Ilustración por Alias Ce.

“Aquí se respira lucha”: ¿Para dónde va América Latina?

Son momentos turbulentos a nivel político para América Latina; polarización, crisis económica y protestas sociales atraviesan toda la región. Es una razón más para preguntarnos sobre el futuro de estas tierras. Varias elecciones presidenciales y legislativas en los distintos países del continente han llevado a que la incertidumbre se apodere de quienes analizan la zona, pero sobretodo de quienes viven en ella

Por: CAMILA ZULUAGA

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Es imposible predecir el futuro y la duda frente a lo que pueda pasar es irresoluble, pero el reciente sondeo realizado por Latinobarómetro puede darnos algunas luces del rumbo que están por tomar nuestras naciones. En los resultados de la encuesta regional sorprende el poco apoyo de los ciudadanos al sistema democrático, sin embargo, durante una charla con Martha Lagos, directora de la encuesta, su análisis sobre el resultado es más alentador: “Es un milagro que el 49 % de los latinoamericanos apoyen la democracia, porque las que están instaladas en nuestros países son tremendamente imperfectas […] No hay que echarle la culpa a la gente por no apoyar un sistema democrático.  La gente quiere una democracia que tenga garantías sociales, que el sueldo mínimo alcance para vivir dignamente, que existan garantías políticas y civiles. Todos los países de América Latina tienen la misma problemática y por eso el descontento de la ciudadanía”.

Ese descontento social es uno de los factores transversales al continente. Nos une el idioma, pero también la lucha por un mayor bienestar social. No en vano se han llenado las calles de las principales ciudades con jóvenes haciendo reclamos similares en un mismo marco de tiempo; mayor equidad social, educación gratuita, acceso universal a la salud y menos corrupción, son los pedidos que se escuchan por parte de la población desde Cabo Froward, en la Península Brunswick en Chile hasta Los Algodones, Baja California, en México. ¿Hacia dónde llevarán esos legítimos reclamos a la región? ¿O hacia dónde quieren llevarla?

La revolución cubana como fuente de inspiración sigue siendo un común denominador entre jóvenes y políticos nostálgicos; cuando han surgido movimientos de izquierda, revive el sentimiento de unidad, encontrando en el norte un enemigo común. Es imposible olvidar la obsesión del líder venezolano Hugo Chávez por materializar el sueño del libertador Simón Bolivar de una región hermanada para contrarrestar el poderío norteamericano. Y nadie mejor que Cuba para respaldar la posibilidad de enfrentarse a la potencia del norte a pesar de las asimetrías. Por eso su inspiración no desaparece, ¿hacia allá querrán llevar al continente?

Cuando el péndulo de la política se ha movido hacia la izquierda siempre ha estado atravesado por un espíritu de reivindicación. Reivindicación de los pueblos indígenas que fueron avasallados durante la conquista y de aquellas minorías excluidas por el sistema de clases desiguales que ha imperado desde la llegada de los españoles. Sin embargo, poco a poco esa lucha ha sido acallada por la dinámica del poder dispar existente entre el norte y el sur. Eso explica el discurso de Andrés Manuel López Obrador el pasado 24 de julio; durante la celebración del natalicio número 238 de Bolívar, el presidente mexicano propuso una política para unir a América Latina y fortalecerla en su relación con los Estados Unidos. Su alocución tuvo una frase en la cual resaltaba la dignidad cubana: “Podemos estar de acuerdo o no con la revolución cubana y con su gobierno, pero el haber resistido 62 años sin sometimiento es toda una hazaña […] En consecuencia, creo que, por su lucha en defensa de la soberanía de su país, el pueblo de Cuba merece el premio de la dignidad”.

Escuchar estas palabras de boca de AMLO –líder de uno de los países más poderosos de la región, históricamente socio estratégico y vecino de los Estados Unidos– no deja de sorprender, a pesar de ser ya conocidas sus simpatías políticas. Estábamos acostumbrados a ver ese apoyo en gobiernos como el venezolano, el argentino bajo el liderazgo kirchnerista, el boliviano con el dominio de Evo, el de Ecuador en la era de Rafael Correa y el de Brasil en tiempos de Lula. Pero nunca lo habíamos escuchado de manera tan tajante en un gobierno mexicano. Tal vez nos extraña por la importancia de sus relaciones comerciales, o porque siempre había gobernado una misma clase política, a pesar de pertenecer a dos partidos distintos. Esta es la primera vez que en México gobierna un individuo de las características del actual presidente y es por eso que observamos cambios drásticos en su política exterior.

