Dillom: “Si no te da un poco de vergüenza mostrar tu música, algo mal estás haciendo”

Días de aislamiento en el estudio, noches de euforia y shows sorpresa, y un mano a mano profundo: encuentros cercanos con el artista más difícil de encasillar de su generación

Por  MANUEL BUSCALIA

septiembre 30, 2026

Fernando Gutiérrez

“Estamos haciendo nuestra mejor música, por lo menos en mi opinión, después cada uno tendrá la suya”, dice Dillom. Es una tarde de comienzos de febrero de 2026, y aunque la temperatura es de más de 25 grados, está vestido de traje y zapatos negros, camisa blanca, corbata con rayas y unos anteojos de sol aviadores. Tiene entre sus manos un bastón de madera. Camina por el patio arbolado de una antigua casona de 1860, en San Miguel del Monte, donde se instaló hace quince días con su equipo para grabar su tercer disco, La nueva violencia. “Queríamos un lugar que pudiera albergar a todos, en el que la acústica acompañara, pero que también nos nutriera estéticamente. Entrar en la película y comernos el viaje. Y la vestimenta es parte de eso. Poder mirarse al espejo y decir: ‘Guau, estoy grabando un disco en una situación completamente lisérgica’”. · Hoy es el último día del campamento de grabación y se cumplen dos semanas desde que Dillom usó redes sociales por última vez. La regla que se estableció al llegar a la casa fue que todos los involucrados debían borrar las aplicaciones de sus celulares –Instagram, Twitter, TikTok–, como una especie de experimento social para enfocarse en la creatividad. “¿Pasó algo de lo que me tenga que enterar?”, pregunta. No es un chiste. Acá las noticias solo llegan con los visitantes. A Dillom se lo ve muy tranquilo, pero también cansado. Recuerda que, al principio de la experiencia, tenía el reflejo de agarrar el celular, y lo volvía a guardar porque no tenía nada que hacer con él. Eso lo llevó a buscar otro tipo de distracciones. Algunas en broma, como escribir cosas en un papel higiénico para tener algo que scrollear con el dedo; contar cosas que recordaba de un reel que vio; y también leer libros –terminó el de Tomás Rebord y ahora está con uno de Johnny Cash–, e incluso a desarrollar una especie de capacidad meditativa. “Ahora puedo estar en una reposera quieto y mirar el cielo y perderme en mis pensamientos por una hora y media. Parece que se pueden recuperar las neuronas de alguna forma”, dice.

Los primeros días acá se levantaba cerca de las nueve, salía a correr, tomaba un shot de jengibre, se metía a la pileta, se bañaba, desayunaba y se cambiaba para empezar una jornada de grabación que muchas veces terminaba a las cuatro o cinco de la mañana. Con el pasar de las sesiones de entre diez y doce horas, y el cansancio acumulado, los hábitos saludables se volvieron difíciles de mantener. “Igual, máximo me despertaba a las diez”, aclara.

Acaban de llegar Mariano, el padre de Dillom, y uno de sus hermanitos. Es la primera vez que vienen, “para que puedan darse una idea de todo lo que vivimos estos días acá laburando y toda la locura que armaron los pibes, porque no es lo mismo que verlo en fotos o en video”, dice el músico. Mientras sube por las escaleras de madera, comenta que pusieron un micrófono en uno de los baños de planta baja y cuenta que decidieron documentar todo lo que pasaba a través de un circuito cerrado de video sin audio. Casi un reality. Parte de ese material será publicado en una transmisión en vivo en el canal de YouTube del artista como parte de la promoción del disco. 

El cuarto donde pasó estos días está en el primer piso. Tiene paredes y cortinas blancas, dos camas y una ventana con vista a una arbolada. Es muy luminoso. Hay un cuadro antiguo de la casa que parece pintado con acuarelas, un placard grande de madera con un espejo –lleno de camisas y sacos muy años sesenta y setenta que trajo para usar acá–, y una mesita sobre la que se ven cadenas, anillos y tres gorros: una visera roja transparente que dice Las Vegas, otro que podría ser de capitán de barco y uno estilo cowboy. “Me vine stockeado para tener un vestuario nuevo cada día”, apunta.

