Hay discos que parecen grabarse en el tiempo real de un suspiro, como si la magia estuviera lista para ser capturada desde el primer acorde. Cancionera, el nuevo trabajo de Natalia Lafourcade, es uno de ellos. Un álbum que respira humanidad, que suena a sala grande, a madera vieja, a cinta analógica y a músicos que se escuchan, se miran y se siguen sin perderse. Detrás de esa atmósfera, hay una mano que dirige sin querer figurar: la de Adán Jodorowsky.
El productor, músico, cineasta y heredero de una sensibilidad artística única ya había compartido estudio con Lafourcade en De todas las flores, una obra que marcó un punto de inflexión en la carrera de la cantante y compositora mexicana. Aquella experiencia dejó huella en ambos y abrió la puerta a una segunda colaboración que, lejos de repetir la fórmula, decidió ir más profundo en lo íntimo y en lo imperfecto.
En conversación con ROLLING STONE en Español, Adán recuerda sesiones intensas en las que se mezclaba la disciplina de un rodaje cinematográfico con la espontaneidad de un jam. Cincuenta personas moviéndose como “ninjas” en silencio absoluto, un piano polvoriento rescatado de un rincón olvidado, tomas arruinadas por ataques de tos y vueltas a empezar, y un método casi ritual para elegir cada micrófono, cada preamplificador, cada músico. Todo para lograr que la voz de Natalia sonara como si estuviera cantándote al oído, en una habitación donde no existe el tiempo.
¿Cómo cambia tu filosofía cuando mezclas un disco en comparación con producirlo?
Es pura sensibilidad. Antes quería existir, dejar un sello que otros copiaran. Quería demostrar que era un gran productor. Hoy busco lo contrario: ser invisible. No quiero mostrarme, quiero estar al servicio de la música. Prefiero que la gente sienta que el artista está ahí, en el mismo cuarto. Depende del proyecto, pero en general evito efectos innecesarios.
En Cancionera, todo se grabó en vivo. ¿Cómo fue esa experiencia?
Éramos 18 músicos tocando juntos, hasta las cuerdas. Grabamos en cinta y mezclamos directamente desde ahí, sin automatización. Éramos tres personas moviendo perillas y subiendo volúmenes en tiempo real. Siete días de grabación y siete de mezcla. Si había una frase que no se escuchaba, alguien subía el fader en el momento. Fue como dirigir una orquesta y un equipo de cine a la vez.

¿Qué cambió entre este proyecto y De todas las flores?
En el primero trabajamos con músicos como Marc Ribot y Sebastian Steinberg, buscando un sonido influenciado por mis raíces europeas. En Cancionera, Natalia quería algo más íntimo: guitarra y voz. Probamos cuatro micrófonos y cuatro preamplificadores hasta encontrar el M49, el mismo que usamos antes. Grabamos tres tomas por canción y elegíamos la que más nos emocionara, aunque tuviera imperfecciones.
Tienes una visión muy particular sobre la imperfección…
Los humanos somos imperfectos y la música debería reflejarlo. Me interesan los ruidos, las respiraciones, las texturas. Cuando escuchas el disco, tienes que sentir la experiencia de la grabación. Incluso una toma que parecía arruinada por un ataque de tos nos llevó a una versión mejor. Los errores pueden ser aliados.
Suena a que también hubo un trabajo muy emocional en el estudio.
Sí. Con Natalia hemos llorado en el estudio varias veces. Me acuerdo de una vez, grabando ‘Vine solita’, que todos terminamos con lágrimas. Hubo un día en que una canción me movió tanto que tuve que salir del estudio a llorar solo. Esos momentos son los que hacen que un disco trascienda.
¿Cómo describirías tu relación creativa con Natalia?
Somos como almas gemelas. A veces yo soy la energía femenina y ella la masculina. Nos entendemos sin hablar demasiado. Y nos reímos mucho, que es clave. En Cancionera buscamos un sonido francés de los años 50 y trabajamos con Jack Lahana, con quien ya había colaborado.
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¿Qué rol jugaron los músicos invitados?
Fundamental. Natalia trajo a David Aguilar y a los Hermanos Gutiérrez. Yo llamé a la sección de cuerdas y me aseguré de que fueran los mejores. También tuvimos a los Hermanos Pacheco en percusiones, un contrabajista, jarana y flauta. Cada uno aportó su sello, y todos entendieron que estaban participando en algo especial.
¿Qué crees que hace único a este disco?
La energía de todos en la sala. Natalia inspira a los músicos de una manera única, los hace sentir que están creando algo que quedará en la historia. Ese tipo de energía no se puede fingir, y se queda grabada en la música.

