 15 años. En 1977 fui de vacaciones a Inglaterra, justo cuando God Save the Queen estaba en el número uno de los charts, pero al mismo tiempo era censurada en las tiendas. Vi a chicos punk en Liverpool y le pedí a mi madre el disco para Navidad. Ese año recibí Never Mind the Bollocks y me convertí en punk. Me corté el pelo, y mi hermana convirtió mis pantalones acampanados en chupines. Con una chaqueta de leopardo sintética vieja, me hizo un bomber. Gasté casi nada, pero me transformé. El punk era mi vida. Más tarde vi a los Ramones y a The Clash. Nunca a los Pistols, aunque Billy (Duffy, su amigo y compañero de banda de toda la vida) sí. Pero lo que más me marcó fue la filosofía de John Lydon, Malcolm McLaren y Vivienne Westwood: “Sé un individuo. Hacelo vos mismo. Aprendé. Descúbrelo por ti mismo”. Esa ética me llevó a explorar más música. Lydon amaba el reggae, y yo lo descubrí a través de un amigo jamaiquino en Canadá a Bob Marley, a Peter Tosh… Al regresar al Reino Unido en 1978, los únicos clubes seguros para punks eran bares gays, clubes de reggae o discotecas, porque los bares tradicionales eran peligrosos. Ser punk era ser diferente, vivir al margen.Con el tiempo, Bowie, Lou Reed e Iggy Pop empezaron a tener más sentido para mí. Crecí con ellos. Leía mucho: filosofía existencialista, Orwell, Patti Smith… Todo lo que ellos mencionaban. Aprendí sobre cine, moda… Esa fue mi verdadera educación. Yo venía de una familia trabajadora: mi padre entró a los astilleros a los 14 años. Por eso aprendí por mi cuenta.
¿Y Billy Duffy? ¿Dónde entra en tu vida? ¿Quién es él para vos?
Billy es mi lado pragmático. Está muy conectado a tierra y, como líder musical de la banda, tiene que serlo. Si yo llevara esa parte, probablemente no habría estructura, sería puro caos. Billy es quien aterriza el relámpago. Ambos cumplimos roles esenciales y complementarios. Algunos nos comparan con Jagger y Richards, pero no, eso es algo distinto. Lo nuestro es un espacio alquímico y ritual, una sinergia única. Billy es un artesano, domina su oficio y obtiene un sonido increíble. Juntos, nuestra mezcla crea algo nuevo. Y eso es The Cult.