Después del tour, que incluye un paseo por el altillo del último piso (“Al principio nos daba miedo y muchos no se quisieron meter acá porque escuchábamos ruidos raros”), baja a la sala donde está armado el estudio. Hay una araña de madera colgada en el techo, una alfombra peluda color arena justo en el centro, un sillón azul que tapa una chimenea y un montón de teclados, sintetizadores, cables y guitarras por todos lados. También, una consola Neve, una mesa de mezcla analógica de audio de alta gama que se creó en los sesenta. Una como esta se usó para la grabación de clásicos como Nevermind de Nirvana o Born in the USA de Bruce Springsteen y para mezclar la icónica banda sonora de Star Wars. Toda una leyenda. 

(Foto: Fernando Gutiérrez)

Llega el momento de escuchar La nueva violencia. Es algo muy distinto de lo que hizo Dillom hasta ahora. Son catorce canciones de rock-pop bailable con toques de post-punk y electrónica, que remiten a bandas como Queens of the Stone Age, LCD Soundsystem y Babasónicos. Es un disco hecho para tocar en vivo. Las letras hablan de entrar a baños bisexuales, la sobreestimulación, fiestas de gente careta, la fama y dejar de ser parte de la gente común, la hipersexualidad, la dificultad de amar y hasta de un Shazam para identificar mujeres en lugar de canciones. Es divertido e irónico, pero también crudo. Un reflejo de la sociedad actual, no desde una perspectiva que la juzga, sino de alguien que la experimenta en exceso. 

“El proceso de este disco fue el más tranquilo de todos”, dice Dillom. “Cuando estaba terminando Por cesárea, ya tenía la cabeza en este. Hablé con Fermín y le dije que tenía una idea y que pensaba que él era indicado para seguirme la joda con esto”. 

Se refiere a Fermín Ugarte, productor general de La nueva violencia, con el que también trabajó en sus discos anteriores. Para la grabación se les sumaron Coghlan, Bernardo Ferrón, Franco Dolzani y Samuel Shea, que completaron el equipo creativo que participó en la composición y coproducción, y Guillermo Salort, que tocó todas las baterías. “La verdad que la pasamos increíble. Hubo muchas emociones, lágrimas, enojos y muchísima, muchísima risa, la verdad que más que nunca”, dice. “Fue enloquecedor por un lado, hermoso por otro lado. Siento que solamente fue un día muy largo”.

PARTE II: ROCKSARIO

El lobby del hotel, en el centro de la ciudad de Rosario, Santa Fe, está lleno de adolescentes que integran un equipo de hockey de Santiago del Estero. Van de acá para allá, mientras músicos y técnicos de la banda de Dillom bajan de las habitaciones y suben a la van en la entrada. Hoy tienen un show gratuito para novecientas personas en la Sala de Las Artes, que se anunció esta mañana y se agotó en menos de una hora. Los jóvenes deportistas desaparecen cuando Dillom llega con su computadora bajo el brazo. Aunque no le molesta para nada –se para y sonríe cada vez que alguien se le acerca a saludarlo o a pedirle una foto– se acaba de salvar de que la salida del equipo se demore por un buen rato. 

Es la tarde del primer jueves de septiembre. El evento de esta noche forma parte de la presentación de La nueva violencia, que salió el 12 de agosto pasado. Antes de publicarse, la versión que sonó meses atrás –el último día de la grabación–  pasó por el proceso de mezcla de Santiago De Simone y la masterización de Ruairi O’Flaherty, ingeniero de sonido que trabajó en los últimos discos de artistas como Kendrick Lamar, Madonna y Charli XCX. Además, se les sumaron las colaboraciones de St. Vincent, Sebastian Murphy (Viagra Boys), Dickhead Mehrtens (Amyl and the Sniffers), Miranda!, Juana Aguirre y un coro formado por Juana Rozas, Babeblade y Terra. Además, hay una participación secreta que los fans deberán descubrir. En tiempos donde la industria musical hace alarde de los feats como estrategia de marketing, en este disco se decidió volverlos invisibles. No están mencionados, con la idea de que la música sea la protagonista.

