Paul Feig lleva años jugando un truco que muchos subestiman. Filmar el deseo y el poder femenino dentro del marco de la comedia ligera, para luego revelar que, detrás de la sonrisa, siempre hubo una cuchilla. Su filmografía ha orbitado, con insistencia, en personajes femeninos empujados al límite por sistemas que les exigen docilidad, desde la camaradería desbordada e irresistible de Bridesmaids hasta el doble fondo venenoso y viperino de A Simple Favor. Aquí cambia el tono (más escalofrío que carcajada), pero conserva la misma intuición: la guerra de clases y de género se libra mejor en salones impecables, donde todo parece “en orden” mientras la casa se pudre por dentro.
La materia prima viene de un fenómeno editorial: The Housemaid de Freida McFadden, una novela construida para devorarse en dos noches, con el tipo de giros que convierten la credulidad en deporte. Y conviene decirlo sin adornos y perfumes: en manos torpes, esto sería una telenovela con tacones caros; una fantasía con mansiones, secretos y humillaciones, erotismo de vitrina y psicología de pacotilla. Feig, sin embargo, entiende el placer culpable del material y lo vuelve estrategia. No intenta “elevar” el libro sino que lo usa como carnada.
La premisa (una joven vulnerable entra a trabajar como empleada interna en la casa de una pareja adinerada) activa de inmediato el museo del thriller erótico noventero: la intrusa, la esposa perfecta, el marido con sonrisa de catálogo, la arquitectura como jaula. El filme se divierte dejándonos creer que vamos hacia una imitación burda de La mano que mece la cuna, Poison Ivy o, peor, hacia una versión dulzona de Cincuenta sombras de Grey donde los látigos y esposas se reemplazan por escobas y plumeros. Y cuando uno ya está listo para juzgarla por lo que parece, la película, al igual que el libro, gira. El punto no es la sofisticación del misterio, sino la ingeniería del engaño.
Ahí entra el verdadero motor, que es el modo en que Feig “administra” el punto de vista. La película opera como un truco de escenario: te muestra una mano, te habla con la otra, y cuando por fin miras donde debes, ya es tarde. Ese mecanismo no solo busca sorpresa; tiene intención política. Lo que cambia no es únicamente “quién hizo qué”, sino quién ha sido autorizado (históricamente) a ser creído, a ocupar el centro del relato, a definir la versión oficial dentro de una casa que funciona como un pequeño Estado.
Sydney Sweeney, como Millie, es el anzuelo perfecto. Ella sabe actuar la mansedumbre sin volverse modosita como Dakota Johnson en la infame trilogía antes mencionada, y hace que la fragilidad tenga temperatura humana. Amanda Seyfried, como Nina, convierte la sobreactuación en un espectáculo digno de Faye Dunaway en Mommie Dearest. Su personaje parece diseñado para que el público la etiquete rápido, y Seyfried juega precisamente con esa urgencia del juicio, exagerando lo suficiente como para que la exageración sea pista.
La química entre ambas no es “rivalidad” en el sentido convencional; es un duelo de percepciones, una pelea por el control del marco. Brandon Sklenar, como Andrew, funciona como ese centro gravitacional sospechoso. El hombre al que todas miran, porque el cine nos enseñó que la mirada también es una forma de obediencia.
Lo más gozoso es que The Housemaid abraza su condición de producto basura y la usa como máscara. Hay escenas diseñadas para el morbo del público femenino (la tensión sexual, el lujo como promesa y la humillación como espectáculo), pero Feig las monta como trampas narrativas: te da el azúcar para que no sientas el golpe. Y cuando el golpe llega, no pretende ser realismo social; es revancha pura y dura. Una revancha filmada como pulp elegante, más cerca de la lógica de Hard Candy (el castigo como dramaturgia y la inversión del poder como acto escénico) que de cualquier “thriller serio” que finja neutralidad.
¿Es verosímil? No. ¿Es sutil? Tampoco. Pero ahí está la jugada. Su inteligencia no consiste en esconder que es excesiva, sino en coreografiar el exceso para que tenga potencia temática. Lo que parece “bajo melodrama” termina siendo una fantasía de justicia con dientes (guiño, guiño); un cuento oscuro donde la casa y la familia, ese templo que defiende el discurso de la derecha, se revela como laboratorio de miedo, control, deseo, poder, dinero y violencia, como lo denuncia la izquierda.
The Housemaid no es una película “fina”, ni mucho menos. Pero sí es una película astuta. Sabe que el público viene por el chisme de lujo, las escenas de sexo tipo Netflix y el escándalo. Y, con una sonrisa perfectamente maquillada, le entrega todo eso… mientras desliza una idea por debajo de cuerdas: que en muchas casas impecables, patriarcales y heteronormativas, la limpieza es solo estética, y el orden es apenas una forma de dominio. Pero cuando el dominio se rompe, el ruido no es moralista. Es catártico, deliberadamente camp, y peligrosamente entretenido. Esto es “gorno” con un bocado de gore y una pizca de porno.
