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Chango Spasiuk: “Yo soy un chamamecero, no necesito que el mainstream me legitime como tal”

El músico misionero editó Eiké!, un disco donde reúne a grandes figuras de la música popular de distintas partes del mundo, grabado durante la pandemia

Por  FACUNDO ARROYO

junio 10, 2023

Chango Spasiuk en su casa de Villa Urquiza, donde nacieron las ideas de su nuevo disco

Foto: Yonathan Adamchuk

El guaraní es una lengua que flota sobre lo específico porque en la base hay metáfora. Puede pasar que la palabra que explica lo que es la orilla del río signifique, en la literalidad, labios de río. Puede pasar, también, que esa metáfora sea el puerto de partida hacia algo más profundo. Un significado en movimiento. El nuevo disco del Chango Spasiuk se llama Eiké! y, por supuesto, el significado guaraní está en movimiento. Porque si bien Eiké expresa de arranque el verbo “entrar”, lo que sigue llega hasta el corazón. El acordeonista necesitaba una palabra que refleje tanto el proceso de su disco gestado en pandemia como la unión de otros encierros dispuestos a entrar a su casa. A su corazón. Desde Río de Janeiro, por ejemplo, Jaques Morelenbaum (el gran arreglador de Caetano Veloso y el chelista más importante de la MPB) recibió el track de “Mi pueblo, mi casa, mi ciudad” y lo que pasó después es una nueva disrupción en la carrera de uno de los músicos populares de Argentina que permanecen a la vanguardia. Eiké! como título y “Entrar en el alma” como bajada para que el piano del Chango Spasiuk reelabore su propia obra.

Este nuevo disco contiene doce tracks que revisan la obra de Spasiuk más las canciones “Siete higueras” (Isaco Abitbol), “Puestero lobizón” (de su maestro Luis Ángel Monzón) y “Puerto Tirol” (Heraclio Pérez). Después de cruzarse con Gustavo Santaolalla en 2019 y de anhelar durante varios años trabajar con él, a Chango se le prendió una luz. Desde la soledad de su piano, y el silencio “aterrador” del confinamiento, lo llamó y le preguntó si quería grabar algo sobre la pista de “Pynandí”. Santaolalla, que también estaba encerrado como todos los demás, finalmente aceptó y así Eiké! se volvió un disco colectivo. Algo contrario a lo planeado porque Spasiuk se sentó en pandemia para componer en el piano y lo primero que salió fue “Improvisación para Juana”, dedicada a su hija menor y encapsulada en una resonancia de mil caminos.

Comenzó, entonces, el desfile de nombres trascendentales de todas partes del mundo. Esa etiqueta volverá todo el tiempo sobre la charla que ROLLING STONE mantuvo con el músico en su hogar de Villa Urquiza, en la misma habitación donde se hizo Eiké!. “Esta es la alfombra del arte, esa es la puerta de la tapa y este es el piano en el que grabé, mal, el tema para mi hija”, dice Spasiuk. Para hacer Eiké! aprendió a grabarse y en esa primera prueba borró tres de los cuatro micrófonos de “Improvisación para Juana”. “Después hice varias tomas más pero ninguna fue como la primera, así que decidí que al disco vaya esa toma a pesar de que sólo esté registrada por un micrófono. Es una pena porque este piano suena mejor, pero no hubo caso”, dice el músico, que confía más en la energía de la inspiración que en la perfección técnica.

“Ahora tengo experiencia en producción pero, de alguna manera, volví al punto técnico inicial porque este disco lo grabé con mi compu. Obvio que trabajar con Ian Anderson, Bob Telson, Popi Spatocco y grabar un montón de discos con el portugués Da Silva y con Amílcar Gilabert me enseñaron a producir. Pero cuando llegó la pandemia yo no sabía grabar, y con Nacu Berneri, que es con quien hice Pino Europeo (el disco que revisa sus polcas junto a Chancha Vía Circuito), me mandé. Él me instaló el programa y después con unas videollamadas me fue enseñando”. Con la técnica lista, después fueron cayendo los nombres: Carlos Núñez (flauta), Sixto Corbalán (arpa), Erik Truffaz (trompeta), Boubacar Cissokho (kora), Per Einar Watle (guitarra), Steinar Raknes (contrabajo), Majid Bekkas (laúd) y Gonzalo Arévalo (bendir), entre otros colaboradores habituales de su música como el gran guitarrista Marcelo Dellamea. Como si fuera un Playing for change pero con el centro gravitacional en el chamamé.

Chango cuenta dos de las experiencias. La primera es “Puestero lobizón”, con el foco en el homenaje. El autor de este chamamé es Luis Ángel Monzón y fue alguien importante en la formación de Spasiuk: “Cuando estaba en la secundaria pasaba siempre por mi casa, quería ver en qué andaba, también lo conocía a mi viejo. En su último disco de estudio (Gringo y guaraní, 1986), me invitó a grabar, me llevó a Buenos Aires. Toqué en los viejos estudios de CBS con 17 años, imaginate lo que significa él para mí. El tema es un chamamé muy metido en la radio de la infancia, muy del sonido de esa época. Es la segunda vez que la grabo, la primera lo hice con él en un disco donde el sonido no me gusta mucho (Bailemos y…, 1992)”.