Como parte del lanzamiento, el sábado siguiente a su publicación, Dillom y sus compañeros de Bohemian Groove, su sello, tuvieron la idea de hacer tres fechas gratuitas en Buenos Aires. Se anunciaron el mismo día y se llamaron Las noches violentas. Solo podías conseguir un ticket –físico, como los de antes– si ibas de forma presencial a la boletería del venue. Una vez que se acababan las entradas, se anunciaba la próxima presentación. Primero El Teatrito, después Niceto Club y por último Deseo. El concepto se repitió en Ciudad de México, con karaoke incluido. 

Ahora, antes de empezar la gira que lo llevará a recorrer Argentina, Uruguay, México y Paraguay, se hará una última Noche violenta, con un after en el que Dillom será el DJ.

(Foto: Fernando Gutiérrez)

En el trayecto a la prueba de sonido, prepara su set y suma a la lista algunas canciones de Happy Mondays, The Clash, Beastie Boys y del último disco de Charli XCX, Music, Fashion, Film. “Muy en sintonía con La nueva violencia”, dirá después en su segunda charla para esta nota con Rolling Stone antes de salir al escenario. “No solo es la música sino también un concepto estético que va en sintonía con lo que queremos que pase culturalmente en la ciudad. Los shows que queremos hacer, las fiestas a las que queremos ir, los happenings que queremos que sucedan”.

El camarín de las Salas de Las Artes tiene un par de sillones y mesitas con manteles negros y está decorado con unos cuadritos con las portadas de los discos anteriores de Dillom. Hay unos candelabros con velas, botellas de agua mineral, frutos secos, té, miel, y algunas cosas más. 

Cuando entra la banda (El Gringo y Franco Dolzani en guitarras, Santiago Ludueña en batería, Bernardo Ferrón en bajo y Juana Rozas y Babeblade en coros), reciben algunas cartas y regalos de los fans. “Ojo, que no sea una macumba”, dice alguien en broma. “Hace poco fui en auto a lo de un amigo y cuando bajé tenía plumas, sangre y maíz en el parabrisas. Al otro día me levanté con conjuntivitis”, dice Dillom. Después consultó un par de brujas amigas, “por las dudas”. 

Mientras el resto comienza a probar sonido en el escenario, Dillom conversa con Juana Rozas y Babeblade sobre una posible coreografía. Las chicas se sumaron a la banda en vivo para Las noches violentas. Las dos cantan excelente, pero además aportan energía escénica y performática al show. En ese momento se me ocurre preguntarle qué va a hacer en “Fashion”, momento en que su amigo y socio creativo Andrés Capasso, a.k.a No Duermo –que está de viaje–, sube al escenario para bailar atrás de él y acompañarlo en los coros que grabó en la canción. 

“¿Te animás a hacerlo vos?”, me dice. Así de relajado es Dillom.

Como estuve en los shows anteriores, conozco lo que hay que hacer. Y también sé la letra porque es mi canción favorita del disco. Pienso un poco en Hunter Thompson, padre del periodismo gonzo, y en cuándo voy a tener una oportunidad de hacer algo así. Pero también en los colegas que van a asistir a la presentación y el qué dirá la gente que me conoce, incluidos mis compañeros de esta revista. Al final, me sumo a la prueba de sonido y dicen que “salió bien”, así que horas más tarde hago mi papel de sombra de Dillom y corista extra. Otra vez: así de relajado es Dillom.

