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Álvaro

Luego de retratar la decadencia física y mental de su padre, el documentalista José Alejandro González, nos presenta el retrato de un colombiano viviendo en la fría y despiadada ciudad de Nueva York

José Alejandro González 

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía Mutokino

Que una película sea deprimente, no significa que sea una mala película. Este es el caso de Álvaro, el segundo documental del bogotano José Alejandro González, luego de Lázaro.

Tanto Lázaro como Álvaro son historias de vida. La primera era la historia del padre del director, el cual fue perdiendo gradualmente sus facultades físicas y mentales, y la segunda es la historia de Álvaro Duque Isaza, un colombiano que dejó a su familia para buscar el sueño americano en la ciudad de Nueva York.

Con su propia voz, este hombre de setenta años de edad nos va a contar sobre su vida cotidiana, sobre sus adicciones y sobre una relación tormentosa e intermitente que mantiene con su pareja Doris. Vamos a ver a Álvaro reencontrarse con un hermano a quien no veía desde la década de los setenta y compartiendo con una sobrina que desea que su tío se quede definitivamente en Colombia. Pero también lo vamos a ver perdiendo la cordura, en una escena desgarradora y escabrosa, que vuelve a traer a colación el debate sobre los límites éticos y morales que se deben tener en cuenta a la hora de realizar un documental. Y es que los dos documentales de González plantean una pregunta pertinente y necesaria: ¿Hasta qué punto un retrato puede llegar a convertirse en explotación? 

De todas maneras, Álvaro es un documental conmovedor. Su director, al acompañar a este hombre durante siete años, logra exponer su filosofía de vida, sus contradicciones, sus pecados y sus demonios. Pero lo que más duele del trabajo de González, tiene que ver con que captura, de una manera profunda y sensible, la inmensa soledad de un hombre que está en el final de sus días y que se arrepiente, demasiado tarde, de sus malas decisiones.