VOCES Y BRAZOS EN ALTO: En los últimos años, gran parte de los países iberoamericanos han experimentado distintos tipos de levantamientos, marchas, huelgas y protestas.
RODRIGO GARRIDO (REUTERS).

No en vano, ante ese panorama, el gobierno de Joe Biden decidió establecer que nuevamente Colombia, bajo la administración del presidente Iván Duque, sería su principal aliado en la región. Les une la lucha contra las drogas, no olvidemos que los carteles de México y Colombia son los más poderosos del continente, y frente a esta nueva retórica de AMLO, los gringos no tuvieron otra opción. Era la ruta más fácil, pues los gobiernos de Bogotá nunca han girado hacia la izquierda. Eso sí, olvidando que en el pasado reciente el partido de gobierno del presidente colombiano se inmiscuyó de manera grosera en las elecciones estadounidenses a favor de Trump. La administración de Biden entendió que debía dejar eso atrás, especialmente ante la gestación de un importante bloque de izquierda en América Latina, en esta oportunidad comandando por López Obrador.

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Entender la región y su situación requiere en principio analizar los fenómenos que ha vivido Chile, promotor y ejemplo de manifestaciones juveniles durante la última década. A través de las marchas, los chilenos evidenciaron el descontento que escondía la nación más prospera de la zona, la que todos miraban para emular en sus modelos de crecimiento. Chile siempre fue la niña bonita del barrio en términos de indicadores macroeconómicos. Pero en los últimos años se invirtió la lógica de que el sur repetía las dinámicas del norte y se adelantaron a lo que posteriormente sucedería en el resto de la región, incluso a Estados Unidos. Se hizo evidente que, a pesar de los exitosos números económicos que pueda mostrar su país, debajo de ellos se esconden enormes diferencias sociales que han sido caldo de cultivo para la exclusión.

Esa realidad que atraviesa la sociedad chilena es la misma que marca a una región que siempre ha sido la más desigual del planeta. Por eso, ‘El baile de los que sobran’ de Los Prisioneros, se convirtió en un himno para los estallidos sociales, aunque hayan pasado 35 años desde su lanzamiento. Con el ejemplo de Chile, América Latina decidió gritarle al mundo que la mayoría de sus habitantes hacían parte de la enorme lista de los excluidos.

Con el aura de la protesta interrumpida por la pandemia, el 25 de octubre de 2020 los chilenos votaron apabullantemente a favor de redactar una nueva carta magna. Una asamblea constituyente que refleja la mayoría aplastante de izquierda será la encargada de crear el texto que dejará atrás la del dictador Augusto Pinochet bajo el slogan ‘Borrar tu legado será nuestro legado’.

Este triunfo de la izquierda fue el abrebocas de las elecciones presidenciales; el joven Gabriel Boric, de 35 años, encarnación del descontento social, se enfrenta al ultraderechista José Antonio Kast, un exdiputado de 55 años, que ha reivindicado la dictadura de Pinochet. Chile se convirtió una vez más en ejemplo de lo que aqueja al continente, y al cierre de esta edición se desconocen los resultados definitivos de las elecciones. A pesar de que la ilusión de una nueva constitución parecía haber unido a la gran mayoría de los chilenos, la extrema polarización se hizo presente y mostró la enorme división política que, como América Latina, experimenta ese país del sur.

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Chile también presenta factores transversales a toda la región, como el aumento de la migración principalmente haitiana y venezolana que ha despertado un sentimiento xenófobo favorecido por posturas radicales. Igualmente, los disturbios ocurridos el día de la conmemoración del estallido social del 18 de octubre del 2019, han asustado a determinado sector de la población, temeroso de que el país se convierta en un caos constante, y le dieron fuerza a Kast, quien revivió las banderas del dictador.

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Situación similar se vive en Colombia, donde durante 2019, las calles se llenaron de jóvenes inspirados por sus homólogos chilenos, reclamando el viraje de un gobierno de derecha, elegido en contra del proceso de paz y de todos los avances logrados por los movimientos sociales en los últimos cuatro años. Un mandatario sin experiencia y sordo a las peticiones de la ciudadanía, hizo que el contagio de las protestas empezara a ser cada vez más fuerte. Sin embargo, la suerte acompañó momentáneamente al gobierno de Iván Duque; la llegada de la pandemia y el temor al nuevo fenómeno, hicieron que las cuarentenas fueran la norma y la ciudanía estuviera en sus casas. Sin embargo, esto no duró mucho. En un acto sin precedentes, el gobierno colombiano presentó una reforma tributaria en medio de la peor crisis económica que se ha vivido en décadas. Entendida como una reforma regresiva, alebrestó a las bases populares y revivió el sentimiento de las manifestaciones que estaba latente desde 2019.

