Eliana Camaño es guía de montaña y forma parte de la Comisión de Auxilio Forestal (Cax Forestal), brigada que colabora en la extinción de incendios forestales en las inmediaciones de El Bolsón, provincia de Río Negro, una de las zonas más afectadas por el fuego en las últimas semanas en la Patagonia argentina.
Al día de hoy, son 150 las casas que sufrieron daños totales o parciales. Las brigadas voluntarias, como la Cax Forestal y otras que fueron armando los propios vecinos en cada barrio, siguen trabajando en la zona. Hacen guardia todos los días y forman parte de las cuadrillas que se dedican a apagar diferentes focos para evitar que crezcan en magnitud y vuelvan a cruzar hacia la zona poblada.
En diálogo con ROLLING STONE, Eliana dice que el calor extremo al que se enfrenta cuando combate el fuego en la montaña hace que se le despeguen las suelas de los zapatos. Y que la ceniza, que parece apagada, en realidad sigue prendida por debajo de la tierra, por eso hay que vigilarla de cerca.
La Cax Forestal se creó en 2020, luego de los grandes incendios forestales que sufrió la zona ese año. Está formada por guías de montaña, de rafting, de parapente y de otras profesiones ligadas a las actividades al aire libre. Recibieron formación de los bomberos y donaciones de la comunidad para poder equiparse con el material especializado para el combate de incendios. Trabajan en conjunto con los bomberos locales y el Servicio Nacional de Manejo del Fuego para ayudar a combatir los incendios forestales de gran escala, especialmente en zonas remotas.
“Somos los que asistimos a defensa civil en caso de una situación de emergencia en las zonas más agrestes, en la montaña”, sintetiza Camaño, que es miembro fundadora del Club de Andinismo El Bolsón. “Cada vez que hay un foco ígneo, lo primero que se hace es llamar al 103 o al 911, porque son los primeros que deben asistir. Cuando los incendios se amplían y ya son grandes incendios forestales, ingresa el Servicio Nacional del Manejo del Fuego y ahí acudimos nosotros. Asistimos en situaciones como esas, como la que estamos viviendo ahora”.
Cuando se enfrenta al fuego, a Eliana se le resecan la cara y los labios. Y los ojos se le llenan de humo. Dice que la mezcla de la ceniza y el agua forma una especie de pasta, y que muchas veces tiene que correr en medio de ese terreno, de una punta a la otra y de manera coordinada con el resto del equipo, para ponerse a salvo del calor. A veces, su tarea consiste en observar atentamente cómo arde un árbol, sin poder apagarlo, pero procurando que no incendie al que tiene al lado. “Es como un estado de alerta y presencia, viendo en qué podemos ser útiles en un tiempo muy corto”, vuelve a sintetizar.
Eliana recuerda muy bien cuándo y cómo empezaron los últimos incendios en la zona de El Bolsón, el jueves 30 de enero, hace apenas un par de semanas, en plena montaña. “El fuego inicia con una serie de cuatro focos que, en principio, eso dicen, fueron intencionales. Empieza en la zona de la Confluencia, que es justamente donde comienzan los senderos de montaña. Lo que llamamos el Troncal, un valle que tienen la mayoría de los refugios de montaña, que se conecta con otros valles donde hay otros refugios”.

“El fuego comienza a ascender desde esa zona que es bien rural, bien de montaña, y con la fuerza del viento, en menos de 30 minutos llega a la zona donde están las casas, en la zona rural que está contigua al ingreso de los refugios. Ese día se quemaron 120 casas. La gente salía como podía, con el fuego atrás, en la espalda, cerca de sus casas. Muchos de nosotros pudimos atacar el fuego en nuestras casas porque teníamos equipos de ataque rápido como motobombas y mangas especiales para incendios”, recuerda.