Pasan las horas en el camarín entre charlas que van desde cuestiones de la fecha hasta la firma de un contrato que llegó hace un rato para un festival muy importante en 2027. Ahora suena LCD Soundsystem y trajeron una picada. Dillom se cambia, realiza unos movimientos para entrar en calor, estira el cuello, baila y se sirve una copa de vino. En general se permite una antes de salir al escenario. Todo está demasiado tranquilo para lo que cualquiera imaginaría del backstage de este artista. “Nos reímos porque llegan rumores de gente que dice: ‘El camarín de Dillom está lleno de minas, hay orgías, de todo’. Las dos primeras mujeres que entraron al camarín fueron las coristas, creo. Es muy tranquilo, muy familiar. La verdad es que somos unos gordos que comen picada y toman cerveza. No hay nada mucho más extravagante que eso”.

Después de tocar en Vélez, y considerando el panorama económico del país, lo que cuesta producir y el precio de las entradas, era casi imposible imaginar que un artista como Dillom volvería a presentarse en lugares para menos de mil personas. Pero acá está. Contento y motivado, a punto de salir al escenario, en un show por el que no va a ganar un peso. De hecho, toda la movida de Las noches violentas representa una inversión bastante grande para el bolsillo de Bohemian Groove. “En vez de hacer el famoso evento de release para toda la gilada y que vengan los mismos de siempre, que por ahí están porque hay catering y ni escuchan el disco, salió la idea de destinar esa guita –aunque terminó saliendo mucho más caro– en hacer un evento para que participe la gente. Es un disco para invitar a la escucha activa”, dice. 

(Foto: Fernando Gutiérrez)

“Sentía que era lo que había que hacer. A mí me pareció una idea superdivertida e innovadora por otro lado esto de copar las ciudades adonde vamos y hacer que la gente se mueva y salga a la calle. No sé si voy a cambiar algo, pero me parecía divertido recuperar esa presencialidad, sacar a la gente un poco a que toque pasto, ¿no? Y que viva un poco de emoción, se cruce con otros y poder inspirar a que pasen más cosas así. No me gusta ponerme en una postura que parece medio gagá de decir: ‘Están todos con el celu’, si no parezco el cartel de un bar que dice ‘no tenemos wifi, acá se habla a la cara’. No banco esa panfleteada barata. Pero sí me interesaba aportar a mantener viva la llama de lo cultural del país. Y quizás buscar algunas respuestas que estaban en el pasado, en cosas que están buenas, porque no todo avance es un progreso. Cada herramienta que tenemos a la hora de hacer música y todo lo que la acompaña también es una oportunidad para mantener una postura, poder decir algo y que vaya a favor de la narrativa que queremos contar”.

Llega el momento del show, y aunque no pasó ni un mes desde la salida del disco, todos saben las canciones. Suena La nueva violencia de principio a fin y la banda arrasa. El volumen está muy alto, pero el sonido no se rompe. Hay distorsión, pogo y baile. Para el final, suman “Ola de suicidios”, “Rojo profundo” y “Buenos tiempos”. Es la mejor presentación de las cuatro que hicieron hasta ahora. Dillom está full modo frontman y termina en cuero con el micrófono colgado dentro de su pantalón. Solo queda la cena y el after con una hora y media más de música en modo DJ set. Solamente otro día muy largo en la vida de Dillom. 

Parte III: La grabación de REC

Pasó una semana de la presentación en Rosario y Dillom está sentado en medio de un descampado en el barrio de Barracas, al sur de la Ciudad de Buenos Aires, listo para su tercer y último encuentro con Rolling Stone como invitado en el episodio debut de REC, el primer ciclo de entrevistas audiovisual en la historia de la revista.

Estamos en tiempos en donde todo parece quedar registrado ¿Qué pensás que vale la pena que quede registrado de Dillom? 

Mi música. A veces hay mucho registro, ¿no? Más que nada lo vivo en los shows. Viste que uno no se puede equivocar tanto o tener algún tipo de blooper porque queda inmortalizado para la eternidad. 

