En el mercado laboral moderno se les pide a los trabajadores de todos los rubros que hagan más con menos, se acepta como normal recibir mensajes de trabajo a cualquier hora, los caprichos de los grupos de poder crecen a la misma tasa exponencial que sus cuentas bancarias, y las alternativas son tan escasas que los empleados no tienen más remedio que soportarlo todo. A veces puede parecer que nuestros trabajos han tomado el control de nuestras vidas. Lo que hace que este sea un momento incómodo para trabajar, pero también un momento perfecto para el tan esperado regreso de Severance, de Apple TV.
Después de tres años de ausencia, esta serie hace lo que la mejor ciencia ficción aspira a hacer: utiliza tecnología futurista y otras exageraciones para comentar sobre el mundo en el que vivimos ahora mismo. La serie tiene lugar en y alrededor de Lumon, una megacorporación dirigida por la dinástica familia Eagan, que ha desarrollado un proceso para separar la mente de los empleados en dos entidades distintas: un “innie” en la oficina y un “outie” fuera de ella. A lo largo de la excepcional primera temporada, vimos a las versiones innie de Mark (Adam Scott), Helly (Britt Lower), Irving (John Turturro) y Dylan (Zach Cherry) luchar con la deprimente media vida que les han dado, donde nunca pueden salir de la oficina, dormir, ni siquiera ver el cielo. Y vimos que el Mark exterior no necesariamente obtenía la paz mental que esperaba del trato, especialmente una vez que Petey, su compañero de trabajo, aparece en su casa, luego de intentar reintegrar sus dos personalidades. No, esta tecnología no existe en el mundo en el que vivimos. Pero dado el ritmo al que las empresas tecnológicas están compitiendo para recrear ideas sobre las que tantas películas de ciencia ficción nos han advertido, ¿te sorprendería que algún magnate de Silicon Valley esté tomando apuntes mientras mira Severance?
A lo largo de aquellos primeros capítulos, la tensión dentro y fuera de Lumon fue aumentando hasta el espectacular final, donde los innies lograron brevemente apoderarse de los cuerpos de sus outies para intentar contarle al resto del mundo sobre la naturaleza pesadillesca de su existencia. Ese episodio, “The We We Are”, fue uno de los más emocionantes que hemos visto en la pantalla chica, rematado con un par de cliffhangers jodidos: Mark Innie descubrió que la Sra. Casey (Dichen Lachman), la consejera de bienestar de Lumon, era en realidad la esposa de Outie Mark, Gemma, a la que el mundo creía muerta; y Helly se enteró de que su outie es Helena Eagan, parte del cruel clan que gobierna Lumon. Era justo preguntarse si el equipo de producción —que incluye al creador Dan Erickson y al actor Ben Stiller como director— podría hacer que la serie funcionara por más de una increíble temporada. Qué alivio y qué placer fue sumergirse en los diez episodios de la segunda vuelta para descubrir que Severance sigue igual de bien.
Sin revelar demasiado sobre lo que sucede en una serie donde las sorpresas son una parte sustancial, los nuevos episodios encuentran una manera elegante de sacar a sus personajes de los rincones en los que parecían atrapados la última vez que los vimos. No es mucho spoiler decir que eventualmente los cuatro personajes principales regresan a la oficina, en parte apoyándose en el escenario sin salida de la separación: ser un innie es un infierno, pero la alternativa es el olvido. Como el Sr. Milchick, el supervisor alegremente amenazante interpretado por Tramell Tillman, que se destacó en la primera temporada, le dice pasivo-agresivamente a Outie Mark: “Me daría mucha pena recompensar el coraje de [Innie Mark] con la no existencia”. Cada rebelión que intenta Innie Mark —buscar a la Sra. Casey, averiguar qué hacen realmente los Eagan— choca con la misma pregunta: ¿puede tener éxito sin terminar con su propia existencia? Su vida es horrible, pero parece ser la única disponible. Es un nudo aparentemente imposible de deshacer.
El guion profundiza en la naturaleza casi sectaria de Lumon y los Eagan, en una versión exagerada, pero no tanto, del doble discurso corporativo contemporáneo sobre cómo tu trabajo es tu familia. Milchick y el resto de la gerencia lanzan constantemente eufemismos ridículos y mentiras descaradas a los internos, asumiendo que el proceso de separación los ha dejado tan ingenuos e ignorantes que no se darán cuenta.
Pero la premisa del programa hace que todo se perciba como una versión ligeramente más loca de nuestra propia realidad. Material que podría parecer cliché en otra serie, acá adquiere un significado más profundo. Como cuando uno de los internos le dice a otro, refiriéndose a su outie: “No me importa quién sos afuera. Me importa quién sos conmigo”. Algo así podría decirse en un drama de oficina clásico, pero la literalidad en este caso le da mucho más peso, convirtiéndolo en una pregunta clave del programa: en el capitalismo tardío, ¿nuestra versión en el trabajo es más cercana a nuestro verdadero yo que nuestra versión cuando hacemos todo lo demás?
Muchos otros momentos e ideas resultan desajustados debido a la realidad alterada en la que ocurren. Todo es más intenso de lo que debería, incluyendo un clima invernal tan severo que la temporada a veces recuerda a Fargo. Stiller y equipo hacen su mejor esfuerzo para que cada plano y cada sonido se destaquen, convirtiendo a Severance en un producto a medida en un momento en que la mayoría de las grandes series parecen fabricadas en una línea de montaje. Como en la temporada pasada, hay elementos que evocan a Lost. A eso, esta temporada le añade algunos episodios ligeramente fuera de formato, uno con el punto de vista de los outies sobre eventos que ya hemos visto con los innies, y focos en Gemma y Harmony Cobel (Patricia Arquette), la creyente más ruidosa y ferviente del culto de Kier Eagan. Sin embargo, incluso en ese aspecto no parece que esta maravillosa temporada de Severance copie a su predecesora, sino más bien que honra de manera ingeniosa, algo que ya es una tradición.