La segunda experiencia es con “Mi pueblo, mi casa, la soledad”, una canción propia que grabó en su disco Tarefero de mis pagos (2004) y en este caso la hizo junto a Jaques Morelenbaum. Es uno de los grandes momentos de Eiké! Hay simpleza y profundidad, un cruce pacífico y amoroso entre acordeón y violonchelo y un aire de improvisación para una música que en términos tradicionales suele ir bien hacia adelante y no dar muchas vueltas. “Giré por Argentina con él y no grabamos nada. Increíble. Yo conocía su música de antes de que sea arreglador de Caetano Veloso, de su época junto a Egberto Gismonti. El proceso arrancó por Gustavo (Santaolalla), pero después empecé a tirar de mi hilo interno y llegué a él. Me mandó tres improvisaciones y yo no elegí una de las tres sino que armé una mixtura. Todas eran bellas pero uno termina eligiendo algo”, cuenta.

Chango Spasiuk presentó Eiké! en Buenos Aires el primer viernes de mayo. Eligió el Teatro Coliseo para adaptar el mundo sonoro del disco. Contó con algunos invitados internacionales como el arpista paraguayo Sixto Corbalán y el guitarrista noruego Per Einar Watle. “De hacer Eiké! algunos de ellos tienen que estar, si no se pierde un poco el sentido de estas uniones”, dice. Para lo demás armó un plan casi jazzero: lanzó la pista de los otros invitados y con su banda (por momentos sexteto, septeto y octeto) lo siguieron. “Por ser un músico de tradición popular parece que tengo que dar explicaciones de eso”, marca Spasiuk y compara la tecnología de la música urbana con la poca problematización por esos mismos modos.

En el contexto del Coliseo, y con las nuevas ideas de Eiké!, la música del Chango Spasiuk se revela. O se vuelve reveladora ante el miedo de la tradición, siempre crítica con su propuesta. Es una música con el centro gravitacional en el chamamé pero que se posiciona a la vanguardia. Como la de Astor Piazzolla o la de Luis Alberto Spinetta. Dos músicos también de referencia para Spasiuk, que cita como mejor lo sabe hacer: tocándolos. “Libertango” y “Seguir viviendo sin tu amor”, para aquella noche en el Coliseo. Para la canción del referente del rock argentino, Spasiuk ofreció su visión sobre la “world music” por la que debe pasearse (“porque para el chamamé no hay mercado”, dice). Ritmo de chamamé mientras un arpa describió la melodía y un guitarrista nórdico bancó la base.

Chango Spasiuk presentó Eiké! en Buenos Aires el primer viernes de mayo (Foto: Ignacio Arnedo)

Desde su casa de Villa Urquiza, que queda a dos cuadras de la que habitaba Luis Alberto Spinetta, dice: “El riesgo del límite es hacia afuera y hacia adentro. Es importante tener siempre en claro el mensaje de uno. ¿Por qué no puedo tocar Hendrix o Spinetta en el acordeón? Los chinos y los japoneses tocan la música de Astor… mirá si yo, que nací en el mismo país, no la voy a poder tocar. Además, ellos son mis espejos”. De repente Spasiuk da una vuelta sobre la misma base en la que está sentado y empieza a tocar el piano con el que grabó su nuevo disco. Cierra los ojos y sale la melodía de “Seguir viviendo sin tu amor”. La corta, hay otro silencio y sigue: “Mi centro de gravedad es mi tradición, pero parto desde ahí hacia otros lugares. Por peso propio esa música termina cayendo a mi mundo. Al menos cuando la búsqueda es honesta”.

Cuando uno ve y escucha a Chango Spasiuk por televisión (Canal Encuentro) o radio (Nacional Folklórica), descubre que su mundo simbólico se construye en la multidisciplina. Hay filosofía, literatura, sufismo, surfismo y antropología musical. Y también hay citas constantes de esos mundos, que son su universo, cuando habla de su música como la siguiente: “La música popular es como ver en el espacio. Es como cuando cocinás: saboreás aunque no lo estés probando. El olor y lo visual suman a lo tangible. En De lo espiritual en el arte (Vasili Kandinsky) se habla del color que da una sensación auditiva. Si hay una profunda conexión con el sonido, ese sonido tiene color, imagen y forma. Uno lo ve. Son cosas que me pasan cuando compongo en el piano. Después está la instancia del acordeón, que es la expresión pura. No hay tanta reflexión, ahí es más expresión”.

Antonio Tarragó Ros dice que el chamamé es para los chamameceros. Al Chango Spasiuk esa definición le encanta. “Yo soy un chamamecero. No necesito que el mainstream me legitime como tal. Es imposible ir hacia la vanguardia sin estar enamorado de la tradición. Si no, es una forma sin contenido que no va a ninguna dirección. Astor Piazzolla fue la persona más vanguardista y también la persona más enamorada de su lenguaje (el tango)”. Después el Chango cita al poeta Rainer Maria Rilke (1875-1926) mientras mira a su perrita Coca, que vigiló atenta la charla. “Ella me salvó de la pandemia”, dice Chango, que vuelve a demostrar qué significa Eiké!: de Rilke a Coca, pasando por el acordeón de Luis Ángel Monzón y la trompeta de Erik Truffaz.

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