Fueron momentos muy difíciles para Colombia. La represión policial dejó decenas de jóvenes muertos, desaparecidos y heridos. Ante el abuso cometido por la fuerza pública contra los manifestantes, las denuncias de organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales le dieron la vuelta al mundo, viralizando el hashtag #SOSColombia. Sin embargo, esto también surtió un efecto polarizador en la población; muchos ciudadanos, afectados por los daños y bloqueos que provocaron las manifestaciones, empezaron a radicalizarse en contra de las marchas.


Nos une el idioma, pero también la lucha por un mayor bienestar social. No en vano se han llenado las calles de las principales ciudades; mayor equidad social, educación gratuita, acceso universal a la salud y menos corrupción, son los pedidos que se escuchan.


Al igual que en Chile, en Colombia hoy están fortalecidos los extremos, una opción de izquierda que promete grandes transformaciones está representada en Gustavo Petro, mientras una coalición de derecha busca agrupar al uribismo y a la mayoría de los partidos tradicionales. Estos dos extremos liderarán las elecciones, aunque, al igual que en el sur del continente,  hay un centro que intenta dar la batalla, pero que no encuentra su rumbo y espacio.

A pesar de que muchos dan por hecho el viraje hacia la izquierda en las elecciones de 2022 en el país cafetero, aún todo es incierto, especialmente cuando la derecha empieza a moldearse y fortalecerse. Sin embargo, es una realidad que, por el momento, quien tiene más posibilidades de llegar al poder es Gustavo Petro, un líder popular temido por las élites que históricamente han gobernado a Colombia. Ese temor se ha potenciado, ante “la amenaza” –sistemática y malintencionadamente difundida– de que un posible gobierno suyo sería la repetición de una Venezuela.

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Pero lo dicho, la polarización y el descontento social atraviesan al continente, por eso, si miramos hacia Argentina, vemos que la realidad es similar, pero con matices propios. La situación política y económica viene en declive desde hace décadas. No en vano, en una conversación con el escritor y político Julio Bárbaro, él mismo utiliza estas palabras lapidarias: “La Argentina es un país que vive en permanente fracaso, en nosotros crece la deuda, la miseria y la pobreza […] La decadencia argentina es indiscutible”.

Por ese sentimiento constante de fracaso es que los argentinos dieron una sorpresa en sus últimas elecciones; aunque no eran presidenciales, elegían el dominio del congreso y fueron una antesala para lo que pasará en dos años. En ellas, el oficialismo recibió un duro golpe que desestabilizó el equilibrio de poder entre el peronismo clásico (representando por el presidente Fernández, los gobernadores y los sindicatos), el krichnerismo (personificado en la vicepresidenta) y el ala más pro mercado de la coalición (liderado por Massa). La derrota llevó a un cambio de gobierno y a la puesta en marcha de la maquinaria del Estado, con un ambicioso plan de gasto público para reencauzar la situación. Sin embargo, todo fue en vano. Los argentinos parecen haber asimilado que bajo el plan kirchnerista, el bienestar se les estaba yendo de las manos. Principalmente, los jóvenes ya no sienten que representen sus necesidades, hoy los ven como el “establishment” que los tiene jodidos.

Al presidente Fernández no le sirvió de nada su pintoresco y absurdo encuentro con L-Gante. En el evento más surrealista de este ciclo político, invitó al rapero para mostrar el apoyo del artista a uno de los decretos del Gobierno que buscaba cambiar planes sociales por planes de trabajo. Desafortunadamente para el mandatario, la reunión no tuvo el éxito esperado y las redes sociales estallaron en contra de ambos hasta tal punto, que el joven se vio obligado a sacar un comunicado en el que dice: “A mí no me importan los partidos políticos, a mí me importa el pueblo y que su voz se escuche”.

Esa anécdota es el claro ejemplo del desastre que vive la política argentina y su mandatario actual. Por primera vez, desde que volvieron a la democracia en 1983, el peronismo –la fuerza dominante en el escenario electoral legislativo– perdió la mayoría en la cámara de senadores. Irónicamente, fue el partido del expresidente Macri (Todos por el cambio) el que lideró la votación, a pesar de haber sido expulsado del gobierno por el mismo electorado hace menos de dos años. ¡Una constante contradicción!