Escrachado forever… 

Sí, por eso no me gusta cuando streamean los shows. Porque, además, siempre se escuchan como el ojete. No es lo mismo que vivirlo ahí. La mezcla de sonido es distinta. Y también hay errores o imperfecciones que pasan más de largo estando en vivo que cuando quedan impresas ahí, para mí. Los streamings de los shows son antiartistas [risas].

Yo tengo un proyecto a futuro para tratar de buscarle la vuelta a los shows y tratar de que haya menos celulares. Pero no por una cuestión de viejo choto, de “no, el celu”. También entiendo a la persona que me paga la entrada y se quiere llevar un recuerdo, está todo bien. Por eso es una discusión más larga. Pero, bueno, tiene otra magia que las cosas que pasan ahí dentro del show se vivan solamente ahí y que quede en el momento. También eso da la oportunidad a otra soltura para los artistas y que pasen cosas más locas. Porque si uno se sube al  escenario pensando en, no sé, no puedo eructar porque me filmó que estoy eructando, o  me vio el ojete en un momento… Yo no tengo problema con eso. Se me ve el ojete en todo el show. Lo muestro yo. Pero hay una cosa inhibitoria de decir: ‘No puedo mandarme ninguna porque estoy siendo filmado por trescientos celulares al mismo tiempo’. Antes los artistas hacían cualquiera en el escenario. Tomaban falopa en el escenario. 

¿Te hubiera gustado vivir esos tiempos?

No, no sé, es distinto. Pero ahora uno está más bajo la lupa. Y a veces uno escucha historias de otras épocas, de que, “uh, una vez fui a un show de no sé quién y pasó esto”, ¿viste? No voy a dar ningún ejemplo puntual…

Como que Alice Cooper subió desnudo al escenario…

Claro, y bueno, lo que se había armado con lo de los pollitos de Kiss. Inchequeable, nunca pasó, pero se armó la historia de eso, que estaba bueno. 

Tu nuevo disco, La nueva violencia, habla de todo esto que estamos charlando: los excesos, la sobreinformación de las redes, las poses, el mundo en el que vivimos. Pero lo hacés desde un lado que no juzga, sino que lo experimenta.

Sí, incluso experimentándolo y padeciéndolo por otro lado. Un poco la idea del disco nació en un momento en el que me empecé a sentir enfermo, obviamente por ser parte. Y también perpetuándolo de alguna otra forma, al mismo tiempo que sufriéndolo. Pero llegó un punto en que empecé a decir: “Esto me está haciendo mal, no me gusta”.

¿Qué te pasaba? ¿Te sentías estresado?

Me sentí una persona enferma. Dije: ‘Tengo una adicción a mirar estas pelotudeces todo el día, esto está influyendo y carcomiéndome por dentro la cabeza’. Y eso que uso el celular bastante, pero tampoco estoy tan mal. De hecho, no tengo TikTok, nunca entré en esa. Pelotudeo en otras redes y todo, pero siento que soy una persona sensible en ese sentido y que puedo percibir cuando algo me está haciendo mal, cuando algo me está afectando y tiene una consecuencia en mi vida real y en mi forma de ser. Y como esto pasa a nivel generalizado, quizás uno puede tener un poquito más de conciencia o no y decir: “Estoy chocho”. Pero a mí me afecta y me dije que tenía que hacer algo.

¿Y ahí nació la idea del disco?

 Y ahí nació eso, como poder dilucidar la parte más escabrosa de lo rutinario que vivimos todos, de esta nueva realidad, de esta modernidad, que, bueno, también tengo que decir que durante el proceso del disco esto solamente se acentuó. Porque lo habré arrancado a hacer hace dos años y en ese tiempo creo que hubo un aceleramiento completo de todas estas cosas que parecían feas y se expandieron muchísimo más. No es que mejoró.