Luego de proteger sus casas y los alrededores, y de asegurarse que todo el terreno quede bien frío (a lo que le llaman hacer “guardia de ceniza”), los integrantes de la Cax Forestal pudieron sumarse a la batalla en las zonas afectadas por la segunda oleada que tuvo el incendio, 48 horas más tarde, provocada por un fuerte viento que complicó aún más las cosas.
“Es un incendio de gran extensión. Nosotros, muy burdamente, decimos que es como “de pulpo”, porque se introdujo en la zona habitada en formas supere extrañas con el movimiento del viento. Fue quemando casas y por ahí alguna que está al lado de otra no se quemó, pero esa sí. No hay una previsibilidad de hacia dónde va a seguir circulando. Hasta el día de hoy, el fuego ha cruzado de la zona de montaña a la zona donde están las casas cuatro veces”, enumera.
La combinación del viento con el fuego y la flora local también complica el panorama. “Hay mucha flora nativa, muchos coihues, muchos cipreces, pero lo más preocupante son los grandes pinares que hay en la zona de chacras”, remarca Camaño. “Los pinares fueron motivados porque los pinos crecen más rápido que las nativas de acá de la Patagonia. En una época, empezaron a importar pinos de diversas especies para el uso maderero. Nadie controló y se desbordó. Después se dieron cuenta de que la madera no tenía tanto valor. Hoy, para corta cualquier árbol, acá tenés que pedir permiso y pagar, por eso la gente deja los pinares. Y hoy son uno de los grandes factores de propagación de incendios forestales. Se ve muy claramente en las zonas afectadas… donde están los pinares, de ahí vienen esas grandes llamas que vuelan por copa. Y las piñas también vuelan encendidas y prenden rápidamente cualquier construcción, o siguen esparciendo el fuego”.
“El Servicio Nacional del Manejo del Fuego distribuye los recursos humanos como puede porque, como ya saben, tenemos otros focos ígneos en la Patagonia, en la zona de Lanín, en la zona de Puerto Manzano, cercano a El Manso, y en Epuyén también. Así que contamos con el mínimo en cuanto a recursos humanos y materiales”, aclara Camaño, que a su vez sufrió el incendio total de su emprendimiento turístico de canopy tour (tirolesa).
“Los incendios afectaron mucho a todo lo que se relaciona con lo turístico. Este lugar tiene su temporada alta en verano, en enero y febrero, por lo cual va a tener un gran impacto económico. Por seguridad, no hay turismo, y es una de las bases económicas de la Comarca. Seguramente será un año duro, tendremos que ver cuáles van a ser las políticas para acompañarlo”, apunta.
Y aclara: “El fuego está activo. Hasta que no vengan las grandes lluvias en otoño, va a seguir ampliándose la zona de quema porque el fuego sigue viajando a través de la montaña, a lugares que son muy difíciles de acceder y no contamos con los medios aéreos suficientes para apagarlo”.
En otras palabras, cada vez que el viento baje fuerte por el valle, el fuego seguirá abriéndose camino y poniendo en riesgo a la población de la zona, a sus casas, a los animales, a las chacras, a los emprendimientos turísticos: a todos.
En el instante que se toma para intercambiar mensajes con ROLLING STONE, Eliana dice que para un brigadista es importante saber cuándo hay que descansar. “En este incendio estuvimos trabajando día y noche durante por lo menos 10, 11 días, hasta que llovió un poco. Es mucho agotamiento de todo tipo”, reflexiona. Y cierra: “Lo que hay que observar es la resiliencia y la capacidad que tiene el cuerpo humano para sobrevivir en una situación así”.
Para colaborar con los damnificados en el incendio de Epuyén y Mallín Ahogado, la Asociación Cultural Antu Quillen está recibiendo donaciones en su cuenta bancaria:
Alias: antuquillen
Motivo: incendio
Banco del Chubut – Asociación Civil Antu Quillen
CUIT: 30-70893505-7 – Cta. corriente particular
CBU: 0830 0164 0100 2052 3700 13