La gran pregunta que les queda a los argentinos y a quienes observan al otrora exitoso país latinoamericano es: ¿Lograrán salir de la pobreza y palear los preocupantes números económicos que los aquejan ya desde hace décadas? ¿Cuál será la formula política que los llevará a eso?

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Muchas otras naciones hispanoparlantes generan inquietudes que hoy siguen sin respuesta. En Perú, el 6 de julio de 2021 la población decidió enviar un mensaje de cambio en forma de protesta. Elegir a un profesor campesino con poca formación académica –antítesis de la clase dirigente limeña– es la muestra del hastío de un pueblo excluido desde la Conquista; ya decía Bolívar en su premonitoria Carta de Jamaica: “El virreinato del Perú, cuya población asciende a un millón y medio de habitantes, es sin duda el más sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado para la causa del rey”.  Las imágenes de la posesión de Pedro Castillo, recibiendo al rey de España con su particular sombrero, es un mensaje poderoso, una imagen que quedará en el imaginario colectivo. Perú se sumó al espíritu de cambio que sacude a la región, a pesar de que líderes intelectuales como Mario Vargas Llosa –abierto enemigo de la dinastía Fujimori– dijera que era preferible tener a Keiko en el poder que al profesor Castillo.

EL INMENSO CIRCO DE LAS INCERTIDUMBRES: Con el péndulo enloquecido entre radicalismos de izquierda y derecha, los líderes dictatoriales alternan con nuevas figuras -a veces estrambóticas- que prometen cambios de la noche a la mañana. Mientras tanto, las calles se llenas de manifestantes, y no parece claro cuál es el rumbo de nuestros países.
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Con Castillo, igual que en Argentina, la principal incertidumbre es el rumbo económico que pueda tomar el país bajo su mandato. A pesar de que con el tiempo se ha moderado, los planteamientos originales de su campaña espantaron a una cuantía importante de capitales. Perú fue el país de América Latina que tuvo una mayor contracción económica con el duro golpe de la pandemia, haciendo aún más profunda la crisis en un territorio donde el 30 % de sus habitantes viven en la pobreza. Por eso el modelo económico que supone el gobierno actual es una economía abierta con mayor redistribución de la riqueza. ¿Lo lograrán?  ¿Los dejarán?

En menos de seis meses ya se habían gestado intentos para sacar a Castillo del poder. A la inestabilidad económica se suma la política, pues las élites limeñas no han parado de conspirar y planear un mecanismo para que el presidente electo no pueda terminar su mandato y salga cuanto antes del Palacio Presidencial.

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En Bolivia, el mandatario Luis Arce, heredero de Evo Morales, cumplió el pasado 8 de noviembre un año de mandato, y también tiene a un sector importante de la población en su contra. Arce, un economista técnico que acompañó a Evo durante trece años, no se ha podido quitar el fantasma de su antecesor como verdadero manejador de la política. Tanto así, que es motivo de constante conversación la posibilidad de que Morales vuelva a ser candidato para las elecciones de 2025, y que Arce represente simplemente un gobierno de transición. Esto ha hecho que muchos desde la oposición intenten generar tensión para debilitar su gobierno, y la estrategia del presidente boliviano ha sido apostarle a la radicalización, haciendo de vez en cuando un llamado a salir a las calles para quienes lo apoyan.

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En Ecuador, en abril de 2021, la derecha pudo llegar al poder de la mano del banquero Guillermo Lasso, que había intentado en dos oportunidades ser presidente sin éxito. Esta vez lo logró, ensanchando su base de derechas y conquistando a quienes eran considerados correístas con un discurso anticorrupción que golpeó fuertemente a Arauz, candidato cercano al expresidente. Vendió una imagen moderada que hoy, frente a la crisis económica, le está pasando factura. No se puede olvidar que Ecuador es un país en donde se tumban presidentes. A diferencia de otras naciones de la región, los movimientos indígenas y la gente en las calles ha logrado sacar a varios mandatarios de sus cargos.