¿Decidiste profundizar en este tipo de experiencias para inspirarte? 

No, ya eran parte de mi vida. Son mi vida. Quizás también el momento que estoy pasando personalmente y la edad en la que estoy son el pico de eso y el momento también para vivirlo. Porque si no lo hago ahora, cuándo lo voy a hacer. Eso hace que también me mueva en un mundillo en el que todas estas cosas, y otras más, están muy presentes, y en donde me siento un poco un outsider, porque, qué sé yo, hay gente rara con valores distintos…

¿Tenés algún recuerdo particular que haya servido para el disco?

No voy a dar nombres de dónde. Pero me pasa que cada tanto por ahí tengo una semana que estoy medio disociado, medio ansioso y no sé por qué. Cuando tengo esas semanas es donde más me expongo a situaciones así, como si estuviera buscando un choque de alguna forma que me haga volver a mí mismo. Me acuerdo que fui a una fiesta de una marca de Fashion Week, a la que me invitaron. No suelo ir mucho a esas cosas, pero esa noche dije: ‘Bueno, voy”. Y fui con Marttein y me acuerdo que cuando llegué me empezaron a sacar fotos, me estaban tratando como si me estuvieran garpando, y yo fui de onda. Me decían: “Vení, sacate una foto acá”, que no sé qué. Y en un momento nos tiraron en una cama y nos miramos como: “¿Qué estamos haciendo acá?”. De repente nos trajeron a unas modelos, que no hablaban, y nos sacaron fotos. Me fui con una sensación de qué horrible este mundo, pero bueno, ese mundo es así.

(Foto: Fernando Gutiérrez)

Todo eso está en canciones como “Fashion” y “Palermo Hollywood”.

Sí, claro, hay como un dejo de esas cosas raras, como un decir “qué superficial, este mundo”.

Siento que te llevás muy bien con la fama, que disfrutás mucho lo que hacés y de tu vida en general.

Sí, esto lo digo con mis amigos. Pero disfruto. No de la fama y de toda la boludez, de la careteada, sino del cariño y el amor de la gente. Me gusta que me paren por la calle y me digan cosas lindas. Y las cosas malas puedo pilotearlas bastante bien, como que no me afectan del todo, realmente.

Y tuviste picos, desde temáticas políticas hasta bardo con rockeros clásicos.

Sí, me meto en quilombos cada dos por tres, pero son boludeces que a los días pasan y no se acuerda nadie. Es también la parte divertida de tener tanta influencia de alguna forma. Es un poco gracioso hacer cualquier tipo de pelotudez y que tenga tanta repercusión en el mundo real. Y es un arma peligrosa también, ¿no? 

¿Sentís que tenés cierta responsabilidad al ser como un nuevo “ídolo de las masas” para un montón de chicos? 

Sí y no. Responsabilidad en el sentido de que no voy a decir en una entrevista: “Chicos, dejen el colegio, es lo mejor que hay”. O decir cualquier tipo de inconsciencia; que mucha gente lo hace, de hecho. Intento tener un reparo, porque nunca sabés quién te está escuchando y quién puede hacer una estupidez en consecuencia de lo que vos decís. Y después, no sé si una responsabilidad en tener que proclamarme en ciertas temáticas o ciertas problemáticas como: “Tengo que hacerlo porque el pueblo depende de mí”. Tampoco es que soy superhéroe, pero si siento que puedo aportar en alguna causa que me parece noble, correcta o algo así, trato de hacerlo. O incluso solamente en dar mi opinión sobre temas, si me preguntan. Trato de no escaparle a las preguntas porque estoy bastante en paz con las conclusiones a las que llego conmigo mismo. Por más de que tenga más exposición que cualquier persona normal. Digo lo que me parece y puedo equivocarme también.

Estamos en tiempos en donde muchos artistas no se animan a decir lo que piensan.

