Arte después de la muerte: Un “mini-cerebro” cultivado con células de Alvin Lucier todavía genera música

La instalación se exhibe en Australia y convierte señales neuronales en composiciones sonoras en tiempo real

abril 21, 2025

Alvin Lucier

Créditos: Amanda Lucier.

Un grupo de científicos y artistas en Australia ha desarrollado una instalación sonora que utiliza células cerebrales del fallecido compositor Alvin Lucier para generar música en tiempo real. La obra, titulada Revivification, que se exhibe en la Galería de Arte de Australia Occidental en Perth, combina biotecnología y arte contemporáneo para explorar los límites de la creación posthumana y plantea nuevas preguntas sobre la autoría, la conciencia y el uso ético de tecnologías emergentes.

Lucier, quien falleció en 2021 a los 90 años, fue reconocido por su enfoque experimental del sonido, explorando durante décadas cómo el cuerpo humano influye en la música. Entre sus obras más conocidas se encuentran Music for Solo Performer de 1965, en la que convirtió ondas cerebrales en sonido, y I Am Sitting in a Room de 1971, donde analizaba cómo el espacio alteraba la percepción del audio.

El proyecto comenzó a gestarse en 2018, cuando un colectivo de artistas y científicos, interesados tanto en la obra del intérprete en vida como en la fusión entre la biología y arte el arte, se puso en contacto con Lucier. Dos años más tarde, y ya enfrentando las secuelas del Parkinson, el compositor autorizó la donación de sus células sanguíneas. Estas fueron transformadas en células madre por un equipo de investigadores de Harvard, quienes a su vez las cultivaron en forma de organoides cerebrales tridimensionales, estructuras celulares que simulan funciones del cerebro humano sin alcanzar su complejidad.

Dichos organoides, dos pequeños fragmentos visibles bajo una lente de aumento en el centro de la instalación, generan impulsos eléctricos que son captados por una red de electrodos. Esta actividad neuronal se convierte en señales de audio que activan una serie de placas parabólicas de bronce, dispuestas alrededor de la sala. Estas placas, equipadas con transductores y pequeños martillos, emiten resonancias prolongadas que llenan el espacio con una composición abstracta y envolvente. 

La instalación no solo emite sonidos, sino que también está diseñada para responder al entorno. Micrófonos integrados recogen los sonidos del espacio expositivo, incluyendo las voces del público,  y los convierten en estímulos eléctricos que se reintroducen en los organoides. Este circuito de retroalimentación plantea una de las preguntas más intrigantes del proyecto: ¿puede un órgano cultivado en laboratorio adaptarse o aprender con el tiempo?

Los creadores de Revivification, entre ellos los artistas Guy Ben-Ary, Nathan Thompson y Matt Gingold, junto con el neurocientífico Stuart Hodgetts, llevan más de dos décadas explorando las posibilidades del bioarte. Definen su trabajo como una invitación a la reflexión más que una afirmación científica. Para ellos, el proyecto busca cuestionar la posibilidad de que exista creatividad más allá del cuerpo humano, la definición de “autoría” incluso cuando el creador ya no está vivo y sumar al debate sobre hasta qué punto es legítimo replicar actividad cerebral con fines artísticos.

Guy Ben-Ary, Matt Gingold, Nathan Thompson y Stuart Hodgetts / Créditos: Rift Photography

Durante los últimos meses de vida de Lucier, el equipo mantuvo reuniones virtuales regulares con él. Aunque su capacidad de comunicación era limitada, su visión artística se mantuvo firme hasta el final. Algunas de sus ideas iniciales, como transmitir sonido a la Luna, no llegaron a materializarse, pero sí ayudaron a definir el enfoque del proyecto como un espectáculo constante que mantuviera viva su obsesión por el sonido, la acústica y la percepción espacial.

En el plano técnico, el desarrollo del sistema requirió el apoyo de especialistas internacionales. Los organoides fueron integrados a una malla de 64 electrodos desarrollada por un ingeniero alemán, lo que permitió capturar actividad desde múltiples capas del tejido cerebral. Gingold, por su parte, adaptó una plataforma de código abierto para traducir estos datos neuronales en sonido en tiempo real. Así, el sistema convierte al “mini-cerebro” en una parte del intérprete que “compone” desde la no-conciencia.

Los creadores ven este trabajo como algo abierto y en evolución, con un valor potencial para la ciencia. El registro de datos neuronales que se está generando podría servir en futuras investigaciones sobre aprendizaje artificial, plasticidad cerebral o interfaces cerebro-máquina. Además, también se planea que la exposición den paso a nuevas experiencias, incluso fuera del museo. Existen ideas preliminares para trasladar el sistema a entornos extremos, como la Antártida, o incluso enviarlo al espacio, ampliando así los márgenes de lo posible en la creación artística posthumana. 

Cuando Amanda Lucier, hija del compositor, fue informada del proyecto, lo consideró una extensión natural de la mente de su padre. “Se echó a reír”, cuenta Ben-Ary. “Pensó: esto es algo que él hubiera hecho. Justo antes de morir se las arregló para tocar para siempre. No puede irse. Tiene que seguir tocando”. Hoy, cuatro años después de su fallecimiento, Alvin Lucier continúa creando, no con su cuerpo, pero sí con una parte viva de sí mismo que habita entre el arte y la ciencia.

VALENTINA VILLAMIL

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