El malestar social pone a Lasso en riesgo, a pesar de que algunos analistas consideraran que las manifestaciones que se presentaron el año pasado fueron un fracaso. Los puntos por los que se movilizaron algunos ciudadanos están en ebullición. La calle y las marchas siempre están latentes en Ecuador. Muchos consideran que sus políticas neoliberales son la representación del lobo que ha salido de la cueva; quienes ven en el banquero a uno de los pocos representantes de la derecha latinoamericana, están preocupados al ver que pueda caer en algún momento si el descontento social crece y los ciudadanos decidan una vez más salir a desestabilizar el gobierno.


Paradójicamente Cuba, que por más de 60 años ha inspirado a los líderes que buscan reivindicaciones frente al dominio norteamericano, hoy enfrenta su propia contrarrevolución.


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En este análisis y recorrido por América Latina, es menester llegar a Venezuela, segundo país en la región en donde más se apoya la democracia, tal vez por no contar con ella. Su gobierno ya es reconocido internacionalmente como una dictadura y es por eso que el 69 % de su población añora un sistema político en el que su voz cuente para elegir los destinos de la nación.

Por eso, en cierta medida, los resultados de las elecciones regionales que vivieron el 21 de noviembre del año pasado decepcionaron a muchos. A pesar de la presencia de la misión electoral de la Unión Europea, que supervisó los comicios por primera vez en 15 años para dar legitimidad a la votación, la desconfianza siguió presente. La oposición reunida en torno a la Plataforma Unitaria terminó por participar, pese a la reticencia de uno de sus más notables líderes, Juan Guaidó.

A pesar de los numerosos obstáculos puestos por el gobierno de Maduro, existía la esperanza de un cambio de ciclo político, pero la oposición pagó muy cara su falta de unidad y de propuestas para sacar al país de la crisis. Por eso, por ahora en Venezuela nada va a cambiar, y las palabras que dijeron los integrantes de Los Amigos Invisibles, en su entrevista con El País de España en 2016, siguen resonando: “Venezuela es como esa novia que te rompió el corazón”.

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Si seguimos hacia Centroamérica, el panorama no pinta mucho más alentador. La situación de violencia y crisis migratoria hacen de la región un caldo de cultivo para mandatarios autoritarios de toda índole.  En El Salvador un joven autócrata, milenial autodenominado “emperador”, se tomó el poder con un estilo narciso y personalista. Un populista que mostrándose joven, alternativo y revolucionario puso en jaque las débiles instituciones de su país, respaldado por una gran popularidad en una población pobre y con bajos índices de educación. Es por esto que Martha Lagos, de Latinobarómetro, asegura: “Los que más apoyan la democracia son los jóvenes más educados. Como hay una gran cantidad de jóvenes que no tienen educación en el continente, estos terminan no apoyando el sistema democrático. Lo que estamos viviendo es que el sistema está expulsando a los jóvenes […] Eso es lo que está pasando en El Salvador en donde le firmaron un cheque en blanco a Bukele”.

Si bien no se puede llamar dictadura al gobierno de Nayib Bukele, quien a pesar de estar transgrediendo normas básicas de la democracia, fue elegido popularmente, y es importante asimilar que su modelo es muy novedoso, pero también muy peligroso. Ante sistemas imperfectos empezamos a ver cómo la región y sus ciudadanos experimentan con modelos alternativos que pueden resultar sumamente arriesgados.

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Mirando hacia el lado, encontramos a Nicaragua, un Estado policial de facto, según lo reveló hace poco Antonia Urrejola, presidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Ella argumenta que el presidente Daniel Ortega, quien llegó al poder en 2007, ha instalado un régimen de supresión de todas las libertades para bloquearle el camino a la oposición.  De ese joven guerrillero que hizo parte de las filas del Frente Sandinista para luchar contra la dinastía autoritaria y dictadora de los Somoza, quienes durante 42 años tuvieron el poder con el aval y apoyo de los norteamericanos, ahora solo queda un autócrata dictador. Con la intención de reelegirse a toda costa para un cuarto mandato consecutivo de cinco años, no escatimó en perseguir a sus adversarios. “Cualquier persona, sea periodista, líder, lideresa, cualquier ciudadano que se atreva a alzar su voz en contra del régimen, el régimen intentará algo para enjuiciarlos jurídicamente”, así nos lo expresó con voz de angustia George Henríquez, el candidato más joven que tuvo la supuesta contienda electoral.