Y sí, es que también hay mucho hostigamiento de parte de gente que por ahí decís algo y tiene consecuencias en la vida real. Yo lo viví. Y decido cuándo pisar el acelerador y cuándo no, y cuándo tengo ganas fumarme consecuencias y cuándo no. Eso lo puedo entender. No lo comparto, pero lo entiendo. Y por otro lado también hay temas en los que yo no estoy del todo instruido o me considero ignorante; en eso no me voy a poner a opinar libremente.

Decidiste estar quince días sin el celular durante la grabación del disco. ¿Cómo sentís que eso afectó el proceso?

Una grabación tiene su parte aburrida también. El armado llevó tres días. Hasta que se prenden los equipos, se enchufan los instrumentos y se empieza a buscar el sonido. Yo no soy el que más sabe de esa parte, entonces ahí es un hueco en donde agarro el celular. Como no lo tenía pensé que podía ser todo un aprendizaje para mí. En vez de estar disperso, poder mirar, ver cómo funcionan las cosas, preguntar. Si no leer un libro o ver la letra, escribir más cosas, corregir otras. Me hizo alcanzar otra productividad. 

¿Qué hacían para entretenerse? 

Nos metíamos a la pileta, leíamos. Charlamos mucho. Escabiamos. Los últimos días se tornó en eso. Estoy aburrido, me hago un negroni. El pedo arrancaba cada vez más temprano.

¿Cómo fue salir de la casa y volver a agarrar el celular?

Volví a casa muy cansado, destruido de la mente porque fue mucha demanda cerebral el proceso de estar ahí tantos días con tanta gente, tantas horas de laburo. En un momento se te empieza a freír el cerebro. Y dije: “Voy a aterrizar en la rutina paulatinamente”. La pasé tan bien sin redes que dije: “Voy a bancar lo que pueda”. Entré a Instagram para ver que no se murió nadie. Cuando estuvimos allá nos contaron que habían metido preso a [el presidente de Venezuela, Nicolás] Maduro. Quería ponerme al día. Tenía muchos mensajes perdidos. Ninguno tan importante. Eso me hizo agarrar una conciencia de que no pasa nada. Por ahí tenés mala suerte y murió una tía… pero se iba a morir igual, aunque uses el celu.

En Post Mortem habla Dillom y en Por cesárea, otro personaje que inventaste. En La nueva violencia no está Dillom, ni nadie.

Eso es un buen detalle. Fue a conciencia. Nunca se habla de “yo” persona del mundo real. Es como una voz, no está personificada en mí. 

¿Por qué ese cambio de perspectiva? 

Primero, no quería hablar de mí. Porque ya me aburre. Segundo por esa cosa más terrenal y mundana de los nombres propios. Yo creo que al decir Dillom ya lo ponés en un plano de una persona terrenal que todos conocemos. Al hablar de cosas que me pasan a mí o que le pueden pasar a cualquiera sin un nombre y apellido es como más universal. Uno se puede sentir identificado. Esa letra te puede estar hablando a vos o a cualquiera. También, bueno, dejar de lado un poco la cosa egocéntrica en una obra. Yo siento que la obra es incluso más grande de lo que soy yo como persona.

¿Sentís que este álbum es tu mejor obra o más completa hasta ahora? 

Yo creo que sí. Pero a nivel personal de decir: “Bueno, hay un salto de calidad, una madurez. Un nivel de ejecución mucho más allá de todas las cosas que hicimos antes”. Creo que siempre estuvo el nivel de creatividad, eso no cambió. Y después es una cuestión de gustos. Te puede gustar más una temática, unas estética, eso es de cada uno.

(Foto: Fernando Gutiérrez)

En tu primera nota de tapa con Rolling Stone decías que Dillom era el personaje que habías inventado a tus quince años para hacer música y un poco para no exponerte tanto. En este disco no está Dillom. ¿Te sentís más expuesto?

