Katja Alemann: “Luca era romántico e ingenuo, y sufría por el mundo”

La cantante y actriz muestra su faceta musical en 'Shambhala'. el espectáculo que lleva el mismo nombre que su flamante EP, cuenta qué la enamoró de Omar Chabán y recuerda los años de Cemento

Por  HUMPHREY INZILLO

agosto 22, 2025

ALEJANDRA DEL CASTELLO (GENTILEZA PRENSA C C ROJAS)

Cinco actos divididos en monólogos y canciones, con una pregunta profunda sobre la (im)posibilidad de la felicidad colectiva, que abarca cuestionamientos sobre una serie de tópicos que va desde la mente y la consciencia, pasando por el dinero, el medio ambiente, el mercado, el poder y el amor. Esa es la estructura del espectáculo unipersonal que Katja Alemann presenta los sábados 23 y 30 de agosto, a las 21, en el marco del ciclo #LQS Lo Que Suena, en el Auditorio Abuelas de Plaza de Mayo del Centro cultural Rojas, que depende de la UBA, en Av. Corrientes 2038. Entradas acá.

La propia Katja diseñó, escribió, compuso y produjo Shambhala, que es también el título del EP que, producido por Ahmed Isa Juan Ravioli fue editado por Típica Records y está disponible en las plataformas digitales. 

Las canciones de Shambhala se enmarcan en la world music. ¿Cómo llegaste a ese sonido? 

Yo la defino como un “soul brazuca argento”. Consumí mucho jazz, soul, folclore, salsa. Me gustan el samba y la bossa nova.

¿Cómo surgió “Shambhala”, la canción?

Shambhala es el reino sagrado de la felicidad, como el paraíso para nosotros. Y en el Tíbet se cree en su existencia. La palabra Shambhala apareció improvisando con [el músico] Mintcho Garrammone: hicimos unos coros con esa palabra. Al otro día, me manda un mensaje con el significado. Yo ahí me enganché con la idea, escribí la letra de la canción y armé toda la dramaturgia del espectáculo. 

¿Cuál es la idea central? 

Por qué no podemos ser felices colectivamente. O sea, cuáles son los temas fundamentales por los cuales no podemos ser felices en nuestra sociedad. 

¿Estudiaste música cuando viviste en Alemania, a fines de los 70?

Me fui a estudiar pedagogía y música porque me parecía que el mundo había que cambiarlo a través de una educación creativa. Yo siempre fui interdisciplinaria. Compongo música desde chiquita. 

¿Cuáles son tus recuerdos musicales anteriores al viaje? 

Mi mamá era fan de los Doors y de los Beatles. También escuchábamos a Sandro y a Leonardo Favio. O sea, el hombre de mi vida es una mezcla entre Sandro y Jim Morrison. Pero también escuchaba mucho a Bach y a Erik Satie.

¿Y en Europa?

Todo el tiempo que viví allá me la pasaba en festivales de jazz. Después también seguí viajando, siempre me gustaron esos festivales. También conocí a Dizzy Gillespie en Buenos Aires. Y amo a Stan Getz. 

En “Liebeslied (canción alemana)” es donde más se nota ese gen jazzístico… 

Es mi primera canción. La compuse cuando tenía 20 años y la canto siempre. La canté con Sumo, imaginate. 

¿En Cemento? 

No, en un evento que organicé en Recoleta, en la época del Einstein. En un momento de la noche yo aparecía tocando el saxo con una malla azul platinada y una peluca rubia tipo Marilyn. En el disco toca el clarinete Daniel Melingo.

¿Qué recuerdos tenés de Luca?

Lo conocí en el Einstein. Yo no era amiga suya, pero tenía una relación cotidiana con él y con sus dos novias. Mientras él mismo manejaba la consola arriba del escenario, tenía su botella de ginebra y le daba duro y parejo. Pero era un divino. Era romántico e ingenuo. Sufría por el mundo. 

A cuarenta años de su inauguración, ¿qué representa hoy Cemento para vos?

Me gusta haber contribuido a algo que a la gente le gustó tanto, donde la gente se sintió tan libre. Todavía me lo agradecen. Me acuerdo de estar sentada en las gradas y ver un futbolista, una abogada, un empresario, un obrero de la construcción, una oficinista… Los argentinos somos bastante sectarios, pero eso en Cemento no pasaba. Fue un espacio alternativo para la música y para las artes en general, para cualquier tipo de espectáculo que estuviera fuera del mainstream. Además, gerenciado por Omar [Chabán], que tanto se preocupó porque a todo el mundo le vaya bien. Les daba data y consejos a los grupos, porque era un hombre culto, cultísimo. 

¿Cómo lo habías conocido a Omar?

Nos conocimos porque yo estaba haciendo La velada de teatro mágico, solo para locos, en la sala Planeta de Suipacha y Paraguay. Era los sábados, venía toda la tribu y después de la función nos íbamos de de juerga. Era un lugar de reunión el espectáculo, un meeting point. Por lo general íbamos a la casa de alguien, porque era durante la dictadura, y en ese momento no había tantos lugares para salir. A pesar de eso, eran épocas muy divertidas, muy creativas. Todo el mundo sabía hacer algo. O tocaban instrumentos o bailaban o eran clowns… Y, bueno, ahí andaba también Omar y nos conocimos.

¿Y qué fue lo que te enamoró de él?

Es que él era muy genial. Era de una inteligencia impresionante. Y tenía la capacidad de escucharlo todo: lo que la gente conversaba en los cursos, en las conferencias, en lo que fuere, ¿no? Y tenía esta destreza para descubrir el límite del pensamiento de lo que se estaba hablando. Percibía qué era de lo que no se quería hablar. Y, entonces, siempre ponía el dedo en la llaga y siempre se armaba quilombo. A mí, la verdad, eso me parecía brillante.

Cemento no era solamente una discoteca, era una usina de creatividad…

Hasta mi mamá hizo dos espectáculos, hacía performances igual que yo. Había una en la que ella estaba envuelta en papel y adentro tenía lucecitas atadas en el cuerpo. Yo siempre fui más del baile, de la dramaturgia, de los telones y de las telas. En Shambhala también uso telones y telas. 

Al mismo tiempo que transitabas el under, te convertías en un sex symbol en el circuito comercial…

Yo me empecé a dedicar al teatro a los 21, con el teatro independiente. Lo que me interesaba era poder hacer cualquier cosa, desde un clásico hasta un burlesque, una comedia musical,  una tira de televisión, una película dramática… Mi entrenamiento como actriz fue así. 

Tu pico de popularidad quizás haya sido con Amigos son los amigos. Hay una escena famosa en que los ovaciona la hinchada de Boca… 

Sí, fue muy fuerte. Ahí me di cuenta de lo que deben sentir los futbolistas. Yo no podía tener la cara quieta de la emoción. Tenía que correr un poquito por el césped y ahí aparecía Carlín [Calvo]. La cancha estaba llena y cuando nos reconocieron fue impresionante. 

¿Tenés un archivo con videos inéditos de Cemento?

Sí, yo había traído una cama beta de Europa. Y tengo horas y horas de cinta. Hay muchísimas cosas de Cemento, y el que más filmaba era Omar. Ahora va a salir un documental que está haciendo Lisandro Carcavallo con el primer recital de los Redondos en Cemento, cuando presentaron el disco Gulp. Eso lo filmó Omar, porque tenía el criterio de filmar editando en el momento, con muy buen criterio de cámara. 

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