El miedo en Nicaragua es una realidad, no solo por la persecución política, sino porque están viviendo bajo la dictadura de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, quienes fingiendo elecciones, intentaron legitimar su poder. Aunque no surtió suficiente efecto, pues el mundo entero condenó –un poco tarde– lo hecho por la familia Ortega-Murillo. La condena no fue completa, pues como era evidente, Venezuela y Cuba respaldarían a Ortega. La sorpresa vino de Luis Arce en Bolivia, apoyando los resultados, y de la tibia reacción de México y Argentina, pues no se puede cohonestar con el horror a pesar de compartir modelos. Por eso el pronunciamiento de Pedro Castillo en Perú es ejemplarizante para sus colegas, este humilde profesor fue contundente en rechazar lo que sucedió en Nicaragua. ¡Cuando las cosas están mal, hay que condenarlas!

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América Latina es el continente de la lucha de los oprimidos frente a los opresores. Sin importar la ideología que esté en el poder, es una región que lucha por reivindicar sus derechos. Por eso, para hablar de la situación actual del continente e intentar vislumbrar el futuro, se debe mirar hacia el que históricamente fue el opresor: España.

Si bien las relaciones han sido tensas, es cierto que sigue habiendo un vinculo cercano, más ahora cuando en la tierra conquistadora hay una tendencia de izquierda simpatizante de los movimientos latinoamericanos.

El país, que tuvo que repetir elecciones en 2019 por falta de una mayoría clara, está actualmente liderado por su primer gobierno de coalición con apoyo de una multitud variopinta de partidos. De esta forma, los socialistas comparten el poder ejecutivo con Podemos, partido cercano a la dictadura venezolana y los líderes de izquierda de América Latina.

AP FOTO/ALFREDO ZUNIGA.

Podemos tal vez sea un gran ejemplo para el descontento Latinoamericano, puesto que nace del movimiento 15-M, una serie de marchas en contra de la corrupción y la desigualdad llevadas a cabo en mayo de 2011. Fundado por profesores universitarios de la Universidad Complutense de Madrid, que capitalizaron el descontento de una gran parte de la población, en pocos pasó años de protestar tomando plazas y parques a gobernar varias alcaldías (incluyendo Madrid y Barcelona), y finalmente entró en el gobierno de la nación.

Este panorama político ha obligado a la derecha española a rearmarse ideológicamente en un proceso donde Isabel Díaz Ayuso ha sido la gran triunfadora. Tras arrollar en las elecciones de la Comunidad de Madrid con el lema ‘Libertad o Comunismo’, la presidenta regional –con una personalidad cercana y un mensaje claro– se ha convertido en un ídolo popular sin precedentes en la España reciente, incluso eclipsando al líder de su partido, Pablo Casado.

En un claro ejemplo de que la ley de Newton de ‘acción y reacción’ va más allá de la física, se aplica perfectamente en política. En España surgió un nuevo partido a la derecha del partido conservador para confrontar a Podemos; Vox, que representa un 15 % del Congreso de los Diputados, ha dominado gran parte del debate político en la península ibérica. Con una defensa acérrima de la unidad nacional, un mensaje contundente antiinmigración y una política económica populista, este nuevo partido de derechas simpatiza con políticos variopintos como Trump en EE. UU., Orban en Hungria, o Kast en Chile.

Las elecciones presidenciales españolas se llevarán a cabo en mayo de 2023, pero todo augura a que se le puede aplicar el mismo patrón que al resto de Iberoamérica. La polarización que vive el país es evidente, con dos visiones diametralmente opuestas, ambas salpicadas de populismo, y se enfrentarán en las urnas sin posibilidad de entenderse.

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Recorrer Latinoamérica y observar sus situaciones políticas, nos recuerda que somos un continente en donde, como dice Calle 13, “se respira lucha”. Se trata de una lucha por cambiar estructuras vigentes desde el surgimiento de la región. Paradójicamente Cuba, que por más de 60 años ha inspirado a los líderes que buscan reivindicaciones frente al dominio norteamericano, hoy enfrenta su propia contrarrevolución movida en las calles por jóvenes que cantaron al unísono la canción de Yotuel y Gente de Zona, ‘Patria y Vida’: “Todo ha cambiado, ya no es lo mismo / Entre tú y yo hay un abismo / Publicidad de un paraíso en Varadero / Mientras las madres lloran por sus hijos que se fueron / Tú cinco nueve, yo, doble dos / (Ya se acabó) Sesenta años trancado el dominó, mira”.

El contagio de las calles llenas también llegó a La Habana con las mismas reivindicaciones que se escucharon al sur del continente en Santiago, en Cali o en Bogotá. Por eso, sin importar la ideología predominante, América Latina seguirá reflejando la gran lucha entre opresores y oprimidos.