No, no me siento expuesto. O sea, si bien a veces son como sentimientos muy profundos que tiene uno, que obviamente te remueven. Yo tengo la teoría, o lo escuché en algún lado y no me acuerdo dónde y lo estoy choreando, que si no te da un poco de vergüenza o de incomodidad mostrar tu música, algo mal estás haciendo. Me pasa en cualquier situación social: si voy a un lugar y ponen música mía no me gusta. Ahora estoy haciendo más las paces con eso. Este último disco es más socialmente friendly, hay temas más bailables, que podés pasar. Pero no me termino de sentir del todo cómodo. Hay cierta exposición de cosas profundas que le pasan a uno y mostrarlas al mundo de esa forma te puede dar cierta vergüenza. Pero en este disco las cosas personales están puestas en juego en un universo mucho más amplio.

Hay satirización, ironía. El absurdo es un ángulo para mí medio infranqueable. Exponer las cosas de ese lado, riéndose de uno mismo, cambia todo. Decís: “Ya está, me estoy riendo yo de mí, cualquier cosa que me digas no me va a entrar”.

En esa nota también decías que no cambiaste de terapeuta después de siete años. ¿Seguís ahí?

Estuve como diez años con Clara, le mandamos un abrazo. Llegó un momento en que dije que quizás me podría hacer bien cambiar. Lo que me daba paja era tener que contar mi vida de nuevo. Pero me hizo bien y estoy muy contento. Me conocía, sabía de mi obra. Pero eso estuvo bueno, porque también hablamos mucho de lo que es la obra, analizamos. Ella también tiene un costado más espiritual de meditación, de esas cosas que a mí también me interesan mucho. Cada semana me entusiasma que llegue. Lo disfruto porque es un espacio para mí, para poder hablar y bajar a tierra las cosas que me pasan.

¿Cómo ves el panorama de la industria musical, como artista y también como fan de la música?

Está todo bastante una mierda. Yo creo que por primera vez en bastante tiempo, con la tecnología estamos en un punto de igualdad de condiciones donde nadie tiene idea de qué va a pasar. Quizás la última vez fue con todo lo de Napster, que estaban todos en bolas porque nadie sabía para dónde iba a ir y nació toda esta cuestión de la piratería y todo eso que las multinacionales no sabían cómo hacer. Hasta que le encontraron la vuelta, como siempre: le encuentran la vuelta para cagarnos a todos. Entonces lo que me molesta es la subordinación de los artistas. Como decir: “Gordo, nos están cogiendo con la pija muerta”, para decirlo mal y pronto. Esta gente, que son ejecutivos de las grandes multinacionales, no tiene mucha más idea de lo que va a pasar que nosotros. No te pongas a hacer TikTok bailando como boludo porque te lo piden, despertate. Por ahí ese es mi espíritu, un poco más guerrillero; es lo que me sale. No nos dejemos pasar por arriba porque te dicen que tenés que hacer esto porque esto es lo que garpa. Porque no garpa el challenge, la boludez, por poner un ejemplo.

Dejarse pasar por arriba en un momento en el que estamos en igualdad de condiciones… Cuando los de las multinacionales estén picantes de verdad, nos garchan. Yo creo que es un buen momento como para tirar la que pinte. Nadie tiene idea de qué va a pasar. Así que no hay una fórmula hoy en día. 

Es tu tercera tapa en Rolling Stone… 

La tercera, después de que dije que se la metan en el orto en “Ola de suicidios”…

¿Qué significa para vos?

Hermoso, yo tengo mi altar ahí en casa. De alguna forma es un sueño siempre  para todo artista. Por lo menos cuando yo era chico, al criarme con todo lo que es el rock más clásico, ser la tapa de Rolling Stone era tipo estrella total. Hoy estoy ocupando este espacio y no deja de resultarme gracioso por un lado. Y también son hermosos recuerdos. Cuando sea más grande, puedo ver para atrás y decir: “Mirá qué fachero que estaba. Mirá la cantidad de pelo que tenía acá”. 

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